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Nacional

15 de enero de 2016

Crónica: El Hyatt fue una caja sorpresa

Esta es la historia de un estudiante de Periodismo que una noche entró al Hotel Hyatt sin saber por qué y fue abordado por un misterioso personaje con mucho alcohol en el cuerpo y mucho dinero en el bolsillo. En el medio, una rubia francesa y una morena del Passapoga.

Por

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No estoy seguro si esto ocurrió en agosto o septiembre del 2014, pero sí de haber acompañado a mi pareja al Parque Arauco, como un poodle toy cualquiera, a que derrochara sus lucas en maquillaje. También de haber tragado tediosos minutos viendo cómo una chica venezolana le empolvaba el rostro mientras le comentaba que su hijo ya era un lolo. Lo que jamás se volverá brumoso en mi evocación es que tras casi comerme los dedos esperando, salimos a la Avenida Kennedy y quedamos de frente al glamoroso Hotel Hyatt. Y hasta el día de hoy no comprendo si nació por un exceso de ocio, enamoramiento o estupidez, la pulsión que nos empujó a atravesar el portón principal sin objetivo alguno.

En aquel entonces mis días se habían contorsionado bastante: de la noche a la mañana, estaba comprometido con una francesa. No tenía un cinco en los bolsillos. Ella me había invitado a Francia y mi anhelo por conocer las tierras de Gainsbourg y Baudelaire superaba todo tipo de sensatez. Mi ya citada miseria, sin embargo, era la guillotina que decapitaba a diario aquel ensueño. Comencé a buscar soluciones consiguiendo un par de trabajos esporádicos, pero mi poca constancia, sumada a las migajas que me arrojaban, fueron motivos suficientes para darme a la fuga tras mis primeras semanas de asalariado.

Recuerdo que nos sentamos en uno de los muchos sofás de aquel hotel-palacio santiaguino, estudiando el sitio como si se tratase de otra dimensión. Un piano sonaba a la distancia. Hombres con semblantes extraterrestres conversaban en herméticos grupos. Carcajadas robóticas vibraban en cada rincón. En resumidas cuentas, escaseaba la juventud y sobraban zombis terneados. Pero cuando todo parecía predecible, un evento trizó aquella artificial serenidad: un extranjero refinado, con cerca de ochenta años carcomiendo su figura, se nos acercó cojeando y en un inglés etílico comenzó a lagrimear palabras que evocaban una reciente ruptura. Entendí, en medio de la niebla con la que el alcohol manchaba sus frases agringadas, que había estado casado durante veinte años con una chilena. Que había vivido con ella en Viña del Mar y que aún estaba enamorado. She was the love of my life, nos confesaba mientras contraía sus párpados para evitar el parto de sollozos. Lo escuchamos atónitos. En lo personal, nunca seguí el consejo con el que tantas veces me atormentaron de pequeño: “no hables con desconocidos”, ni mucho menos le tuve miedo al viejo del saco. Este viejo también tenía un saco y uno muy particular: de billetes. Y no solo de billetes sino que también de vicios y mujeres. Y no solo de vicios y mujeres sino que también de desmesura.
Lo oímos hasta que sus cuerdas vocales se acalambraron. Momento en que con la violencia de un corcho escupido desde el champagne soltó una proposición que resonó en el fondo de nuestra malicia: nos invitaba a tomar y comer a su habitación. Miré a mi pareja con los ojos palpitando y ni siquiera fue necesario preguntar si nuestros pensamientos eran los mismos. Nos pusimos de pie y casi tocando la inestable espalda de Mr Money, arribamos a la famosa habitación. Mi impresión fue descomunal al darme cuenta que bajo el umbral de la puerta nos esperaba una morena en minifaldas que, por su aspecto, podía ser perfectamente la nieta del gringo. Un gusto, nos dijo. Igualmente, le respondí lo más cordial que pude, dándole un beso en la mejilla. La pieza era enorme y todo lo que había allí también lo era. Botellas de distintos tragos extranjeros se aglomeraban como palitroques. Un concierto de Lady Gaga retumbaba en la televisión. Y en un rincón perdido de la sala, sobre un sofá albino, reposaba ella, Emma, la sensual secretaria que nos acababa de abrir la puerta y que con semblante de vampiresa melancólica ojeaba los mensajes de su celular, seguramente sin otro motivo que el de recortar algo el tiempo. Horas después supe que tenía treinta años, una hija de doce y que había conocido al anciano en el Passapoga.

Pónganse cómodos no más, chiquillos, nos dijo maternalmente. ¿Quieren tomar algo? Hay champaña, whisky, cervezas. Champaña, por favor, se adelantó mi pareja. Emma le hizo una seña al anciano y este, con torpeza, nos sirvió para luego salir a la terraza a preparar el asado. No sé por qué se me vino a la mente la escalofriante historia de “Hansel y Gretel”. La historia de esos hermanitos pajarones que, tentados por los manjares de una bruja, estuvieron a punto de ser tragados por ella. Todo este espectáculo parecía una adaptación cinematográfica de aquel cuento macabro. Se me comenzó a helar la sangre, pero seguí comentando nimiedades con Emma y mi acompañante, camuflando la desconfianza con un tono temerario que apenas me salía.

