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“El lado B de la historia”: los detalles inéditos de la obra fantasma y pro dictador que la Fundación Pinochet quiso instalar en colegios y que solo tuvo una función

A fines de 2012, la Fundación Presidente Pinochet convocó a un grupo de actores para montar una obra familiar que enalteciera la figura del dictador, con el objetivo de presentarla en colegios. Trabajaron a contrarreloj: primero la mostraron a puerta cerrada en su exoficina y sede de la organización, en Vitacura, y luego tuvo una única función en la sala de la Corporación Cultural de la misma comuna, espacio que entonces coadministraba San Ginés y que hoy ocupa Teatro Mori. Asistieron profesores, familias, directivos y partidarios, como los exalcaldes Raúl Torrealba y Cristián Labbé, pero el plan no prosperó. La anécdota la recoge el montaje La fundación, estrenado en agosto pasado, que sorteó la ausencia total de registros –salvo el texto original, al que The Clinic tuvo acceso– y el silencio de sus intérpretes, quienes por primera vez relatan aquí la trastienda de esa obra que (casi) nadie vio.

Por 13 de Septiembre de 2025
La obra fantasma de Pinochet
La obra fantasma de Pinochet
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Parte 1: nadie hablará de esto

La propuesta llegó en el momento justo. Simón –actor de veintitantos, cuatro años fuera de la escuela y trabajador de medio turno en un bar– recibió, a fines de 2012, el llamado de un grupo de intérpretes que hacía “capacitaciones” para sumarlo a un montaje familiar que debía armarse en tiempo récord.

Se venían las fiestas, acababa de mudarse y necesitaba dinero extra. No le entusiasmó, pero tampoco estaba en condiciones de negarse: había un texto listo, buen pago, pocos ensayos. Pero también un “detalle”: la obra trataba sobre Pinochet. Y no solo eso: lo erigía como un héroe.

“Lo pensé harto”, recuerda Simón al teléfono. “Lo conversé solo con una amiga y un amigo, no quería contárselo a nadie más porque sabía que las respuestas iban a ser drásticamente claras. Al final dije que sí con una condición: no quería que mi nombre saliera en ninguna parte, tampoco aparecer en fotos o en cualquier otro registro. Después caché que los demás también lo habían pedido así. Había una suerte de pacto de silencio. Confidencialidad total”.

El primer ensayo fue en la casa de uno de los siete integrantes del elenco, en Ñuñoa. Eran cinco hombres y dos mujeres, incluido el autor y director del montaje. Simón solo conocía al hermano de uno de los intérpretes, entre los que había un miembro del elenco estable del programa Pasiones (TVN) e, incluso, un exmilitante del MIR que superaba ampliamente en edad al resto. “Yo era el más chico. Los demás eran todos mayores de 30”, cuenta.

Ese mismo día recibieron el texto. La obra se titulaba El lado B de la historia y retrataba a una familia modelo, simpatizante del régimen: un padre (Manuel) y una madre (Sonia), ambos muy bien vestidos y compuestos; un abuelo convencido de los “logros” de la dictadura; una nana –la Filomena– fanática y devota de Pinochet; y un hijo adolescente (Alejandro) que hace más preguntas de las que debe.

Este último lo interpretaba Simón: “Yo iba de cabro rebelde: polera metalera, pañuelo en la cabeza, pantalón medio roto. Era el personaje que se rebela contra las ideas políticas de su familia, pero que al final termina igual de convencido”, recuerda.

“El actor que hacía del abuelo ganaba más que todos por ser el mayor. Yo iba a ganar 200 lucas, que no era mala plata en esa época. Para mí eran dos meses de arriendo. Además, era una pega rápida. Había poco tiempo. Recuerdo que ensayamos, a lo más, tres o cuatro veces, siempre en la casa de alguno de nosotros. La obra no duraba más de 25 minutos, parecía más un sketch, y uno de verdad muy malo”. La acción transcurría en el living–comedor de una casa del barrio alto, donde deambulaba otro personaje: el fantasma de un general pelirrojo y parecido a Bernardo O’Higgins. “Uno de los actores era colorín, de ahí la idea”, agrega Simón entre risas. Al fondo del escenario, en tanto, se proyectaban imágenes de Pinochet y registros de la época, como las filas durante los años de la Unidad Popular.

Reproducción del texto original: 

La nana escucha atentamente la conversación y por mucho que se aguanta no evita hacer un comentario. 

Filomena: Pucha, el lavado de cerebro bueno que le han hecho a los cabros chicos en el último tiempo. Creen que en esa época la cuestión era súper sencilla. Lo pasamos tan mal, para que este cabro ahora no entienda nada, déjelo que aprenda solo, que experimente y se caiga, a porrazos va a aprender y solito se va a dar cuenta de lo equivocado que está. 

