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A propósito de la denuncia de colusión que involucra a las cadenas Lider, Jumbo y Unimarc, el economista, director de Libertad y Desarrollo (LyD) y actual presidente de Cruzados, Luis Larraín, escribió una columna en El Mercurio, en donde defiende que pese a todos sus vicios la economía de mercado es necesaria.

“Es positivo para nuestra institucionalidad que posiciones tan encontradas puedan ser dirimidas por un órgano independiente como es el Tribunal de la Libre Competencia. Pero entretanto, con esa superficialidad que nos caracteriza desde hace algún tiempo, cualquiera se permite hacer todo tipo de conjeturas, afirmaciones y análisis acerca de nuestra sociedad, los empresarios, la economía de mercado y la naturaleza humana, sin siquiera atender a los hechos o realizar una mínima reflexión. Este último ejercicio, tan escaso en Chile, es lo que pretendemos hacer”, sostiene.

En ese aspecto, hace un punto para advertir que “entre las cosas que se han dicho es que la mera existencia de cadenas de supermercados perjudica a los consumidores; que la economía de mercado, dado que hay colusión en muchos mercados, es también mala para los consumidores”.

A manera pedagógica, Larraín, dice que “supongamos por un momento, sólo como una hipótesis, que la Fiscalía tiene razón. Si los supermercados se coludieron, presumiblemente habrían cobrado por los pollos más que el precio que cobrarían en ausencia de colusión (no se entiende, si no, para qué se coluden), perjudicando así a los consumidores”.

“Si ese fuera el caso tendríamos la siguiente situación (valores ficticios):

a) Precio de pollos en supermercados con colusión $103.

b) Precio de pollos en supermercados sin colusión $100.

c) Precio de pollos en almacenes $115.

d) Precio de pollos sin economía de mercado no hay pollo (o pollos belgas).

Respecto del último, subraya que “requiere alguna explicación para los jóvenes”.

“En el tiempo de la Unidad Popular, en que no había economía de mercado, la distribución de alimentos estaba en manos de organismos estatales (Dirinco, JAP) y el resultado, además de la inflación que llegó a 500% en 1973, era el desabastecimiento de productos de primera necesidad. No había forma de conseguir pollo y si lo conseguías eran unos pajaritos importados de Bélgica que pesaban como un kilo”, asegura.

Asimismo, plantea que “los almacenes, aún sin coludirse, igual cobran más caro por el pollo, lo que no significa por supuesto que la colusión es buena sino que hay otras ventajas de la operación de los supermercados”.

“Con lo anterior no he querido decir que hay que hacerse los lesos con la colusión porque igual los pollos en los supermercados salen más baratos. Es inaceptable que por unos dólares más algunos empresarios transgredan la ley y no traspasen todos los beneficios de la libre competencia que les corresponden a los consumidores. Pero es una soberana estupidez decir que porque se descubre colusión en un mercado hay que terminar con la economía de mercado”, concluye.