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Cultura

4 de octubre de 2015

Columna: ¿Por qué Rey Rosa vive en Guatemala?

Tanto en “La cola del dragón” como en “1986”, Rey Rosa enfatiza que no hay horrores de segunda categoría. Como un machete en medio de la indiferencia de una página en blanco, se abre paso en busca de las frases que le ayuden a poner el foco en lo que deberíamos ver. El genocidio guatemalteco, por ejemplo, no ha sido una pelea de indios, como muchos quieren decir, cegados ante el racismo de tanto mirar su propia genealogía mestiza, y por lo mismo insensibles a la vergüenza de quienes han perdido la dignidad por la injuria de la historia oficial.

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Tánger, 1980. Paul Bowles, ya anciano, habla a un grupo de jóvenes que callan hipnotizados. De su boca salen anécdotas de la Generación Perdida, París, Ezra Pound y del calor, sí, el calor que agobia y que un joven guatemalteco, allí sentado, conoce, pero más húmedo.

Bowles mira fijo a Rodrigo Rey Rosa (1958), el único asistente a su taller de escritura en Marruecos que proviene de un país igualmente exótico, y que además admira a ciegas a Borges, como el norteamericano. Sus rasgos son morenos, suaves. Sus movimientos son elegantes, como un mapa antiguo. Nueva York y Tánger fueron sus principales refugios literarios, su geografía, y era desde allí que divisaba con natural temor a Guatemala, su tierra, a la que dejó por la crispación política de una guerra civil de 36 años.

Lo curioso no es que Rey Rosa sea hoy el autor más internacional de su país, y que hace una semana haya ganado el Premio Iberoamericano José Donoso. Ya Bolaño lo había considerado “el escritor más riguroso, más transparente, más luminoso y el que mejor tejía sus historias de toda su generación”. Lo curioso es que hace una década, y contradiciendo la lógica de todo escritor que vive –o huye– fuera de su país en desgracia, él volvió a su tierra. Todavía me pregunto: ¿cómo vive Rey Rosa en Guatemala, donde su madre fue secuestrada y donde, como él mismo dice, “el linchamiento ha sido la única manifestación perdurable de organización social”?

La intriga me hizo tomar contacto con él y terminamos publicando en España “La cola del dragón” (Ediciones Contrabando), su primer libro de no ficción, donde habla de su relación con Paul Bowles –del que se hizo confidente y hasta heredó una biblioteca– y sobre Guatemala, el territorio que más conoce: la corrupción, los secuestros, el atropello a los indígenas. A Chile llegó, hace un par de meses, su libro “1986: Cuentos completos” (Alfaguara), donde se puede ver la evolución desde sus primeros cuentos oníricos –poemas en prosa, dice él– al pulcro Rey Rosa de ahora, retirado de todos los barroquismos, influencia, claramente, de su tiempo con Bowles.

Tanto en “La cola del dragón” como en “1986”, Rey Rosa enfatiza que no hay horrores de segunda categoría. Como un machete en medio de la indiferencia de una página en blanco, se abre paso en busca de las frases que le ayuden a poner el foco en lo que deberíamos ver. El genocidio guatemalteco, por ejemplo, no ha sido una pelea de indios, como muchos quieren decir, cegados ante el racismo de tanto mirar su propia genealogía mestiza, y por lo mismo insensibles a la vergüenza de quienes han perdido la dignidad por la injuria de la historia oficial.

Sin embargo, después de un mundo de quince años de novela en el extranjero, Rey Rosa volvió y permanece en Guatemala, escribiendo en la incomodidad de la violencia, en esas habitaciones de clima selvático donde más ha vivido y más pesadillas ha tenido. Sabe la responsabilidad de sus palabras y la vehemencia de la honestidad con que escribe sobre un dragón que permanece semidormido; allí tropieza con la cola del monstruo y lo despierta, tal vez, para ver el genuino color de ojos de la barbarie, y no paralizar frente al miedo de la propia casa, la frontera.

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