Cuando empezábamos a entrar en confianza con la chica sexy, Edgar la llamó y le dijo algo al oído. Nos dijeron que iban a comprar y que volvían dentro de veinte minutos. Casi me dio un infarto. ¿Qué chucha hacemos ahora?, le pregunté a mi polola. A lo que vuelva le pedimos trabajo, me respondió riendo mientras se llenaba otro vaso. Cerré los ojos, inhalé, exhalé. No teníamos muchas opciones, ya todo daba lo mismo. Y como buena rata criolla me hundí en el festín de aquellos dulces tentadores. La bruja del cuento los engordaba para comérselos, este viejo nos embriaga para… exagero, exagero, me obligué a pensar. Fondeé una botella de champaña en mi mochila y comencé a hurguetear comida como si se tratase de un saqueo. Total le quedan otras cien, concluí dionisiacamente. Sobre el mesón había una amplia gama de quesos y trozos de carne. Comí hasta que la gula rebalsó mi estómago. Pasaron los veinte minutos y aún no regresaban.

Hey, ¿y si nos vamos?, le pregunté a mi prometida mirando el reloj. Ya van a ser las 11 y será difícil volver a Independencia más tarde. No me escuchó, o tal vez sí, pero semejante banquete enturbiaba sus sentidos. Tampoco había indicios de que el gringo estuviese cerca, por lo que seguimos tomando y comiendo. El único problema era que poco a poco nos íbamos mareando y sumergiendo cada vez más en la insensatez de la borrachera.

Aturdido me puse de pie y acompañé a mi petite amie a inmortalizar el instante con fotografías, el mejor panorama que nos iba quedando. Un clic y teníamos una foto de ambos en el baño. Otro clic y una foto mía tendido sobre la cama del viejo. Uno más y ella con las botellas desparramadas sobre los brazos. A carcajadas nos reíamos cuando sentimos la puerta principal entreabrirse. Como ninjas saltamos al sofá y recibimos a los organizadores del carrete con una sonrisa ingenua.

Fuimos a conseguir más carne, nos dijo Emma volviendo a sentarse con nosotros. Parecían de confianza, pese a tanta turbia intuición primeriza. Y con la palma bajo el mentón opté por perder la mirada en el acotado horizonte, mientras mi cerebro no dejaba de temblar. Así estaba, aturdido y delirante, cuando en medio de la neblina etílica vi a Edgar acercarse. Nos pidió permiso y se sentó en el sillón donde estábamos. Empezó a hablar. No le entendí nada. En cierto momento, con su brazo izquierdo, abrazó a mi pareja. Un eléctrico escalofrío me mordisqueó la columna. Iba a preguntarle qué onda al viejo, cuando ella se puso de pie, se dirigió a la terraza y con un gesto de víbora llamó al anciano, que como un perro levoso partió tras ella. A los cinco minutos no resistí la curiosidad y los seguí hasta la terraza llevándome una gran impresión. Edgar lloraba, lloraba desconsolado, como un recién nacido o un cachorro vagabundo. Decía, entre lágrimas, que él nunca quiso matar, que la guerra era atroz, que en Australia todos le reprochaban haber perdido la batalla. Sinceramente no entendía lo que sucedía. Pero Edgar no paraba, decía que lo habían obligado a matar, que era una vergüenza tener esos antecedentes, que él estaba en una fuga constante. Muy arrepentido estará pero sigue siendo asesino, aparte de califa, reflexioné a la rápida. Edgar siguió su discurso entre sollozos hasta que finalmente dijo que entendía nuestra historia de amor, que contáramos con él y que nos daría un trabajo con muy buena paga de guías turísticos en Iquique. Una primavera invadió con claveles verdes mi espíritu. Aún más cuando nos aseguró que, incluso sin firmar nada, tendríamos un adelanto esa misma noche.

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Volvimos a la pieza como siameses. Hay millonarios más generosos de lo que dicta el prejuicio, concluí. Miré el reloj y ya iban a ser las 12. Mierda, tenemos que irnos, dije. Los acompañamos abajo, nos sugirió Emma, Edgar quiere sacar plata para darles su adelanto. Bajamos y esperamos a que nuestra deidad consiguiera lo prometido, pero no lo logró. No recuerdo si las máquinas no funcionaban a esa hora o si el alcohol había mutilado toda su motricidad fina. Nos pidió disculpas varias veces, dijo que solo por hoy nos daría las pelusas de su bolsillo, pero que por favor volviéramos pronto. Sacó del pantalón una billetera de cuero y como si se tratara de naipes, puso un mazo de billetes sobre mi palma derecha. See you tomorrow, me dijo. I’m so grateful, Edgar, le respondí emocionado mientras tomaba las cien lucas con actitud. Le guiñé un ojo a mi pareja y sonriendo nos metimos al taxi-jeep que nos esperaba. Se nos acababa de pasar la borrachera.

Dvd’s porno sobre el piso, una muñeca inflable acurrucada entre frazadas, trajes de látex, juguetes eróticos y botellones de champaña por doquier. Entramos nuevamente a la pieza, con el único afán de firmar el contrato prometido, pero el sitio nada tenía que ver con nuestras expectativas. O tal vez sí, pero en ningún caso con un ambiente de negocios, ni de entrevistas laborales. El lugar era el mismo con la diferencia de que ahora parecía haber sido pisoteado por una elefanta en celo. O haber atestiguado varias orgías con todos los excesos ligados a aquel hobby. No me encontraba cómodo, ninguno de los dos lo estaba. La atmósfera oprimía nuestros pechos como buscando agrietarlos. Para variar, el viejo había salido e ignorado toda petición que apuntara al tópico que nos reunía. Vámonos luego de acá, me dijo mi polola, antes que nos secuestre. Reímos nerviosamente, nos fuimos y nunca más volvimos al hotel, ni supimos de tales personajes.

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