tapa libro marx

Tan solo once personas asistieron al entierro de Karl Marx el 17 de marzo de 1883. «Su nombre y su obra perdurarán durante muchos siglos», predijo Friedrich Engels en la oración pronunciada junto a su tumba en el cementerio de Highgate de Londres. Parecía una afirmación exagerada y jactanciosa, pero tenía mucha razón.

La historia del siglo XX ha sido el legado de Marx. Stalin, Mao, Che Guevara, Fidel Castro —ídolos y monstruos de la historia contemporánea— se han considerado a sí mismos herederos suyos. Otra cosa es que él les hubiese reconocido como tales. Incluso en vida, las andanzas de sus autoproclamados discípulos le hicieron perder la paciencia. Al enterarse de que había surgido un nuevo partido en Francia que se declaraba marxista, comentó: «Soy yo entonces el que no es marxista». A pesar de todo, cien años después de su muerte la mitad de la población mundial estaba gobernada por regímenes que profesaban el marxismo. Sus ideas transformaron el estudio de la economía, la historia, la geografía, la sociología y la literatura. Desde Jesucristo, ningún otro oscuro indigente había inspirado una devoción a escala tan grande, o había sido tan tremendamente tergiversado.

Se han publicado miles de libros sobre marxismo, pero casi todos han sido escritos por intelectuales y fanáticos para los cuales era casi una blasfemia tratar a Marx como un ser de carne y hueso —un refugiado prusiano convertido en gentleman de clase media—; un agitador radical que pasó gran parte de su vida adulta en el académico silencio de la sala de lectura del Museo Británico; un sociable y cordial anfitrión que se enemistó con casi todos sus amigos; un abnegado padre de familia que dejó embarazada a la criada; y un filósofo profundamente serio al que le encantaba beber, fumar puros y contar chistes.

Para el mundo occidental, durante la guerra fría, fue el maléfico causante de todos los males del mundo, fundador de un culto siniestro, el hombre cuya funesta influencia era preciso eliminar. Los credos espurios defendidos por Stalin, Mao o Kim Il-sung trataron sus obras como los cristianos actuales utilizan el Antiguo Testamento: descartan o pasan por alto una gran parte de su contenido, en tanto que unos cuantos grandilocuentes eslóganes («el opio del pueblo», «la dictadura del proletariado») son arrancados de su contexto, vueltos del revés y citados después como justificación aparentemente divina para las más brutales atrocidades. Kipling, como tantas veces, supo encontrar las palabras adecuadas:

El que tenga un evangelio
Para dárselo a la humanidad,
Aunque le dedique lo mejor de sí –
Cuerpo, alma y mente –
Aunque vaya al Calvario
Todos los días para su mejor gloria –
Será su discípulo
Quien haga vano su esfuerzo.

Del mismo modo que sus seguidores, necios o sedientos de poder, divinizaron a Marx, sus críticos a menudo han incurrido en el idéntico pero contrario error de imaginárselo como un enviado de Satanás. «Hubo momentos en que Marx parecía estar poseído por demonios —escribe Robert Payne, un biógrafo reciente—. Tenía una visión del mundo demoníaca, y la maldad del propio diablo. A veces parecía saber que estaba realizando acciones malignas.» Esta escuela de pensamiento —más que una escuela parece un correccional— llega a su más absurda conclusión en Was Karl Marx a Satanist?, un peculiar libro publicado en 1976 por un famoso predicador fundamentalista estadounidense, el reverendo Richard Wurmbrand, autor de obras maestras imperecederas como Tortured for Christ («más de dos millones de ejemplares vendidos») y The Answer to Moscow’s Bible.