Alejandro: Y qué sabís tú, Filo.

Manuel: No le hables así a la Filomena, ella es una mujer de esfuerzo y también vivió esa época, supo lo que era el desabastecimiento.

Filomena: Déjelo don Manu, si el cabro cree que se las sabe todas. Nació con comodidades y sin tener idea de lo que fue la UP, está convencido que era puro pasarla bien tocando guitarra y cantando VENCEREMOS, VENCEREMOS. Pensándolo bien, a la larga igual vencieron, hoy en día andan en autos del año, con los medios celulares y llenándose los bolsillos.

Sonia: Ya, se acabó. Esa época se terminó hace rato y es mejor olvidar y vivir el día a día. 

Filomena: ¿Y cómo sería eso…?

Sonia: Simple pues, Filo. Vivir apoyando al que esté de turno, así no molestas ni te molestan. Siempre acomodándose a la realidad.

Filomena: Yo no vendo mis ideales señora (sale cantando: El camaleón, cambia de color según la ocasión)”.

Parte 2: sin aplausos

La creación de una obra abiertamente apologética del dictador, a casi seis años de su muerte, no era un mero capricho: respondía a un clima de época. 

El 10 de junio de 2012 –meses antes de que empezara a ensayarse El lado b de la historia el Teatro Caupolicán fue escenario del primer homenaje póstumo a Pinochet, con el estreno del documental homónimo dirigido por Ignacio Zegers que fue encargado por la Fundación 11 de Septiembre, organizadora del acto. 

Adentro, hubo vítores y consignas a favor de la dictadura; afuera, el repudio de organizaciones de derechos humanos y de familiares de detenidos desaparecidos fue acallado con represión policial. Hubo más de sesenta detenidos y varios heridos, y días antes el INDH había expresado su rechazo por considerar que un homenaje así “violenta la dignidad de las víctimas”. 

Al aproximarse el sexto aniversario de su muerte –el 10 de diciembre de 2006– otra organización dedicada a “promover su obra y legado”, la Fundación Presidente Pinochet, buscó perpetuar la memoria torcida del régimen en un “proyecto educativo” pensado para colegios. Así surgió la idea de financiar un montaje teatral que lo enalteciera sobre el escenario. 

“La idea era levantar la imagen de Pinochet y hacerlo por medio del teatro”, cuenta a The Clinic un segundo integrante del equipo, a quien identificaremos como Francisco. Aunque hoy se encuentra fuera del ambiente del teatro, pide reserva total de su identidad. Él estuvo aún más cerca de la génesis del proyecto. 

Primero fue convocado a una reunión en calle O’Brien 2244, en Vitacura, la casona que en los años 80 albergó la oficina personal de Pinochet y que luego fue reconvertida en museo de la Fundación, en 2008. Durante ese primer y único encuentro con su entonces director, el general (r) Guillermo Garín, recibió los principales lineamientos del encargo. “La obra se escribió y luego se hicieron correcciones mínimas, ya que se logró lo que ellos querían”, recuerda. 

También se estableció que ésta no sería anunciada públicamente: no habría afiche ni fotografías promocionales. “Nunca se contempló (que estuviese en) cartelera, lo que buscaban era una función para ‘ellos’”, asegura. Esa única presentación ya tenía sala, a unas pocas cuadras de allí: la de la Corporación Cultural de Vitacura, en Av. Bicentenario 3800, junto al parque. Actualmente, el mismo espacio es una de las sedes del Teatro Mori, pero durante ese periodo era administrada junto a la Corporación Cultural San Ginés. 

Días antes del estreno, el elenco tuvo que mostrar la obra a puerta cerrada en las mismas dependencias de O’Brien 2244 y ante el directorio de la Fundación. También asistió Marco Antonio Pinochet, hijo menor del dictador, quien volvió a la palestra hace solo dos meses, cuando su hermana Jacqueline lo acusó de apropiación indebida de varios inmuebles de la herencia familiar. 

“Actuamos en el living, con un cuadro gigante de Pinochet observando todo”, recuerda Simón. El lugar estaba en total decadencia: la casona alguna vez debió ser muy bonita, medio estilo japonés, con jardín, pero ya bien a mal traer. Usábamos vestuario que traíamos de nuestras casas y nos preparábamos en una sala de reuniones. Había una mampara que daba al patio, una puerta corredera clásica, y por ahí entrábamos y salíamos. Todo fue súper precario”. 

En la ficción, el personaje del padre teme perder su trabajo por ser pinochetista; la madre propone esconder la foto del general; la nana lo defiende con fervor; el hijo, armado con lo aprendido en el colegio, incomoda con preguntas; y el abuelo –acompañado por su amigo fantasma– remata con la “lección” final: relativizar el terrorismo de Estado bajo la idea de que “hubo muertos por ambos lados”.

