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Estoy ready para ir a Union Square. Quiero ser parte de esa manifestación en contra de la brutalidad policial. Las dos últimas muertes de afroamericanos a manos de la policía, grabadas por testigos y expuestas en todos los noticiarios, hacen que la rabia y frustración desespere el cuerpo. No solo el mío, el de todos. Alton Sterling, de 37 años, y Philando Castile, de 32, se agregan a la lista de víctimas de esta policía absolutamente racista.
Afuera está caliente y húmedo. Mes de julio, pleno verano neoyorquino. Me visto de ropa ligera y echo una botella de agua fría en el bolso. Me aseguro de que el teléfono tenga bastante batería. Quiero caminar en la marcha hasta más allá de que anochezca. Antes de salir veo un póster de Muhammad Ali que he pegado en la pared, con sus palabras: “Yo soy América. Soy una parte de América que ustedes no quieren reconocer. Pues, acostúmbrense. Negro, seguro de mí mismo, arrogante; mi nombre, no el de ustedes; mi religión, no la de ustedes; mis metas, solo mías. Les digo, no les queda más que acostumbrarse a mí”. Sonrío pensando en que me gusta la gente con esa attitude, en especial los afroamericanos, quienes después de siglos de esclavitud y opresión hicieron respetar sus derechos a punta de protestas masivas, a veces pacíficas, a veces violentas. Claro, cuando las cosas llegan al tope no basta con las buenas maneras, ni con ese estúpido concepto contemporáneo de lo “políticamente correcto”.

Bajo las escaleras del building y me dirijo al tren A, en la calle 125 y avenida Saint Nicholas. Camino lentamente. Quiero guardar energías para la marcha. Energías para que mi presencia se sienta. Pienso que las veces en que me han gritado “maricón” son las mismas veces que a un afroamericano le han gritado “nigger”. Por algo el maravilloso escritor Jean Genet marchó junto a los Black Panthers en los años 70. Si cualquier minoría es insultada y atropellada, todas lo son.

Camino y escucho el sonido de mi respiración. Estoy algo agitado. Me detengo a beber algo de agua, aún helada y fresca en la botella plástica. Desde una ventana abierta, alguien pone música y una voz lánguida y atemporal entona unos versos: “Southern trees bear a strange fruit / Blood on the leaves and blood at the root / Black bodies swinging in the southern breeze / Black bodies hanging from the poplar tress”. “Fruta extraña cuelga de los arboles sureños / Sangre en las hojas y sangre en la raíz / Cuerpos negros balanceándose en la brisa sureña / Cuerpos negros colgando de los álamos”.

Es la voz inconfundible y embriagadora de Billie Holiday, haciendo referencia a los linchamientos de afroamericanos en el sur de Estados Unidos.

Cuando cruzo frente al Apollo Theater, un grupo de muchachos pasa junto a mí susurrando “Black lives matter”, “La vida de los negros importa”. Me uno al susurro y sigo detrás de ellos rumbo a la manifestación. Aunque el tren viene lleno, encuentro un asiento. Cierro los ojos, en la onda tomando un break. Los abro en la próxima estación. Frente a mí alguien lee un periódico en español. La portada dice “Latinos abatidos por la policía en lo que va del año”. Me quedo ahí, congelado frente a esas palabras impresas. De pronto esa persona se levanta para bajarse en Times Square y deja el periódico en el asiento. Lo tomo. Leo. En lo que va del año, cien latinos han sido baleados por la policía, sin razón justificada. Sigo leyendo. Durante el mes de julio, cinco han sido las víctimas latinas. El caso que me deja perplejo es el de un muchacho de 18 años, Anthony Núñez, que padecía problemas mentales y quería suicidarse, por lo que su madre llamó a la policía pidiendo ayuda. Pero en vez de persuadir al joven, lo que hicieron fue dispararle al ver que tenía un arma.

Bajo del tren en la calle 14, a pocas cuadras de Union Square. A medida que camino, se suma gente en mi misma dirección. El susurro es ahora un coro fuerte y sonoro: “Black lives matter”, “La vida de los negros importa”.
Quiero unirme al eco, pero algo me lo impide. Mi mano aprieta el periódico que aún tengo conmigo. Lo abro. Lo alzo algo más arriba de mis ojos, a modo de cartel. Comienzo a susurrar: “Latin lives matter”.

Es el momento de gritar mi rabia. Es el momento de que a modo de respeto y de clamar justicia, grite sus nombres.

Anthony Núñez, 18 años.
Melissa Ventura, 24 años.
Raúl Saavedra-Vargas, 24 años.
Pedro Villanueva, 19 años.
Vinson Ramos, 37 años.
Que Descansen En Paz.

*Escritor y performer transgénero.