Una mundana risotada general

“Mientras la novela de Eco reflexiona sobre la multiplicación social del saber y es representada después en la pantalla grande, los intelectuales académicos, en particular los chilenos, suelen sospechar de la televisión y del cine que no se llame “cine arte”. Lo mismo les pasa con el periodismo cultural, que confunden de mala fe con la farándula. Muchos serían incapaces de escribir una columna de opinión”.

Cuando estudiaba Teoría e Historia de las Artes en la U. de Chile –en plena dictadura– la figura de Umberto Eco no estaba en las bibliografías de los intelectuales locales en boga. No representaba un pensador de la talla de Heidegger, Benjamin, Lacan, Lévi-Strauss, Derrida, Foucault, Deleuze o Baudrillard, y antes, Marx, Nietzsche o Freud. Tampoco se destacaba en la agenda de los académicos conservadores o reaccionarios: Ortega y Gasset, Spengler, Jung, o pensadores con pretensiones científicas como Karl Popper o los argentinos Mario Bunge y Jorge Estrella. Si la tradición conservadora le imponía a la lingüística o la semiótica una distancia teológica, para el pensamiento posmoderno la prosa de Eco no calzaba con sus farragosos, alambicados y coagulados textos surgidos al alero del postestructuralismo. En resumen, no era un autor valorado. A lo más, era útil en algunas escuelas de Comunicación, donde el discurso semiológico podía ser instrumentalizado a nivel social.

A pesar de esto, leí por aquellos años algunos libros suyos para nada descartables en términos de conocimiento, como “Apocalípticos e integrados”, “Obra abierta”, “La estructura ausente” o “Cómo hacer una tesis”. Recuerdo haber comentado con algunos amigos literatos la claridad y viveza formal de esos textos. Cuestión que se reflejó en su novela “El nombre de la rosa”, que fue luego llevada al cine –en 1986– bajo la dirección de Jean-Jacques Annaud e interpretada por Sean Connery, Christian Slater y la chilena Valentina Vargas, en un papel secundario cargado de erotismo.

De esta novela, me llamó la atención su sobregirado lenguaje y la posibilidad de que la narrativa de ficción deambulara entre la erudición académica y la idea de que todo saber es laberíntico, embrollado, gobernado por la ceguera teológica de un asesino en serie. Recordemos parte de la trama: un feroz protector de la verdad adusta, representante del saber racional y teologal, guarda en la biblioteca de un monasterio medieval unos ejemplares envenenados de “La Risa” de Aristóteles. Aquellos que osan tocarlos mueren un rato después. De esto se deduce que la risa se encuentra infecta de perversiones mundanas, dimensión de la realidad frente a la cual el saber ha de ser ciego.

Como se sabe, la verdad entendida como gravedad y ceguera a lo mundano no ha desaparecido con los tiempos, sino que se renueva. Algunos académicos actuales se encuentran empeñados en proteger a la academia del ruido de lo mundano. Mientras la novela de Eco reflexiona sobre la multiplicación social del saber y es representada después en la pantalla grande, los intelectuales académicos, en particular los chilenos, suelen sospechar de la televisión y del cine que no se llame “cine arte”. Lo mismo les pasa con el periodismo cultural, que confunden de mala fe con la farándula. Muchos serían incapaces de escribir una columna de opinión. No tienen cintura para ello. Es algo que se ha acrecentado con los años. El pensamiento humanista se ha ido divorciando de la sociedad civil.

No ha ocurrido lo mismo con el saber científico o las llamadas “ciencias duras”; aquí el resultado de una investigación universitaria puede proyectarse en algo tangible, de interés social (un satélite, un computador avanzado, el tratamiento de alguna enfermedad).

Un poco de humor y apertura a la realidad social le hace falta al pensamiento académico actual. Umberto Eco no tenía problemas –como tampoco los tuvieron antes Sartre, Barthes, Foucault y luego Chomsky– en aparecer en la TV, en la radio o escribiendo columnas periodísticas. Incluso decía que escribir en la prensa le servía para publicar luego libros sesudos en términos teóricos. Algo así como un eficaz entrenamiento para una prueba final.

Pero también el desarrollo de los medios masivos tenía para Eco su lado negativo. En sus últimos años, percibió que cualquier idiota o pelafustán se creía con el derecho a opinar, muchas veces de manera anónima, acerca de los defectos del otro (por lo general superior en términos sociales e intelectuales): “Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles”.

Volvamos, para terminar, a “El nombre de la rosa”. Un clérigo ciego y fanático envenena unos documentos de Aristóteles acerca de la risa. El saber debe ser ciego para percibir abstracciones superiores al mundo de los fenómenos y los sentidos. Todo esto se va al demonio (a la risa) cuando emerge la realidad “más allá del bien y el mal”, como en la citada película de Annaud. Aquí hay una escena decisiva: el monje encarnado por Christian Slater es seducido por la voluptuosa Valentina Vargas. Al mostrar ella sus encantos delanteros al sobrecalentado monje, en un desaparecido cine chileno de la época se escuchó gritar a un espectador lo siguiente: “¡Grande Chile!”. El resultado: una mundana risotada general.

Umberto Eco (1932-2016)

The Clinic Newsletter
Comentarios