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Opinión

13 de abril de 2016

Columna: El caza ratones

“Vana es la economía donde ya no hay nada”, decía Hesíodo en “Los trabajos y los días”, y la última novela de Francisco Díaz Klaassen, “La hora más corta” es un ejemplo doble del dictamen del poeta antiguo. En Midwood, Nueva York, el narrador de la novela y su pareja cohabitan en un departamento de […]

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PORTADA TAL PINTO

“Vana es la economía donde ya no hay nada”, decía Hesíodo en “Los trabajos y los días”, y la última novela de Francisco Díaz Klaassen, “La hora más corta” es un ejemplo doble del dictamen del poeta antiguo. En Midwood, Nueva York, el narrador de la novela y su pareja cohabitan en un departamento de clase media. Él, escritor, cede frecuentemente al ocio. No consigue avanzar en sea lo que sea que escribe –y es posible que el trabajo sea precisamente “La hora más corta”. Su mujer, en cambio, se levanta temprano, sale a trabajar y regresa tarde a casa. A su modo, ella es Vera y él, Vladimir (hasta la publicación de “Lolita”, Nabokov no tenía dónde caerse muerto). Parejas que subsisten sobre la asimetría y la distribución, digamos racional, de roles y talentos. Esa discordancia, de la que ambos son conscientes (hacia la segunda parte de la novela el narrador sugiere tímidamente el regreso al país natal, ella descarta la posibilidad), precipita el drama personal.

El narrador es un hombre cuya vocación lo mantiene en el espacio de lo doméstico. Lava los platos, se ocupa de los asuntos administrativos, hace las compras, etc. Pero es un escritor, o un proyecto de escritor. Excitada por los otros y los pormenores de sus vidas, su imaginación devanea, barrunta improbables historias, se descentra. “El vecino excita la emulación del vecino, que se apresura a enriquecerse, y esta envidia es buena para los hombres”, también se puede leer en “Los trabajos y los días”, y acá el narrador engorda sus materiales literarios pero sin darles salida alguna. Esa “parte maldita”, sofocada, se consume en el sexo, que ocupa un lugar preponderante en la novela. La centralidad de la actividad y la imaginación sexual también arranca de la distribución del trabajo. El narrador se concentra en el sexo porque es allí donde las diferencias, primero, se magnifican y, después, desaparecen. El ritmo de la novela es el mismo del sexo, solo que en “La hora más corta” el cigarro post coital es aún más triste que de costumbre.

Hasta aquí la novela ha sido bien estructurada. Sin embargo, la irrupción de un narrador en tercera persona y, luego, de una rata, trastocan para mal el orden. El cambio de voz es injustificable. La perspectiva de la tercera persona pone demasiada distancia entre los hechos del relato y las emociones de sus protagonistas. En una novela tan breve y concentrada no resulta necesario. Por otro lado, la aparición de la rata como invasora, compañera de casa y también metáfora y oráculo de la tragedia que se cierne sobre la vida de esta pareja, es muy forzada y demasiado legible, así como evidente: en términos de peso narrativo, la rata reemplaza a la voz de la mujer que, para ese entonces, ha casi colapsado por completo. La novela pierde toda tensión, y el desenlace es mecánico y predecible. La interesante relación que Díaz Klaassen había construido entre tipos de trabajo se desploma. Una novela que había comenzado auspiciosamente se hunde en lo trivial.

La hora más corta
Francisco Díaz Klaassen
Alfaguara, 2015, 122 páginas

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