Carmen Balcells EFE
La conocí cuando ella aún caminaba, hace ya casi cuarenta años. Tiempo después, a finales de los noventa, la tuve de visita a mi casa en La Habana. Lo recuerdo nítidamente porque ella llegó en su silla de ruedas y, claro, la persona que le ayudaba se las veía canutas para empujar la silla por el pasto del jardín. Ella acababa de llegar a Cuba invitada por García Márquez y Mercedes, que se encontraban allí ese 31 de diciembre para celebrar el fin de año.

Yo había preparado la fiesta con mimo. La comida estaba bien y la música mejor. Pero el plato fuerte era la presentación de la ceiba que habíamos trasplantado esa mañana después de una larga historia para conseguirla. En Cuba todo el mundo sabe que a la ceiba no la toca el rayo y el que la mueve de donde salió tiene su ruina asegurada. Es costumbre que se le pida permiso para pisar su sombra y en la imaginería afrocubana la ceiba es Obatalá, la morada de todos los dioses. De modo que a las doce en punto dije unas palabras y expliqué lo que sabía sobre ese árbol y les invité a todos a reunirnos en torno a él para ofrendarle un vaso de ron y un plato con frijoles, yuca y carne de cerdo, plato tradicional cubano, con el debido respeto, como corresponde a tan solemne ocasión, y pedirle a su sombra que cobijara a todos nuestros seres queridos a lo ancho del mundo mundial –como ella gustaba decir–, ahora y para siempre.

Me sorprendió mucho el genuino interés de Carmen por conocer más sobre la historia de la ceiba, era evidente su fascinación por el tema. Ahí hablamos también por primera vez de los girasoles, la flor más importante para tener a raya los males que acechan. Y así pasó aquella noche mágica e imborrable en la memoria de los que allí estuvimos.

Siempre me pregunté, desde que la conocí y nos hicimos amigos sin desencuentros, cómo Carmen Balcells podía ser una mezcla tan perfecta de una señora Thatcher discutiendo de trabajo en clave dura y una Magdalena en su faceta sensible, capaz de emocionarse hasta las lágrimas ante un gesto de cariño. No es extraño que Gabo le dedicara uno de sus libros más queridos, impreso con la frase: “Dedicado a Carmen Balcells, bañada en lágrimas”.

Esa personalidad singular de Carmen, entre lo racional absoluto y lo espiritual sin fronteras, explica en parte cómo fue capaz de atreverse a inventar esa nueva profesión: algo parecido a una agente literaria, pero a lo bestia, y abrazarla como una cruzada hasta cambiar, para siempre, la relación entre autores y editores. Los resultados tangibles fueron impresionantes en la dignificación del trabajo de los escritores, y de paso implicaron una mejora ostensible en su valorización.

Como primer subproducto de ese trabajo, y casi por añadidura, consiguió también dar visibilidad al boom latinoamericano, que ya existía y que era, según ella, “famoso hace mucho tiempo, pero nadie lo sabía”.

Pasaron los años y siempre seguimos viéndonos en las servidumbres felices de la amistad y también de los dolores.

El martes de la semana pasada, Esperanza –mi mujer– y yo la fuimos a visitar a Barcelona. Nos esperó a almorzar, se encontraba de excelente humor, muy animada y divertida. Hablar con ella siempre fue un agrado y era notable cómo el deterioro de su salud no afectaba su brillantez intelectual ni su memoria prodigiosa. Nos reímos a gritos con sus ocurrencias y frases lapidarias y al final del día nos fuimos con la convicción de que teníamos Carmen para rato. Era como que ella viviría para siempre.

Sólo debería haber pensado antes en lo que recién caigo en cuenta. Y es que al despedirme, al abrazarla, me habló al oído y me dio las gracias por, así lo dijo, “haber tomado dos aviones y caminar más de dos aeropuertos para venir a verme”. Es verdad que rechacé escandalizado esas palabras nuevas, pensando en lo feliz y privilegiado que me siento cada vez que te veo, querida Carmen. Pero debí entender entonces que ella estaba dando un acento premonitorio a la despedida. Y digo premonitorio porque ella amaba la vida y creo que nunca pensó que un día una fuerza inexorable la secuestraría de su cuerpo. Querida Carmen, nunca te dije, ni de broma, que la vida sólo es eterna mientras dura.

Al despedirnos hace menos de una semana, cuando ni sospechábamos que sería para siempre, ahí estaba ella, en su silla de ruedas, serena pero emocionada, con su vestido de seda amarilla y, allí mismo, al alcance de la mano, un ramo de rosas de ese mismo color como talismán contra la adversidad. Creo que eso lo aprendió de Gabo, que también consideraba el amarillo un antídoto infalible para derrotar lo “pavoso”, que es el nombre colombiano de la mala suerte o el mal gusto que a Carmen le parecía igual de grave. Pero eso no fue todo. Dijo además que primero había pedido girasoles, las mejores flores para la buena suerte, pero le dijeron que no tenían en ese momento. Después de despedirnos, nos fuimos al hotel con una idea fija. Desde allí pedimos a la florería que le enviaran veinticuatro girasoles a su casa.

Al día siguiente ya estábamos en Santiago y en la tarde del viernes recibí una llamada de Carmen, para contarme que había leído el libro que le envió un escritor chileno, que le había gustado mucho y quería representarlo. Además estaba contenta, dijo, porque le habían gustado mucho los girasoles y porque el sábado no tenía compromisos ni visitas y podría meditar y estar sola, a su aire.

El domingo no sé qué hizo en el día. Pero sé que en la noche, sin enterarse, se quedó dormida para siempre rodeada de sus rosas y girasoles protectores, sus amadas flores amarillas.

Mañana la llevan a su pueblo, rebautizado por ella como Santa Fe de las Américas. La acompañarán, por deseo expreso suyo, su familia directa y sus colaboradores de la Agencia.
Y nosotros estaremos pensando en ti, querida Carmen.

Santiago, 22 de septiembre de 2015