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Lily Zúñiga, ex encargada de prensa de la UDI, se ha transformado en protagonista de una historia de esas que uno jamás pensaría que en algún momento siquiera saldrían a la luz pública. Aquellas historias que, hasta hace un tiempo, eran el secreto mejor guardado de una familia. Familias supuestamente bien constituidas que han enseñado desde la infancia a sus hijos que la ropa sucia se lava en casa.

¿Cuál fue, entonces, el error de Lily Zúñiga? Prestar dos boletas a Jovino Novoa, el patriarca del clan, por asesorías comunicacionales a nombre de SQM en 2012 que nunca existieron. ¿Pudo, realmente, haberse negado? ¿Cómo se hace aquello cuando se piensa que un favor a Jovino es casi como un reconocimiento o un premio a la trayectoria dentro de un partido? Si entregarle una boleta a él constituye pasar casi al círculo de confianza o ingresar al grupo de los privilegiados, negarse habría sido un despropósito, un desaire al hombre más poderoso de la UDI. Algo que la mayoría de sus militantes, me temo, tampoco se hubieran restado.

Lily era según su declaración una “punguerista”. Pertenecía al bando lejano de Longueira que encabezaba a la UDI menos aristócrata, o sea, la más popular. ¿Qué pensará ahora Pablo Longueira de lo sucedido con ella? ¿Habría salido en su ayuda si la salud lo estuviese acompañando? ¿Qué hubiera pasado si esta rencilla hubiera sucedido con él dentro de la sede de calle Suecia?

Entregar las boletas era un tránsito al otro bando, el “jovinista”, esa casta interna dentro de la UDI plagada de niños-bien que vienen de la Universidad Católica, el alma mater de Jaime Guzmán. Jovino es el poder real, es la elite dentro de la UDI. Pedir una boleta a Lily no era entonces un favor: era una puerta que se abría ante la esforzada encargada de prensa, representante de los “invisibles” dentro del partido, carne de campaña, esos que solo pueden aspirar a llegar a la alta esfera si se congracian con algún “señorito”, pues el mérito propio, por más que lo tuvieran, no es funcional a una maquinaria que es más sofisticada de lo que el militante de medio pelo ve. La política real se ejerce con desparpajo desde la enmarañada red del poder que, como ya sabemos, se confunde impertinente con los intereses económicos.

Su piel morena y su baja altura poco ayudaban, según sus propias palabras, para poder confundir su fisonomía en una casa donde abundan los altos y claros. Lily no pegaba, ni juntaba, y así se lo hicieron ver cuando con todas sus letras le dijeron que una “negra tatuada no podía ser candidata UDI”.

Desde la soledad, esa maldita soledad donde fue apuntada como una paria; desde la incomodidad de haberse dado cuenta que cualquier acción que emprendió para ser considerada por sus méritos fue en vano; Lily Zúñiga decide decir la verdad fracturando la columna vertebral del partido más importante de la derecha chilena. Vociferante y consciente de los riesgos y las maldiciones que le caerían encima, revela la verdad con nombre y apellido.

Pero hay verdades que parecen maldiciones. Verdades que al ser conjuradas desatan la rabia del poderoso y su séquito. ¿Qué esperaba Lily? ¿Ser aplaudida por haber sido contaminada por esta pandemia insolente de arriesgarse a decir la verdad?

Sabemos que hay más Lilys dentro de la derecha, en las Fuerzas Armadas, en la Iglesia católica, y en tantos otros lugares donde hay mentiras tan bien contadas que algunas parecen verdad. A todas esas Lilys les suplico que hablen, que rompan los pactos de silencio, pues ya no hay vuelta atrás. Un día de estos, el hilo ya no se seguirá cortando por su parte más delgada. Esa es mi secreta esperanza.