DIGAN-SUS-NOMBRES
Hubo un grito que empezó medio tímido y que luego no dejaba escuchar nada más:
Say their names. Say their names. Say their names. Say their names.

Eran más o menos las siete de la tarde. Yo estaba en el Stonewall Inn, Nueva York, junto a cientos de personas de la comunidad LGBT, en una vigilia por los muertos de Orlando, y la súplica, Say their names iba para las autoridades que ahí habían.

Pero los nombres empezaron a escucharse desde la misma comunidad, en voz más bajita y acento latino.

“Juan Ramón Guerrero. Presente”.
“Frank Hernández. Presente”.
“Alejandro Barrios Martínez. Presente”.

Una amiga, chilena, también estaba ahí. Temblaba de pena. Me dijo al oído que esto le traía un recuerdo de la dictadura: la gente, al ser detenida, gritaba sus nombres para no desaparecer del todo. Y justo esa es la palabra. Desaparecer.

Hay distintas formas de desaparecer. Y acá opera por invisibilización. No es culpa sólo de Donald Trump, cuando en vez de hablar del asesinato al interior de la comunidad gay y latina, se enfoca en que los papás del asesino eran afganos y, claro, el ISIS y los musulmanes, y “vieron que yo tenía razón en dar esta batalla”, y todo su blablá que sataniza, una vez más, a los márgenes del tejido social gringo. Lo de Trump es lo más obvio, en realidad. Pero también somos todos. Todos los que alguna vez hemos puesto Pray for la cosa que sea. Porque ese Pray es un lugar común. Y el poder horrible de los lugares comunes es que invisibilizan lo específico. “Hay que orar”, dijo el Gobernador de California. Tiene que haber más love y menos hate, he leído tantas veces que ya ni sé. “Éste es un crimen contra la humanidad, contra la manera de amar en Estados Unidos”, decía una columna en el New York Times. Etcétera y etcétera y etcétera. Pero no po. Lo que se necesita no es Pray ni Love si no una nueva política sobre la adquisición y tenencia de armas. El ataque no es contra la humanidad sino contra un grupo bien específico: el LGBT. Y LGBT latino.

Entonces la urgencia del Say their names es la necesidad de lo específico ante la imposición de la vaporosidad de las generalizaciones. Porque hay que olvidar. Por ejemplo que las estadísticas del 2014 muestran que hubo 11.961 muertos por armas de fuego en Estados Unidos. Y para continuar con cifras que aterran, el sitio citilab.com recoge un estudio realizado por la agencia 1Point21 Interactive en el que muestra en un mapa el número de lugares de ventas de armas en relación al número de Starbucks que existen en distintas ciudades. Y si bien la información de la cantidad de Starbucks es del 2013, da un panorama bien aplastante: en Washington D.C existen 318 puntos de ventas de armas versus 322 Starbucks. En Charlotte, Carolina del Norte, 264 lugares de armas y 79 Starbucks. Y para qué mencionar que Omar Mateen, el asesino, que a pesar de ya haber sido investigado por el FBI, podía comprar armas tranquilamente. Más tranquilamente de lo que un homosexual o un trans puede donar sangre. Al menos doce meses desde la última relación sexual es lo requerido. No es raro entonces leer este tuiteo: “Es más fácil comprar un arma de fuego que donar sangre”.

Con esto llegué sin querer al segundo punto de invisibilización. “El crimen es contra toda la humanidad”. En un mundo con tantas restricciones para los LGBT, decir eso no sólo es impreciso. También es peligroso. Entender que el crimen es contra una comunidad específica es fundamental para que la discriminación se entienda como tal. Es cosa de tener un poco de memoria, nomás. Hace unos párrafos atrás mencioné que la vigilia era en el Stonewall Inn, el primer lugar de resistencia gay en Estados Unidos. Hasta entonces, 1969, la policía entraba a los bares para registrar y castigar a quienes hicieran aberraciones tales como servirle trago a un gay, ser gay y bailar con otro gay, o ser mujer y no tener puestas “al menos tres prendas femeninas” (juro que es cierto). Pero el 28 de junio de 1969 la gente que había en el bar Stonewall Inn dijo basta. Contarlo suena fácil. La pelea que se armó ese día no lo fue tanto. Tuvo la dureza que requería la conquista de algo que suena obvio: el espacio privado. Ni siquiera era la calle lo que se exigía. Era, simplemente, la privacidad del bar. Y esa privacidad, la protección que cualquier LGBT siente cuando está en una disco o bar cola, lejos de la agresividad homofóbica de la calle, es la que se quebró en Orlando. Por eso suena tan vacío que se diga que es un crimen contra la humanidad.

Y mientras esto nos golpea en la cara, siguen sucediendo cosas que no se solucionan con puro love ni con pray. En Carolina del Norte aprobaron la ley llamada “Bathroom bill”, que te obliga a usar el baño público según el género que te asignaron al nacimiento, no sea que los pedófilos y violadores se hagan pasar por trans para violar mujeres ahí. Por supuesto, no hay estadísticas que avalen esto. Pero la ley está. En Missisipi las cosas no van mucho mejor. Aunque hace un año la corte gringa declaró inconstitucional la prohibición del matrimonio gay, si alguien cree que el matrimonio es entre hombre y mujer, puede negar la provisión de esos servicios: no casarlos, no dar espacio para que se casen, no dejar que adopten, no venderles cosas para el matrimonio, proteger a los funcionarios públicos que digan cosas homofóbicas (porque lo hacen por sincera creencia y eso, claro, qué tiene de malo).

Cuando la ilegalidad del matrimonio gay se volvió inconstitucional hace un año en Estados Unidos, yo celebré. Y sigo celebrándolo. Pero es tan poquito aún. En esos días Obama dijo: “Hoy podemos decir que Estados Unidos es una nación un poco más perfecta”. Y en esa frase está el problema. No se trata de Estados Unidos. Se trata de nosotros, los LGBT. Porque si el foco se pone en un país, se aprueban las cosas bonitas: matrimonio, sí claro. Políticas para los trans, mejor pensémoslo.

Para terminar, quisiera decir nombres. Imagino que la mayoría de las personas que escriben columnas conversan con sus amigos y conocidos sobre las ideas que tienen para luego ponerlas por escrito. Al menos yo suelo hacerlo. Pero por esta vez me gustaría decir quiénes son. No es algo antojadizo. Todos los amigos y familia con las que conversé de esto son LGBT y, mala suerte en este mundo, son latinos. Han tenido que ser valientes a la fuerza. Y no tengo ninguna palabra para decirles cuánto los admiro por ser combativos como son. Entonces: Luc Gutiérrez, Vicente Gutiérrez, Luis Cueto, Nicole Senerman, Dominga Bofill, Nicole Pizarro, María José Balbontín, Marialy Rivas. Gracias a todas y todos ustedes.

*Escritora