marcha cut 8

El ciclo político entró a una etapa de definiciones y las elecciones que vienen en los próximos dos años son un punto de inflexión para el debate estratégico sobre el carácter del Estado, la calidad de la democracia y el modelo económico. Esos tres aspectos constituyen el eje de las transformaciones necesarias de un tinglado institucional que está crujiendo ante la presión del malestar social y la decepción política de las mayorías nacionales.

Que el centro del debate político de los próximos años esté puesto en estas definiciones supone un desafío de marca mayor para el mundo social y en particular para las fuerzas emergentes de la nueva izquierda. Debemos hacernos cargo, empezando por constatar el real estado de fuerzas de manera de proyectar los tiempos políticos para abordar la tarea.

Las fuerzas políticas y sociales emergentes hemos contribuido a la conformación de una franja alternativa a la neoliberal al calor de movilizaciones populares de los últimos años, siendo éste un factor fundamental para la apertura del ciclo político, al permitir traducir expresiones de descontento en clave de política transformadora. Sin embargo, las fuerzas que hemos acumulado han demostrado ser insuficientes para resistir el cierre del ciclo político por parte del mundo conservador, y con mayor razón aún para enfrentar la magnitud de las transformaciones que están en juego.

Las demandas callejeras a la élite política ya demostraron ser infructuosas a raíz de los cerrojos constitucionales existentes como el control preventivo en la formación de las leyes por parte del Tribunal Constitucional y los quórum contramayoritarios para vetar reformas de leyes orgánicas y constitucionales. Por otra parte, a la hora de reformar leyes simples, las demandas sociales chocan con el veto que ejerce la Democracia Cristiana a través de sus senadores.

Pero no basta con echarle toda la culpa al empedrado. La patológica tendencia a la inorganicidad y la alta fragmentación del mundo social lo ha vuelto incapaz de superar la sectorialización de sus demandas; lo que se ve agudizado por la ausencia de canales de entendimiento entre las expresiones de la izquierda presentes en él. El movimiento social tuvo la fuerza para plantear el problema, pero no es capaz por sí solo de resolverlo.

La politización del mundo social es un desafío que se concibe en la reflexión misma de la imposibilidad de avanzar, sin embargo no va a encontrar expresión política ni orgánica en la medida de que las fuerzas de Nueva Izquierda -que han hecho parte de él en los últimos 10 años- no dispongan las condiciones mínimas para dar cauce de viabilidad política al programa de transformaciones construido en la lucha de masas antineoliberal.

Ante la debacle del progresismo y la derrota de la izquierda en la NM, la nueva izquierda emergente es el único sector político que tiene la legitimidad social para hacerlo. Pero debe saber hacerlo. No basta para ello un par de diputados que, con buenas intenciones, interpreten el sentimiento de impotencia de amplios sectores sociales. No basta que esa “Nueva Izquierda” sea un mero concepto que englobe a un conjunto de proyectos ensimismados en la ilusión de conducir en solitario. No basta el respaldo en las encuestas cuando somos incapaces de comprometer a sujetos de carne y hueso con la construcción de fuerza política.

Ante esta situación ¿es necesario desarrollar un referente unitario? Sí ¿La forma puede ser partido federado o coalición? También. Pero junto con ello, es necesario construir una nueva forma de relación política con el mundo social…y el momento es ahora.

No podemos sentirnos satisfechos con la mera coexistencia de las fuerzas de Nueva Izquierda en los espacios sociales; debemos ser capaces de articularnos de manera generosa, colocando por delante el programa del movimiento social por sobre las aspiraciones subjetivas de la conducción formal. La conducción colectiva generará condiciones para potenciar la dirección unitaria de las fuerzas sociales en torno a objetivos políticos estratégicos, dando cauces a sus demandas y dotándola de una referencia política madura que haga posible transformar dicha fuerza social en fuerza electoral.

De cara a las próximas elecciones, las fuerzas políticas de Nueva Izquierda debemos potenciar la participación institucional de fuerzas sociales comunales sobre la base de programas participativos, desarrollando plataformas territoriales para disputar la institucionalidad, que articuladas entre sí, puedan pensarse como actores políticos provinciales y regionales con proyección de disputa en el plano nacional.

Sin embargo, el desafío no acaba ahí. Una vez electos no podemos reproducir en nuestra actuación política la lógica de la democracia representativa como se ha hecho hasta el momento. No podemos reproducir la lógica del mandato representativo, que sustenta la voluntad política del o la concejal o parlamentario/a en su libre albedrío o en las directrices emanadas del partido u organización de la que forma parte.

Necesitamos superar la desconexión de la realidad política y social a través de mecanismos de democracia directa, construyendo un programa que actúe como hoja de ruta de las decisiones institucionales e implementando consejos sectoriales y territoriales con presencia de los diferentes actores sociales, que sustenten la toma de decisiones trascendentales; ello no solo permitirá fisurar aún más el sistema de representación, sino que además permitiría abrir canales a través de los cuales ejercer una efectiva socialización del poder político. Esta puede ser una de las claves para construir una nueva legitimidad democrática en un contexto de crisis de representación.

Debemos ser creativos si pensamos que la lucha institucional puede significar un aporte para enfrentar las transformaciones que están en tabla, pues no podemos pretender cambiar las cosas haciendo lo mismo que la institucionalidad vigente espera que hagamos. Debemos hacer lo que la sociedad chilena y las organizaciones sociales de las que formamos parte reclaman y ser leales a esa esperanza. Sólo así podremos transformar el descontento en oportunidad política, en la fuerza que haga posible un gobierno de cambio que abra las puertas de un nuevo Chile.