Reproducción del texto:

Filomena: Pucha que anda cabeza gacha, Don Manu.

Sonia: Déjalo tranquilo.

Alejandro: ¿Qué onda viejo…? ¿qué pasa…?

Manuel: Alguien en mi trabajo hizo correr el rumor de que era partidario del Presidente Pinochet.

Alejandro: Viejo, te recuerdo que tú eras partidario de Pinochet.

Manuel: Lo que pasa hijo, es que el dueño de la empresa es un conocido político opositor al Presidente y que si se llega a enterar de que yo apoyaba al Presidente Pinochet me van a echar igual como echaron a dos de mis compañeros de trabajo por este motivo.

Alejandro: Eso no puede ser porque estamos en democracia y la libertad de expresión es un derecho.

Manuel: Bueno, es un derecho que solo algunos poseen, si no explícale eso a la familia de mis colegas, que no pueden conseguir un trabajo solo por el hecho de que se sabe que son de derecha. 

(Viene entrando el abuelo a desayunar) 

Sonia: Manuel, hazte el leso, invita a comer a tu jefe, sacamos la foto del Presidente Pinochet y ponemos una foto de la exPresidenta, así le damos a entender a tu jefe que somos simpatizantes socialistas.

Filomena: Don Manuel, no puede estar negando al presidente Pinochet.

Sonia: No molestes, eso vamos a hacer y punto.

Alejandro: Pero cómo van a dejar esa foto de alguien que me contaron en el colegio que mataba gente.

(Comienza una gran discusión y Alejandro no entiende nada, todos se paran de la mesa y queda el abuelo solo con el fantasma de Pepe).

Abuelo: Qué triste que es ver que la gente esté negando al Presidente Pinochet y cómo los jóvenes viven en una ilusión cegados por una verdad a medias que les han contado por tanto tiempo. No tienen idea de que la gente moría en ambos lados, como lo que sucedió contigo, Pepe”.

“El día que presentamos la obra en la Fundación fue para nosotros como pasar el ‘comité de censura’”, retoma Simón. “Querían comprobar que estos actores iban a hacer la hueá que les habían pedido. Creo que al final pudo haber habido un ‘gracias’, pero no un aplauso. Tal vez alguna indicación al director, pero yo y el actor que hacía del abuelo estábamos atacados con estar haciendo la obra y nos fuimos sin saludar”.

Con apenas días de diferencia, tuvo lugar la única función de El lado b de la historia en la sala de la Corporación Cultural de Vitacura. Se presentó ante poco más de 200 personas que incluían al directorio de la Fundación, miembros de la familia Pinochet y autoridades políticas de la época, como los exediles Raúl Torrealba (Vitacura) y Cristián Labbé (Providencia). La fecha es imprecisa, aunque algunos coinciden en que fue la tarde–noche de un viernes de mediados de diciembre de 2012. Tampoco se conocen fotografías ni hay un solo registro en la prensa de la época. 

“No dejamos que tomaran fotografías. Les decíamos: no, gracias”, retoma Simón. “El público eran sobre todo madres con niños, eso aún es muy impactante; pero también había familias y profesores invitados por ellos. Nadie de nosotros movió entradas, no queríamos que nadie nos viera”. 

“La reacción del público fue súper tibia. Era una tontera de obra, tan corta que nadie alcanzaba a emocionarse. Y perversa, además: el principal discurso pinochetista lo ponían en la nana, ‘educando’ a los niños para que ‘aprendieran’ esto; apelando a sentimientos y a que ‘ellos’ la van a cuidar. Una mirada muy obsoleta y burda, por eso nadie se las compró”, opina el intérprete. Y agrega: “Esto debería ser como en Alemania, que prohíbe enaltecer o negar los crímenes de Hitler. Con Pinochet debiese ser igual aquí en Chile”. 

Francisco cree que, tras ese debut y despedida, quedó claro que el plan de llevar el montaje a colegios no prosperaría. En gran parte, porque el elenco se negó a seguir presentándola, cuenta: “El negocio de la obra lo hacía otro colega y, la verdad, después de hacerla la sensación de todos era horrible. Me imagino que tampoco nadie quiso comprar este material fuera de ellos”.

Al terminar la función hubo un cóctel y, como autor del texto, Francisco tenía que asomarse y compartir aunque fuera unos minutos: “Recuerdo que se me acercaron varios viejos rosados y me felicitaban. De pronto venía Labbé en dirección hacia mí, a saludarme, y ese fue mi límite: me di la vuelta y partí a cambiarme”.

