Espero-que-Errazuriz-y-Ezzati

“Yo conocí a Ricardo Ezzati hace 15 años, cuando era obispo auxiliar de Francisco Javier Errázuriz en el Arzobispado de Santiago. Mi prima, religiosa también, me lo presentó porque sabía que él terminaría siendo una figura importante para la Iglesia. No era difícil adivinarlo. Ezzati tenía redes de contacto desde el Vaticano, con Ángelo Sodano, y su cercanía con Errázuriz era cuento conocido.

Su verdadera cara la pude ver recién el año 2011. Ese año me acusaron de encubrir y facilitar el abuso sexual de cinco niñas del hogar donde fui superiora por 11 años, llamado San Francisco de Regis. Ahí inventaron mil cosas de mí y del padre Manuel Hervia. Cosas espantosas. Se suponía que éramos amantes y psicópatas sexuales.

Todo partió con dos trabajadoras que tuvimos que desvincular del hogar por órdenes del Sename. Ellas inventaron historias y gente de la Iglesia vio la oportunidad perfecta para desacreditarnos. Las razones fueron para mí un misterio por mucho tiempo, pero el padre Hervia me hizo ver la verdad: todo fue una venganza por la denuncia que él hizo de Francisco Cox casi una década atrás.

Él me contó que había pillado al ex obispo de La Serena violando a un seminarista. Fue tan impactante para él que no pudo callarse y lo denunció a la Conferencia Episcopal en el tiempo de Alejandro Goic. Recibió muchas advertencias. “No te puedes meter con alguien de tan alto rango en la Iglesia”, le decían. Él no escuchó e hizo lo que le pareció correcto. Tuvo sus consecuencias, se quedó sin trabajo y vino a golpear las puertas de mi hogar en busca de una pieza. Así lo conocí y terminamos envueltos en la investigación que nos embarró la vida. Ezzati me quitó la vida.

Se ganó la condena de Errázuriz y sin saberlo, también la de Ricardo Ezzati. Cox era amigo de Errázuriz desde que fueron compañeros en la Congregación de Schoenstatt y le era muy leal. Por eso lo mandaron a Alemania antes que explotara el escándalo, para protegerlo y blindarlo, como lo hicieron por tanto tiempo con Karadima.

Cuando partió la investigación en mi contra, me junté dos veces con Ezzati. Me defendí, le dije que era de familia religiosa, que tenía muchos valores, que no creyera las acusaciones. Pero hablar con Ezzati era hablar con una pared. A pesar de mis lamentos, de rogarle su confianza, no me dio su apoyo. Me miraba, sonriéndose, irónicamente, sin decir nada. Me descolocó su actitud, tan lejana de las virtudes de un pastor. No me dio ninguna oportunidad, desde ese día que me dejó fuera de la Iglesia.

Finalmente el año 2013 y gracias al fiscal Marco Mercado, la investigación no perseveró. Nunca se encontraron pruebas y los testimonios de las niñas no pudieron acreditarse. Las niñas de allá eran muy mitómanas, yo las quería mucho, pero eran buenas para inventar cosas. También descubrieron irregularidades, como que los abogados querellantes se ponían de acuerdo con la policía para cuadrar relatos.

La jerarquía de la Iglesia nos transformó en violadores. Nos arruinó la vida. Yo actualmente vivo de allegada en la casa de una hermana porque con mi pensión de 120 mil pesos no me alcanza para vivir. Nunca más me dejaron volver a mi Congregación. Ezzati prohibió todo contacto conmigo, se las ingenió para dejarme sola. Todo por abrirle las puertas a un sacerdote que me pidió ayuda. Ese es el nivel de conspiración que se vive en la Iglesia.

Nunca más recuperé el contacto con Ezzati. Alcanzamos a conversar dos veces y me bastó para entender que es un hombre cínico, que te mira con desprecio, con asco. Defenderá a los suyos hasta el final. Por eso mismo no me sorprenden los correos ni sus actos con Francisco Javier Errázuriz. En el caso de Cox, los abusos eran evidentes. Una vez me tocó ir a una misa en La Serena y todos los sacerdotes parecían ser homosexuales. Nunca me había tocado ver algo así. ¿Cómo puedes defender a alguien tan macabro como Cox o Karadima? Son cosas que nunca voy a entender.
Mancharon nuestra honra por involucrarnos con Francisco Cox. Necesitaban culpables. Con Karadima hicieron lo mismo. La gente comentaba dentro de la Iglesia que Ezzati y Errázuriz protegían al ex párroco de El Bosque. Le bajaron el perfil, ignoraron a las víctimas por mucho tiempo. De hecho, lo tienen actualmente viviendo como rey en la casa de una congregación con hermanas que son enfermeras. ¡Así tienen al corrupto!

Los correos de Ezzati y Errázuriz son la peor parte de la Iglesia. La ensuciaron con manipulaciones. ¿Sabotear la postulación de Berríos a capellán de La Moneda? ¿Prohibir que una víctima de Karadima sea invitada al Vaticano? ¿Tratarlo de serpiente? Admiro a quien se atrevió a filtrar esa información. Fue valiente y se lo agradezco. Porque yo fui ciega tantos años y no me sirvió de nada. Qué rabia haber sido ingenua tanto tiempo.

Los encubrimientos son algo conocido dentro de la Iglesia pero ahora quedaron en evidencia. El ambiente está mal, nadie sabe qué hacer. Los sacerdotes callan porque no quieren meterse en nada y las religiosas nunca han tenido una voz. No nos escuchan. Yo tuve que acudir a los medios para contar mi verdad, para enfrentar la mentira terrible de la que estaba siendo víctima. Seguiré siendo religiosa siempre, pero cargo con una profunda pena en mi corazón.

Espero que en el juicio civil del caso Karadima salgan más antecedentes. Ignoro si se ha pagado a algunas víctimas o si están manejando el caso de manera irregular. Pero la voluntad de Dios es grande. En algún momento Ezzati será responsable por lo que ha hecho. Aún lo recuerdo mirándome como si yo fuera un ser perverso. Él se cree la autoridad magna de la Iglesia, como si fuera Jesucristo, pero no lo es. Quiero que la Iglesia cambie, que los encubrimientos y la corrupción no dejen más víctimas como yo y el padre Hervia. Espero que Errázuriz y Ezzati se arrepientan de sus actos y den un paso al costado. Nunca es demasiado tarde”.