Carla Valenzuela

Carla Valenzuela me manda una foto por Whatsapp. En la pantalla se despliega una imagen horrible: la cara de una mujer con los ojos hinchados y un parche que le cubre la nariz y los pómulos de extremo a extremo. “Ella es Camila, de 28 años, fue víctima de violencia por su expareja, que le dio un golpe que le fracturó la nariz en tres partes”, me escribe a continuación.

Conocí a Carla mientras trabajaba en los textos del libro fotográfico A-MOR, de Cristóbal Olivares, un proyecto que, entre otras cosas, buscaba exponer aquellos lugares donde habían ocurrido los más brutales femicidios del país. El compilado final es un mar de imágenes desoladoras que van acompañadas de testimonios que reflexionan sobre los asesinatos de mujeres. El relato de Carla, sin embargo, no entró en la selección final. No porque su historia fuera poco atractiva, sino más bien porque el libro hablaba de la muerte y ella –por suerte- era una sobreviviente.

“Ya sé por qué se están muriendo las mujeres. Es porque las personas que están a cargo de evitarlo no hacen nada”, agrega en otro mensaje.

La historia de Carla es terrible y emblemática. Conoció a su expareja en 1997, a los 17 años, cuando luego de quedar embarazada de un compañero de curso y abandonar el colegio, se metió a trabajar como temporera en una viña en Copiapó. Al principio, la relación era puro amor, flores y paseos, pero a los pocos meses se volvió tormentosa. Carla recuerda que la primera vez que él le pegó fue un Año Nuevo: “Quedé tan morada que tuve que arrancarme de la casa para que no me viera mi mamá”, recuerda.

Luego vinieron los celos y las amenazas. Período que tuvo un poco de calma cuando Carla quedó embarazada y él le ofreció vivir juntos. A los pocos meses, la violencia regresó. Le tenía terror a sus reacciones, especialmente a un cuchillo con el que la amedrentaba al menos una vez al día. Se sentaba en la cama con una piedra y comenzaba a afilar la hoja: “con éste te voy a matar si me cagai”, le decía. Pero nunca se atrevía a usarlo. No al menos en esos años, en que sus ataques habían llegado al punto de quebrarle la nariz. En aquella ocasión, cuando no existía Ley de Femicidio, Carla lo denunció a Carabineros y ellos se burlaron. Acudir a la policía empeoró la relación. A él le molestaba que ella saliera de la casa, que hablara con gente, o que tuviera amigos. “No me dejaba salir, le daban ataques de celos y me pegaba. Después lloraba y decía que me amaba. Si iba a la casa de mi mamá y me demoraba media hora más, me sacaba la cresta”. Para entonces llevaban seis años juntos.

Carla mira con distancia esa época. “Juntos” –dice- es una palabra que queda grande en esta historia. Ella cree que nunca lo amó, que desde el primer minuto en que lo vio, se sintió secuestrada por él y no supo cómo salir de ahí: “Yo estaba obligada a estar con él. Me decía que si no lo hacía, iba a matar a mi papá y a mis hijos. Hasta que en el 2003 me aburrí de los golpes y lo dejé”. El quiebre vino acompañado de un alejamiento geográfico. Ella se fue a Rancagua a trabajar en la cosecha de la fruta. Tres meses en los que Carla se sintió liberada y que acabaron de la peor forma, cuando en mayo de 2004, su entonces expareja, se enteró que ella había regresado a Copiapó. Ese día, él se paseó durante toda la tarde frente a su casa por si podía verla, y ella llegó acompañada del pololo de una amiga con la que minutos antes habían estado. Aquel simple acto de gentileza, desató las oscuras intenciones que al día siguiente la tendrían al borde de la muerte.

“Me siguió desde mi casa hasta que llegué a mi trabajo. Se arrodilló y me dijo que nunca más me iba a pegar. Yo ni siquiera quería tener otra pareja, así que le dije que sólo me iba a dedicar a trabajar y a cuidar a mis hijos. Él se volvió loco. Me tironeó, hizo tiras mi ropa, comenzó a golpearme, me empujó a una calle sin salida, me tiró al suelo, se tiró encima, sacó el cuchillo, y me apuñaló 14 veces: en el pecho, en la pierna, en el brazo, y en el estómago”, recuerda.

Carla llegó agónica al hospital. El ataque conmocionó a la ciudad. A las pocas horas, la policía detuvo al agresor, y un día después, ella recuperó la conciencia. Aquella segunda oportunidad fue interrumpida por una lamentable respuesta judicial. A los pocos días, todos se supieron que pese a que el agresor había sido detenido, la fiscalía sólo podía pedir su formalización por lesiones graves y gravísimas. Carla se enteró de la peor manera que golpear a una mujer hasta casi matarla no era un delito, sino una falta. Al salir del reposo, lo primero que hizo fue juntar firmas para que la ley cambiara. Su lucha fue insuficiente: a su expareja le dieron apenas tres años de cárcel.

Carla recuerda que en ese tiempo conoció a las funcionarias del Sernam de Copiapó y que ellas hicieron tan visible su caso, que en febrero de 2005 viajó a Santiago a reunirse en La Moneda con Francisco Vidal, y en octubre se promulgó la Ley de Violencia Intrafamiliar. La norma, sin embargo, siguió considerando las agresiones como simples faltas. Para cuando su expareja salió en libertad, Carla vivía en Copiapó y la ley practicamente seguía siendo la misma. En varias ocasiones se encontró de frente con su agresor. Decidió entonces escribirle una carta a Michelle Bachelet, que era Presidenta, y poco después ella envió un proyecto tipificando el femicidio como un delito. Pese a los años, Carla sintió que su historia y la de otras cientos de mujeres que habían muerto o sobrevivido en el camino, por fin eran tomadas en cuenta. Fue el momento, también, en que comenzó a asumir su tragedia y fundó una agrupación, a la que bautizó como Miramu, que junta las primeras sílabas de las palabras “mirada” y “mujer”.

Ayudar a quienes sufren violencia doméstica ha sido su terapia más efectiva. En estos años, ha perdido la cuenta de la cantidad de mujeres que se le han acercado a pedirle orientación. Además de sus hijos, el activismo es parte importante de su vida. La otra, es su trabajo. Carla dirige un casino en el que surte de comidas a los trabajadores municipales de Copiapó. A veces, cuando está en la cocina dirigiendo los platos, incluso hasta olvida su tragedia, pero luego las cicatrices esparcidas en su cuerpo traen de vuelta aquellos malos recuerdos. “Son marcas de por vida. Es horrible bañarse y verlas. No puedo usar blusas con mangas cortas, ni short, ni faldas, siempre tapada. Doy gracias a Dios porque no fue mi rostro, pero igual son marcas”.