Parte 3: motivo de vergüenza

El director teatral Nicolás Fernandois conoció la anécdota del montaje en 2013, durante un taller universitario sobre la “estética del desacuerdo”. Un amigo suyo, actor de la obra, le relató los hechos y le entregó el texto original, que luego intervino con la presencia ficticia de una comisión que pauteaba el discurso de la obra.

Esa reescritura dio origen a La fundación. Negacionismo y disputa de la verdad en Chile, y fue estrenada el 21 de agosto pasado en el Teatro Camilo Henríquez –que además coproduce el montaje– como parte del ciclo “Donde habita la memoria”. 

Crédito: Marcos Ríos.

Inspirada en el episodio, la obra dirigida por el propio Fernandois es una sátira que apunta a los discursos negacionistas reactivados en el presente y que juega con la forma de una apología para retratar un fanatismo en declive. “Ni en Vitacura habrían comprado esta obra”, opina el director, y celebra el “fracaso rotundo” del proyecto educativo que motivó inicialmente el texto. Tras una breve temporada en la sala del Círculo de Periodistas, en calle Amunátegui, La fundación regresará al Camilo Henríquez con nuevas funciones a mediados de noviembre.

“Toda la intervención que hacemos en la obra es una ficcionalización del evento, pero efectivamente el guion original era súper tímido, correcto, de formato medio teatro comercial y familiar, estaba lleno de detalles y un humor simplista”, dice Fernandois.

“Yo la radicalicé, exacerbé el pinochetismo, metí las interrupciones de la comisión y, además, inventé toda la parte de los actores ensayando. Eso le da a la obra otra capa que me parecía más interesante y vigente”. 

Crédito: Marcos Ríos.

En su montaje, el director apunta a Teatro Mori como la sala donde se presentó El lado B de la historia; sin embargo, esa función no figura en los registros de programación ni de Teatro Mori ni de San Ginés. Desde ambos espacios descartan haber tenido conocimiento de ese montaje y explican que el recinto es compartido: la Corporación Cultural de Vitacura administra el uso general y el teatro de turno programa la cartelera. Por contrato, no se permite el arriendo privado de la sala; se habilita para funciones del teatro de jueves a domingo y, de lunes a miércoles, queda a disposición de la Corporación.

“Yo no la programé y, si se dio durante nuestro período, ni me enteré”, asegura Juan Pablo Sáez, director de Teatro San Ginés. “Hay que entender que la sala es de la Corporación Cultural y que ellos disponen por sobre todos ese espacio. Para el Mes de la Chilenidad, por ejemplo, o cada 11 de septiembre, no nos dejaban funcionar. Nos enteramos de que hacían juntas de militares, juntas de vecinos que conmemoraban el Golpe, y ahí no teníamos ni pito que tocar”.

“Siempre había episodios como esos; para qué decir censura al contenido editorial del teatro, como cuando intenté poner un personaje travesti en una obra y ellos se negaron a que la diéramos. Tuve tres o cuatro episodios así y me echaron cagando de la sala”, resume el actor y gestor. “Así funcionan las cosas en esa Corporación. Entonces, no me sorprende para nada que hayan prestado el teatro para presentar una obra pinochetista y que hoy, para algunos, sea una verdad incómoda de asumir”.

Desde la Corporación Cultural de Vitacura, en tanto, prefirieron no referirse al episodio: “Se trata de una actividad realizada por una administración anterior, por lo que no podemos opinar al respecto”.

El fin de la obra de Pinochet

Hacia el final de El lado B de la historia, la “libertad de expresión” se levanta como coartada para blanquear a Pinochet. Quien la enuncia es Filomena, ”la nana” y voz del pueblo en la obra, pero su mensaje no logra traspasar la audiencia.

Sonia: Bueno, nosotros creemos en la libertad de expresión, es por eso que a pesar de ser desde siempre opositores al Presidente Pinochet, aceptamos a Filomena con sus cosas. 

(Entra Filomena)

Jorge: Disculpe señora Sonia, pero Pinochet no fue Presidente, él fue un…

Filomena: Pucha, tan culto que se ve de terno y no conoce la constitución del 80. (Se retira)

Jorge: A mí en lo personal no me gusta trabajar con personas de diferentes tendencias políticas, para evitar roces como este en el horario de trabajo.

Filomena: (que estaba escuchando) Pero, y ¿dónde queda la democracia en eso…?  Porque  a mí (imitándolo) en lo personal, me huele a discriminación y violación de derechos. 

Jorge: Discúlpeme…!!!

Filomena: Sabe qué, no le disculpo nada, por gente como usted nuestro país se hundió hace mucho tiempo atrás. Y ahora quiere que le rindan tributo y lo atiendan como rey”.

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