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Bombero Salas 1369, departamento 801, a fines de los 70 y comienzos de los 80, fue territorio de acogida para mucha gente. Comenzando por nuestro amplísimo Consejo Editorial. Por allí pasaron casi todos los futuros presidentes, ministros y embajadores, sin saber lo que les esperaba, claro, cuando la sede de la revista APSI fue un pequeño lugar de asilo contra la opresión.

Una serie de personas, consideradas mayores por nosotros entonces, pasaban por la revista a tomar el té y conversar. Patricio Aylwin, por ejemplo, llegaba con un terno café que le quedaba corto, dejando ver unos calcetines beige o amarillos. Andaba en un Peugeot 404 del año 70. Otros de los contertulios de entonces fueron el futuro canciller, Enrique Silva Cimma, que olía a naftalina, y quien sería ministro de la presidencia, Edgardo Boeninger, que llegaba en un Charade rojo, trajeado y elegante. Alguna vez también apareció con ellos el expresidente de Argentina, Raúl Alfonsín, cuando era un ilustre desconocido.

Los mirábamos con simpatía, con la condescendencia presumida que se tiene cuando todavía no se llega a la treintena. Pensábamos sinceramente que era un favor que le hacíamos a este grupete de dinosaurios políticos, al darles un espacio donde reunirse porque eran los días finales de su vida pública.

Las reuniones eran largas y bien conversadas, típicas de quien sabe que la realidad no tiene más salida que ella misma y que, en este caso, todavía había mucho que esperar para que cambiara, aunque fuera un ápice.

Aylwin nos llamaba mucho la atención porque se había transformado en un viejito bueno. Quienes lo habíamos visto en su etapa como presidente de la Democracia Cristiana en los últimos días de Allende, teníamos una mala percepción de él, como la de un político oportunista que, al igual que Eduardo Frei Montalva, había pensado que apoyando tácitamente el golpe militar recuperarían el poder a la vuelta de la esquina.

Cuando, unos años después, con Marcelo Contreras, estuvimos presos en Capuchinos, llegó un día a visitarnos. Con lágrimas en los ojos, mientras me tomaba fuertemente una mano, nos dijo: “Muchachos, yo siento que de alguna manera colaboré a que se perdiera la democracia en Chile. Les prometo que haré todo lo posible por recuperarla”. Fue una extraña sensación, ya que me pareció un señor que intentaba la humildad desde la culpa, aunque –hay que reconocerlo– con algo de la mística de los viejos cristianos. Pero de aquellos cristianos que en el circo romano entregaban su cabeza a los leones cuando ya el público se había ido. Yo pensaba en ese momento, con mucha seguridad, que Aylwin no tenía ninguna viabilidad de hacer algo importante por la recuperación de la democracia.

Él había llevado a cabo las negociaciones con Allende justo antes del Golpe pinochetista. A mí me pareció, entonces, que la posibilidad de reconducir el gobierno de la Unidad Popular había fracasado en buena parte por culpa de los suyos y el Golpe había tenido la luz verde implícita de su partido. Y aunque con los años yo había moderado mucho mi apreciación, cuando me dio la mano para despedirse y nos dijo “Esto es muy injusto, muy injusto”, lo seguí viendo como un político enterrado por el propio peso de sus recuerdos. Ido. Aunque todavía con un hilo de brillo explosivo en los ojos que lo recolocaría más tarde en el centro del espacio público.

La resurrección de Aylwin fue un milagro político, empujado indudablemente por la reticencia de muchos democratacristianos a que fuera Gabriel Valdés el candidato de la Concertación; ellos estaban por el recién aparecido Eduardo Frei Ruiz-Tagle, a quien encontraban más manejable y menos izquierdista. Aylwin propuso su propia solución salomónica: sería él mismo el candidato y su gente no trepidó en hacer un oscuro manejo de votos para que ganara las internas de su partido, escándalo que se conoció con el nombre de Carmengate.

La mayoría de sus amigos cadavéricos resucitó con él. Nunca me imaginé, en ese momento de Capuchinos, que tenía al frente al futuro presidente de Chile y, mucho menos, en un acto de contrición místico frente a dos periodistas presos. Hoy sus palabras de entonces no han dejado de darme vueltas. Casi como para creer en Dios y en el lugar común de las vueltas de la vida. Me recordó la visión que yo había tenido en España, entre los años 75 y 78, de Juan Carlos, Príncipe de Asturias, futuro Juan Carlos I, a quien todos llamaban el niño de las campanas porque se decía que era tan-ton-tín y se pensaba que sería un títere continuador de Franco. Sin embargo, cuando el dictador murió, Juan Carlos creció con el cargo. Con la influencia de su padre, don Juan de Borbón, se convirtió en el gran Rey de los españoles. Hasta hace muy poco, buena parte de ellos lo admiraba y quería.

De lo que no cabe duda, es que Aylwin tenía una deuda consigo mismo que pagar y creo que logró hacerlo. Bueno, a veces, como decía mi madre cuando me veía con alguna compañera de universidad entrar a mi habitación a estudiar y encerrarnos por horas, “de los arrepentidos es el reino de los cielos”. Su gobierno, quizás, fue el más emblemático y significativo de los cuatro que tuvo la oposición a Pinochet antes de que volviera a gobernar la derecha. El más significativo no en cuanto a hacer más cosas sino en cuanto a permanecer más fiel a los valores de la gente que lo había llevado a la presidencia.