Según Wurmbrand, el joven Karl Marx fue iniciado en una «iglesia satánica ultrasecreta», a la que luego sirvió fiel y siniestramente durante el resto de su vida. Por supuesto, no existen pruebas, pero ello solo sirve para reforzar el pálpito de este detective con alzacuellos: «Como la secta satánica era ultrasecreta, tan solo tenemos algunos indicios acerca de la posibilidad de su relación con ella». ¿Cuáles son esos «indicios»? En su época de estudiante, Marx escribió una obra de teatro en verso cuyo título, Oulanem, es más o menos un anagrama de Emanuel, el nombre bíblico de Jesús (lo que «nos recuerda las inversiones de la misa negra satánica»). De lo más incriminador; pero hay más. «¿Se han fijado ustedes —nos pregunta Wurmbrand— en el peinado de Marx? En aquella época, los hombres solían llevar barba, pero no este tipo de barba… el aspecto personal de Marx era característico de los discípulos de Joanna Southcott, una sacerdotisa satánica que creía estar en contacto con el demonio Silo.» La verdad es que en la Inglaterra en la que vivió Marx eran frecuentes los caballeros de poblada barba, desde el jugador de críquet W. G. Grace hasta el político lord Salisbury. ¿Se relacionaban estrechamente, ellos también, con el demonio Silo?

Marxistas en Wall Street

Cuando empecé la investigación para esta biografía, muchos amigos me miraban llenos de lástima e incredulidad. ¿Por qué, se preguntaban, querría nadie escribir (y menos leer) sobre una figura tan desacreditada, irrelevante y pasada de moda? Yo continué sin hacerles caso; sorprendentemente, cuanto más estudiaba a Marx, más actual me parecía. A los expertos y los políticos que se creen los pensadores de hoy se les llena la boca hablando de globalización, un latiguillo que sueltan a la menor oportunidad, sin caer en la cuenta de que Marx ya lo había advertido en 1848. El ámbito mundial en el que se mueve McDonald’s o Coca-Cola no le habría sorprendido lo más mínimo. El traslado del poder financiero del Atlántico al Pacífico —gracias a la economía del tigre asiático y al auge de la informática en la Costa Oeste de Estados Unidos— lo había predicho Marx más de un siglo antes de que naciera Bill Gates.

Hay, con todo, algo que ni Marx ni yo habíamos previsto: que, de repente, a finales de la década de 1990, mucho después de que hubiese sido enterrado tanto por los liberales a la moda o por los izquierdosos posmodernos, fuese ensalzado como un genio por los mismísimos y perversos capitalistas burgueses de toda la vida. El primer signo de esta extraña revisión de posiciones apareció en octubre de 1997, cuando en un número especial de la revista New Yorker se proclamaba a Karl Marx como «el gran pensador del futuro», un hombre que tiene mucho que enseñarnos sobre la corrupción política, la monopolización, la alienación, la desigualdad y los mercados mundiales. «Cuanto más tiempo paso en Wall Street, más me convenzo de que Marx estaba en lo cierto —declaró un rico banquero a la revista—. Estoy absolutamente convencido de que el método de Marx es el mejor para estudiar el capitalismo.» Desde entonces, economistas y periodistas de derechas han hecho cola para rendirle análogo homenaje. Olvidemos todas las monsergas de los comunistas, decían. Marx, en realidad, era un «estudioso del capitalismo».

Lo que ninguno de sus enemigos ni de sus discípulos están dispuestos a reconocer es la más evidente —y sorprendente— de sus cualidades: que este ogro y santo mítico era un ser humano. La caza de brujas del senador McCarthy en los años cincuenta, las guerras de Vietnam y Corea, la crisis de los misiles con Cuba, las invasiones de Checoslovaquia y Hungría, la masacre de los estudiantes en la plaza de Tiananmen, todas estas vergüenzas de la historia del siglo XX fueron justificadas en nombre del marxismo o del antimarxismo. Una hazaña nada despreciable para un hombre que pasó la mayor parte de su edad adulta en la pobreza, afectado de forúnculos y de enfermedades hepáticas, y que en una ocasión fue perseguido por las calles de Londres por la policía tras una noche de excesos tabernarios.

Fue un sociable y cordial anfitrión que se enemistó con casi todos sus amigos; un abnegado padre de familia que dejó embarazada a la criada; y un filósofo muy serio al que le encantaba beber, fumar puros y contar chistes.

KARL MARX
Francis Wheen
Debate, 2015, 429 páginas