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Un absurdo tour por los cerros de Viña

Nietzsche decía que la gente prefiere creer en la nada a no creer. En Chile, cierta gente “quiere creer”. Si alguien dice que el otro es un pedófilo, un maltratador o un acosador, quieren creerlo de inmediato. Son expertos en las funas y en los escupitajos en las redes sociales. Les encanta el énfasis facial. Los discursos repetidos. Las pullas altisonantes. En fin, los deseos plebeyos de convertirse en justicieros o en acusadores. Son maleteros por esencia. Cazadores de brujas. Castigadores que se han sentido castigados desde la niñez.

Una mundana risotada general

"Mientras la novela de Eco reflexiona sobre la multiplicación social del saber y es representada después en la pantalla grande, los intelectuales académicos, en particular los chilenos, suelen sospechar de la televisión y del cine que no se llame “cine arte”. Lo mismo les pasa con el periodismo cultural, que confunden de mala fe con la farándula. Muchos serían incapaces de escribir una columna de opinión".

Una buena selfie también la vende

En Chile, hay que recordar las mordaces travesuras del Chino Caszely: saludar con la mano zurda a Pinochet, usando a propósito una corbata roja; aparecer en la franja del NO y hacer de su despedida en el Estadio Nacional en 1985 un carnaval político superior a cualquier happening artístico. Frente a cada toque del Chino, los hinchas en coro bramaban una y otra vez: “y va a caer… y va a caer”.

La copia más original que el original

¿En qué país las modas son asimiladas sin filtro? En Chile, pues. La derecha más pechoña no ha podido evitar que el pueblo se mimetice con las espurias pomadas importadas mediáticamente desde el primer mundo. Aquí el punk es más punk que en el mundo anglosajón; el metalero tiene más tatuajes que su homólogo internacional; el bachatero –muchos taxistas que escuchan la Radio Corazón lo son– se viste y gesticula de manera más lumpenesca que su correligionario centroamericano; Pinilla tiene diez veces más tatuajes que David Beckham, y el vocalista de Faith No More, Mike Patton, nunca se había encontrado con un público tan salivoso como el chileno: quedó empapado de esputos y escupitajos recibidos con más fuerza que los chorros infectos de cualquier guanaco de protesta.