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Opinión

7 de febrero de 2016

Columna: ¿Neomisoginia?

A los doce años, cuando mi etiqueta de presentación dejó de ser “niña” –cuyo significado no variaba demasiado de “niño”– empecé a sospechar de que mi anatomía no era un dato neutral: venía con el problema de ser algo llamado mujer. Y la mujeridad, para una preadolescente de fines de los 80, implicaba aprender rápidamente […]

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A los doce años, cuando mi etiqueta de presentación dejó de ser “niña” –cuyo significado no variaba demasiado de “niño”– empecé a sospechar de que mi anatomía no era un dato neutral: venía con el problema de ser algo llamado mujer. Y la mujeridad, para una preadolescente de fines de los 80, implicaba aprender rápidamente que había que administrar el coño para forjarse un destino. En ese tiempo ya no creíamos que el camino fundamental de una mujer fuera el matrimonio, pero de todos modos la gestión de la sexualidad definiría algunas cosas: ser tomadas en serio, ser consideradas putas o despreciadas por mojigatas, hacernos cargo solas de hijos no deseados, en fin, una serie de destinos que colgaban de nuestro régimen sexual. El culo, sin duda, era nuestra otra PSU.

Sin victimizaciones. Ser hombre en este mundo también tiene dificultades. Siempre pensaba cuando chica que en caso de guerra no sería yo la que tendría que ir al campo de batalla, y si tocaba la experiencia de un naufragio, tendría preferencia en el rescate. No así mis compañeritos de juego, quienes tendrían que fingir eso llamado valentía, que no es sino un mecanismo de control para asegurar que haya carne de cañón.

Las definiciones tradicionales de lo femenino y masculino han sido mezquinas: mientras la mujer, definida al principio de los tiempos como objeto de intercambio, cultivó su pasividad para quedarse en la cueva garantizando la reproducción de la especie, a ellos se los definió como protagonistas de la historia, cultivando entonces la fantasía heroica que los lleva a ser como el tonto al que se le dice que es forzudo para que lleve las maletas.

Pero el pensamiento contemporáneo lleva varias décadas desmantelando estas relaciones entre sexo y poder. Ya sabemos que no existe una obligación con los estereotipos, ni siquiera una equivalencia necesaria entre anatomía y género. Con el feminismo 2.0, la propia idea de lo masculino y femenino estalla y nos permite pensarnos desde las “subjetividades nómades” (Judith Butler). Y así, claro, las mujeres pueden ser presidentas, los hombres pueden feminizarse, los gays se instalan cada vez más como referentes de una estética de lo deseable, las sexualidades disidentes han cobrado una dignidad. Sin embargo, pese a este cambio radical de guión, hay un personaje que se niega a abandonar la escena: la misoginia. Ya no es políticamente correcta y quienes aún se atreven a manifestarla sin pudor son masivamente vapuleados. Pero está presente en las grietas menos evidentes de los discursos, incluso de los progresistas.

Voy con un ejemplo, altamente sensible para lo femenino: la trampa de la belleza. Hace no mucho volvió a ser chiste una “Miss” que tras dar una respuesta desafortunada –a preguntas que hay que reconocer que no son fáciles– actualizó el lugar común de la estupidez en los concursos de belleza. Paralelamente, en otro certamen, una de sus colegas apareció vestida de médico en el desfile, supongo que para destruir el estereotipo de modelo tarada. Ambas, víctimas del engañoso premio a la carne: si juegas a la chica objeto tendrás aplausos, pero serás menospreciada, incluso por tus congéneres.

Mientras tanto los hombres –hétero u homosexuales– pueden jugar a objeto de deseo y no pasa de una humorada. Incluso, hay quienes pueden hacer el desplante completo del cliché de la Miss y hasta ser celebrados. Por ejemplo, Vanessa López, nuestra compatriota que hace algunas semanas ganó el Miss Trans Internacional en Barcelona. Que desde las bancadas reaccionarias haya desprecio no es nada nuevo: sabemos que se trata de subjetividades anacrónicas o bien de un bajo nivel intelectual, o de quienes proyectan su propia mierda en otros. Lo interesante es que el progresismo, ese que se asume por doctrina feminista, sí aplaude a Miss Trans y en general fetichiza todas esas singularidades de las llamadas minorías; pero desprecia profundamente a la chica que quiere tomar el atajo de la belleza.

Hoy sigue existiendo la presión de cómo chucha ser mujer. Porque a diferencia de otras subjetividades, sigue sometida en la curiosa presión de las identidades: las chicas Cosmo que empujan a la hipersexualidad como liberación; las luchas entre las feministas “correctas” y las “equivocadas”; las mamis furiosas que hoy nos dicen que la mujer debiera ser una especie de pachamama; las del atajo de la belleza, que son consideradas hueonas por las otras. Y aunque varias de esas definiciones parezcan opositoras a la misoginia, a veces terminan operando de manera cómplice, en la medida que invocan el valor de la verdad y de la superioridad moral, que por cierto es una ética patriarcal.
Algo debe representar la mujer en la cultura, que se insiste en encorsetarla. Será que quizás, como han pensado algunos, representa el lado opaco de la verdad, algo así como el inconsciente del poder y el orden. No por nada la desobediencia –desde el mito del paraíso en adelante– tiene nombre de mujer.

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#mujeridad#Neomisoginia#psu

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