Columna de Florencio Ceballos: "Hablar de fascismo"

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Columna de Florencio Ceballos: “Hablar de fascismo”

El fascismo suele ganar posiciones sin espectacularidad, en gestos pequeños, bastante antes de que un Trump, un Bolsonaro o un Orban gane una elección. Un deslizamiento lento que va arrastrando a las sociedades por una leve pendiente hacia territorios oscuros donde progresivamente se hace tolerable lo intolerable.

“Cada época tiene su fascismo: sus señales premonitorias se evidencian por doquier”, escribió el italiano Primo Levi, quien  reflexionó como nadie y antes que nadie sobre el Holocausto y nos exhortó a no repetir una era de horrores totalitarios a los que -a diferencia de tantos- logró sobrevivir. Su advertencia resulta hoy más actual y necesaria que nunca. Hay que hablar de fascismo. 

Umberto Eco, con su habitual pedagogía, explica en su ensayo “Ur-Fascismo” (1995) que éste no se limita a su expresión histórica específica, camisas negras saludando al Duce en la Marcha de Roma hace casi un siglo. Se trata más bien de una sinécdoque, una figura retórica que permite referir a través de una de sus partes a un espectro bastante más amplio, heterogéneo, contradictorio y gradual de expresiones. “Se puede jugar al fascismo de muchas maneras, y el nombre del juego no cambia”, dice Eco. 

Madeleine Albright nos recuerda que si desplumamos una gallina una pluma a la vez es difícil que la gente lo note. El fascismo suele ganar posiciones sin espectacularidad, en gestos pequeños, bastante antes de que un Trump, un Bolsonaro o un Orban gane una elección. Un deslizamiento lento que va arrastrando a las sociedades por una leve pendiente hacia territorios oscuros  donde progresivamente se hace tolerable lo intolerable.

La discusión sobre fascismo, globalmente bullente, en Chile es activa en ciertos espacios académicos (ahí están por ejemplo los trabajos de Camila Vergara y Cristóbal Rovira). Mucho menos presente está en cambio en columnas dominicales, paneles televisivos y radiales donde se carga la balanza de la opinión pública. Ahí el término -o sus sinónimos-  parecen no existir si no es para caricaturizar una anacronía jocosa, indicativa de irracionalidad radical y poco sofisticada. Ese miedo de nombrarlo rehuyendo su reconocimiento, es parte de los pactos tácitos de la transición y se termina convirtiendo en un riesgo. 

No creo que el fascismo constituya en el Chile actual un régimen, algo fijado, un sistema de contornos claros posible de apuntar con el dedo. Por cierto hay alianzas para constituyentes de la coalición de gobierno con la ultraderecha (la fruta nunca cae lejos del árbol) en las antípodas de un cerco sanitario a la Merkel, que revelan -o confirman- preocupantes convergencias de un sector sobre lo que un pacto social involucra. Pero se ubican dentro de una constelación mayor de gestos, de señales, de disposiciones discretas, que atraviesan el espectro político y las instituciones bastante más de lo que resulta cómodo reconocer. 

La discusión sobre fascismo, globalmente bullente, en Chile es activa en ciertos espacios académicos (ahí están por ejemplo los trabajos de Camila Vergara y Cristóbal Rovira). Mucho menos presente está en cambio en columnas dominicales, paneles televisivos y radiales donde se carga la balanza de la opinión pública. Ahí el término -o sus sinónimos-  parecen no existir si no es para caricaturizar una anacronía jocosa, indicativa de irracionalidad radical y poco sofisticada. Ese miedo de nombrarlo rehuyendo su reconocimiento, es parte de los pactos tácitos de la transición y se termina convirtiendo en un riesgo. 

“Si todo es fascismo nada lo es”, suele sentenciarse. Es cierto. Sin embargo, el opuesto -descartar de plano su presencia, avergonzarse de su uso- no es una salida aceptable: hay señales ineludibles de las que se debe discutir. De contingentes policiales gaseando arbitrariamente poblaciones. De respuestas militarizadas en la Araucanía tan atávicas como ineficaces. De mil policías cuidando un plinto vacío mientras -estado de excepción mediante- se clausura cualquier protesta social pacífica. De un anticomunismo machacón y desorbitado. De inmigrantes irregulares en overol blanco deportados como un show frente a las cámaras. De la pseudo-doctrina  del “enemigo interno”, ahora poderoso, implacable y antichileno. De condescendencia deferente con la aberración bolsonarista. De teorías conspirativas electorales. De la incapacidad para convivir con el disenso en la esfera pública. De la “nietización” con que se infantiliza al electorado, despojándolo así de su condición de ciudadano. No todo es fascismo, pero el fascismo germina en esos gestos.

Chile se ha dado una oportunidad constituyente que, si es exitosa, definirá hacia adelante los términos de un pacto social más justo e inclusivo. Será el mejor momento para discutir sin estridencias ni caricaturas sobre esa advertencia primordial de Primo Levi y de los marcos que permitan, sin necesidad de estar de acuerdo en todo, revertir esa pendiente. 

“Si todo es fascismo nada lo es”, suele sentenciarse. Es cierto. Sin embargo, el opuesto -descartar de plano su presencia, avergonzarse de su uso- no es una salida aceptable: hay señales ineludibles de las que se debe discutir. De contingentes policiales gaseando arbitrariamente poblaciones. De respuestas militarizadas en la Araucanía tan atávicas como ineficaces. De mil policías cuidando un plinto vacío mientras -estado de excepción mediante- se clausura cualquier protesta social pacífica.

*Florencio Ceballos es sociólogo, DEA en Ciencias de la Educación y Especialista Principal del Programa de Intercambio de Conocimiento e Innovación (KIX) de la Alianza Global para la Educación (GPE). Reside en Canadá.

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