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El escritor y columnista Oscar Contardo escribió un artículo de opinión para La Tercera titulado “Gatos que son liebres y conejos que maúllan”. En el texto,  se refiere a lo que vio en su paso por Revolución Democrática, esto seis días después de que cuestionara vía Twitter a Gonzalo Muñoz y Miguel Crispi, dos emblemas de RD, quienes renunciaron a sus cargos como jefe de la División de Educación General y asesor del gabinete de la Ministra de Educación, respectivamente.

“Una vez milité y aprendí cosas. Conocí que un surtido de frases hechas pueden funcionar para ponerle punto final al más sensato de los reclamos. Entendí que aquello que desde una vereda puede parecer una traición, desde otra es simplemente la expresión más clara de que la política es el arte de lo posible. Y lo posible abarca el amplio espacio que está más allá de los escrúpulos”, es como inicia su escrito.

Luego, prosigue relatando que “pertenecí a un movimiento político y aprendí que eso -lo que yo pensara, mi trabajo, todo aquello de lo que me sentía orgulloso- podía llegar a ser considerado irrelevante cuando el ansia de ocupar espacios de poder es más importante que las ideas y que la historia. Una vez milité y entendí que hay cosas que en mi país no cambian: las redes familiares como sustento primordial en el minuto de tener una voz, ese pasado común de colegios que se repiten, parientes que proliferan y camaradas que se reparten directorios.  El poder concentrado entre habitantes de un puñado de comunas y excompañeros de un par de universidades. Fui parte de un movimiento y fui testigo de cómo, al final del camino, estaban los cargos, los escritorios preparados para recibir a los herederos de un linaje que se escondía detrás del discurso de un nuevo comienzo. Eran distintos, pero eran los mismos. Los hijos, sobrinos y primos volvían a la casa familiar, una casa  sobre la que tenían reparos de estilo y decorado, pero en donde se encontraban a gusto. El movimiento era, para ellos, el departamento de soltero en donde recibían a todos esos sujetos extraños poco habituados a las costumbres de la familia. “Vengan, juntos haremos un cambio”, era el llamado con el que convocaban. “Vengan, acompáñenme a llegar al lugar que por derecho me corresponde”, era lo que nadie alcanzaba a escuchar”.

“Una vez participé de un movimiento que parecía nuevo y que prometía una revolución para una democracia añeja y esclerótica, y lo que me topé fue con un gato que al mismo tiempo quería parecer liebre. Participaremos del gobierno para mejorarlo, pero no seremos parte de él, decían. A eso llamaron “colaboración crítica”, describe.

“Me fui. Dejé por escrito las razones de mi renuncia”, prosigue Contardo, agregando que antes sus argumentos,  “tuve que escuchar algunas respuestas de los dirigentes frente a mis razones: todas oblicuas, elusivas,  y también algunas excusas tramposas de esas que en lugar de asumir sus responsabilidades”.

“Una vez milité en un movimiento y me fui sin decir públicamente nada sobre él. Tampoco le comenté mi opinión a gente muy cercana a mí que decidió firmar y echarles una mano para que pudieran transformarse en partido. Mantuve silencio, porque hay gente que respeto que aún es parte del que en adelante será un nuevo partido político”, cuenta, esto hasta el punto en que hace alusión a la frases que lanzó en Twitter cuestionando a Crispi y Muñoz.

“No respondí ninguno de los insultos en las redes sociales. Mal que mal, las frases que yo escribí -los llamé, entre otras cosas, “el Mapu con iPhone”- eran francamente antipáticas; representaban el disgusto que me provocó la puesta en escena de dos personas que dejaban sus trabajos con la épica de una batalla ganada. Aquí no había héroes, pensé. Por qué no renunciaron cuando comenzaron a recolectar las firmas, pregunté”.

Para resumir y cerrar, afirma…”lo único que puedo agregar, finalmente, es que una vez milité y entendí que el brillo despampanante del poder puede acabar transformando las ideas en un disfraz y la lealtad, en el arte de lo imposible”.