EDITORIAL-643
Aylwin siempre trató de llevarse con Pinochet como ciudadanos civilizados y llegó a pensar que el ex dictador podía ser una persona que podía colaborar en algún momento en el proceso de transición. En eso perseveró, creía que podía “abuenarse”. Yo nunca lo sentí así porque Pinochet no creía en la democracia, aunque formalmente era respetuoso y subordinado, lo que correspondía a la tradición. Nunca tuvo buena relación con Aylwin y menos con el gobierno. Formalmente guardó respeto con el presidente en las reuniones, pero era sólo una fachada, porque sus declaraciones posteriores eran de verdadera insolencia, algunas muy despectivas.

En el gobierno, a nivel de ministros y partidos, había dos tesis respecto al ex dictador. El primero, era el “wish will thinking” que es lo que uno desea, que nadie lo tomara en cuenta, que los partidos políticos se desentendieran, que el gobierno fuera indiferente, o sea, que no lo pescara nadie. Olvidarse de Pinochet, luego de ser el dueño de Chile por 17 años, era un poco ingenuo. Nunca creí en esa aspiración. La otra opinión era que había que tener mucho cuidado porque el hombre no era un buen cristiano, no era un demócrata.

Yo estuve en todas las reuniones que sostuvo Aylwin con Pinochet en La Moneda, donde siempre trató de imponer su autoridad como Presidente de la República. Era suave en las maneras, pero muy fuerte en el fondo. Siempre intentó que el trato fuera entre ciudadanos civilizados. Nunca alteró esa conducta. Aylwin siempre le representaba cuestionamientos a sus acciones cuando no correspondían. Obviamente no podía decirle “mire usted señor, hasta cuando me jode”. El general siempre le daba explicaciones formales, aunque nunca reconocía que había sobrepasado todos los límites de la obediencia. En el fondo eran presiones indebidas. Cuando Aylwin se lo planteaba, él retrocedía y daba explicaciones, como cuando Lucía Hiriart en una entrevista expresó opiniones políticas. Pinochet se tomó la cabeza con las manos y le dijo “pero si ese es mi problema con esta mujer, siempre habla más de la cuenta”.

Recuerdo los abucheos de la primera Parada Militar. A Aylwin lo pifiaron menos que a mí, que fui un bocado que aprovecharon los familiares de militares. Hay una foto en la tribuna donde aparece Aylwin, Gabriel Valdés, Pinochet y yo. Después del paso de una unidad, mientras se preparaba la siguiente, Aylwin se inclina y nos pregunta: “¿se imaginaron alguna vez estar aquí, en estas condiciones, con este caballero al lado?” Parecía un sueño, pero era real. Ninguno le respondió. El general usaba audífonos, así que no nos podía oír.

Pinochet siempre rechazó la democracia y movió al Ejército cuando lo necesitaba. Para los ejercicios de enlace, por los cheques girados por el Ejército a su hijo, yo estaba en la Escuela de Carabineros. Cuando dimos la información la gente se reía, nadie creyó nada -yo igual me reía para dentro-, pero había que tener cara y cuero de elefante para enfrentar el episodio. Para la población fue un acuartelamiento, nadie se tragó que era un ejercicio normal. Pinochet, para quitarle el peso a la comisión investigadora, había propuesto retirarse el año siguiente. Fue una estrategia para presionar al gobierno con un intercambio. Una triquiñuela, lo supe desde el mismo momento en que lo escuché. Nunca creí que Pinochet fuera a renunciar. Aylwin lo tomó con seriedad, con molestia, pero la tranquilidad vino cuando supimos que no estaba comprometida la Armada, la Fuerza Aérea ni Carabineros.

Después vino el boinazo, recuerdo que citamos a Pinochet a La Moneda y que llegó saludando, “buenos días presidente, cómo le fue en Europa”, como si no hubiese pasado nada. Para los ejercicios de enlace dijo que había sido un ejercicio de rutina, “nadie le ha faltado el respeto a usted, Presidente”, como escondiendo el bulto y diciendo: “yo no he hecho nada”.

*Exministro de Defensa de Patricio Aylwin.