Columna: Educación para ricos, educación para pobres

Duele que esta nota caracterice el Chile del 2015 y de los dos mil y de los noventa. Incluso de los ochenta. La banda sonora de nuestra educación fracasada la compuso Jorge González en “El baile de los que sobran”. A otros dieron de verdad esa cosa llamada educación. Duele que a cuatro años del 2011, todavía no reventemos esa consigna y que ahora, recién, aparezcan los dueños de universidades privadas reclamando gratuidad para las y los estudiantes más pobres, con un discurso avaro y falaz.

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Pienso tantas cosas al ver la nota de “Perros de la calle” sobre cómo se rinde la PSU a los dos lados de Plaza Italia. Pienso lo obvio, que la desigualdad en Chile es tan grosera y naturalizada que hasta nos reímos de ella, con ella. Quizá mañana me levante / directo donde la Bachelet / en el desayuno de los 850 puntos / que nunca obtendré, improvisa una chica de frenillos, a carcajadas, tirando la talla con su vulneración.

La rima es tan chistosa como desgarradora y lúcida. En ese canto emerge la naturalización de la –supuesta– meritocracia chilena. Las jóvenes rubias y las de pelo negro creen de verdad que su destino educacional es algo que merecen, que lo construyeron con esfuerzo personal, como si no fuera un cauce inamovible que heredaron de sus familias. Como si los triunfos y los fracasos de nuestro sistema educativo fueran individuales y no colectivos.

Esa naturalización es evidente cuando la reportera pregunta: “¿quién te va a pagar la universidad?”. Y las chicas rubias no saben qué responder porque jamás se lo han cuestionado, porque llegaron a cuarto medio con sus necesidades satisfechas. En cambio, las de pelo negro se convencen de que son responsables de costear su educación “porque es algo para mí”, como si no estuviéramos hablando de un derecho, sino de un nuevo par de pantalones.

Las diferencias de la nota son binarias y duelen todas: estudiar en “el Duoc de la plaza”, versus “la Católica o la Adolfo”. Vacacionar en “Miami o por ahí”, versus trabajar. Haber ido a Disney dos veces, versus nunca haber salido del país. Oponerse a la gratuidad porque “no funcionaría, el país no está preparado”, versus la consigna generosa de exigir “educación gratuita para los que pueden pagar y los que no”.

Duele que esta nota caracterice el Chile del 2015 y de los dos mil y de los noventa. Incluso de los ochenta. La banda sonora de nuestra educación fracasada la compuso Jorge González en “El baile de los que sobran”. A otros dieron de verdad esa cosa llamada educación. Duele que a cuatro años del 2011, todavía no reventemos esa consigna y que ahora, recién, aparezcan los dueños de universidades privadas reclamando gratuidad para las y los estudiantes más pobres, con un discurso avaro y falaz.

La mitad de quienes salen de cuarto medio provienen de liceos técnicos. LA MITAD. Ese grupo ni siquiera entra en la discusión sobre la PSU, porque su formación no está pensada para articularse con la educación superior o con un proyecto de vida que de verdad se base en sus talentos. A esos jóvenes, pobrísimos económicamente, el colegio les pasa por el lado. Les dicen, en su cara, que “estudien algo técnico no más”. Y los alumnos de administración al final terminan en el ejército y las alumnas de atención de enfermería terminan con un título que no pueden ejercer en ningún lado.

Quizá “es posible”, como decía ese presidenciable que escapó de Maipú. Hay cientos de historias de jóvenes que se descrestaron estudiando, rompieron con la tradición y hoy son primera generación universitaria o son los mejores técnicos en su especialidad. Sí, hay historias así, pero cuánto hay que sacrificar para lograrlo. Por qué hay que llorarle a la asistente social por una beca o estudiar y trabajar al mismo tiempo, mientras arriba, la juventud carretea feliz en Miami porque los estudios universitarios se los financian sus papás.

Por qué los ricos tienen derecho a pasarlo tan bien si son tan imbéciles como los pobres, dice Jorge González en otra canción. Y Francisco Javier Gil, promotor de la inclusión en la Usach, lo explica a su modo: los talentos están igual distribuidos en todos los pueblos, géneros y clases sociales. ¿Por qué entonces sólo al oriente de Plaza Italia están las facilidades para desarrollar ese potencial?

La desigualdad no es envidia, como decía un Chicago Boy en el documental de Carola Fuentes. Quizá tampoco es egoísmo. La desigualdad es indiferencia. Necesitamos un país donde nos cuestionemos los privilegios y los dolores del otro. Donde la riqueza y los problemas se disfruten y resuelvan en conjunto. Hemos vivido demasiado tiempo en un país donde ir al colegio no tiene sentido, donde dar la PSU nos segrega, donde nos engañaron con la libertad de elegir.

Pienso, basta de mezquindades. Educación pública y gratuita de una vez. Para quienes viven bajo Plaza Italia y también para quienes viven arriba. Allá se necesita mucho más.

*Arelis Uribe es periodista y parte del equipo de la Fundación Educación 2020.

Comentarios
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