Imilsa Contreras, símbolo de la lucha contra las AFP: “No quiero que esta injusticia se herede”

Imilsa Contreras es la abuelita de 82 años que se encadenó a la puerta de una AFP y cuya su foto se viralizó por las redes sociales, poco antes de las masivas marchas en contra de las aseguradoras de pensiones. La anciana se terminó por transformar en el rostro de las movilizaciones, motivando a la gente a través de diversos videos. Dice que ha luchado toda su vida y que todavía le queda cuerda: “Me gustaría que este esfuerzo que estamos haciendo no sea en vano, por el bien de toda la sociedad, y en especial de los más pobres que no se atreven a reclamar”.

Imilsa-Contreras

Mi lucha empezó cuando me enteré que había personas afligidas porque no habían logrado imponer más plata. Gente que saca menos de 80 mil pesos de jubilación, viudas que se han quedado con la mitad de las plata de las imposiciones de sus maridos, personas que no les alcanza para los remedios ni para comer.

No puedo quedarme tranquila viendo que hay gente que sufre más que yo y que no se haga algo para que sean tomados en cuenta. No somos esclavos de la sociedad. La sociedad somos todos nosotros, sobre todo los adultos mayores que trabajamos toda una vida por este país.

Fuimos de a poco analizando el tema con otros amigos, dirigentes sindicales, hasta que decidimos hacer una protesta. Nos tomamos una AFP y le pusimos llave a la puerta por dentro. Los carabineros nos esperaron afuera. Después de que sacamos el candado y salimos, nos preguntaron: ¿Quién es el cabecilla de la movida? “Yo”, les dije, como vicepresidenta de la Asociación de Pensionados del ex Seguro Social de Invalidez. Les di mi nombre, mi número de carné y nos fuimos. Ni nos inflaron en la prensa.

Después empezamos a organizar otra protesta y a alguien se le ocurrió que me encadenara. ¿Te atreves?, me dijeron. “Y cuál es el problema”, les respondí, “tráeme el candado y hacemos el atao”. Ahí partí con otros abuelos y dirigentes a la AFP Habitat. Ni lo pensé. Me paré al lado de la puerta y un amigo que tenía la cadena me la enrolló y me puso el candado. Igual dejamos una pasadita para que entrara la gente. La cosa es que llegaron carabineros y yo les dije que era una protesta pacífica, que no era necesario que nos vinieran a amedrentar.

En la calle estaban varios abuelos protestando, con carteles, y yo seguía encadenada a la puerta. “¿Y no ha llegado ningún periodista?”, pregunté. “Nada”, me dijeron. “Ya vente pacá, le dije a uno de los dirigentes, sácame una foto y súbela a las redes sociales. Que lo sepa el mundo entero”. Así fue el cuento. Qué me iba a imaginar yo que iba a causar tanto revuelo. Salí en todos los medios y me empezaron a llamar para entrevistarme.

Al final salí yo no más en la foto, pero no se vio nada del aparataje de carabineros. Después que me sacaron la cadena, nos tomamos la calle y cortamos el tránsito, llegó el guanaco, pero no se atrevieron a tirarnos agua. Los carabineros nos miraban no más. Yo le hice una seña que estábamos luchando por sus familias también. No se atrevieron a molestarnos, a tirarnos agua, nos miraban no más.

Mi marido siempre me dice que tenga cuidado, pero que luche contra esta cosa injusta para que no se mantenga por el resto de los tiempos. No quiero que esta injusticia se herede. No estoy dispuesta a que se herede a los que no han nacido. Siempre he luchado. Toda mi vida he reclamado.

Nací en Purén, pero no en el mismo pueblo sino aparte, lejitos, a hartas cuadras, en el campo. Mi papá después se compró una casa por Contulmo, cerca de la cordillera de Nahuelbuta. Para ir al colegio tenía que caminar treinta y seis cuadras. Mi casa quedaba cerca de Lleu Lleu, una laguna muy grande que colinda con otros campos, cerca de Huillinco, Guallepen y Coihueco.

Alcancé a llegar a sexto de preparatoria porque empecé a trabajar a los 14 años. Éramos siete hermanos y en ese tiempo no había los medios para que mis padres nos alimentaran a todos. Tenía que trabajar y me vine a la ciudad, a Lebu, a la casa de la mamá de mi profesora. Ahí aprendí el trabajo de dueña de casa.

Después me vine a Concepción al hogar de unos parientes y comencé a trabajar en la fuente de soda Nuria como mesonera. Éramos quince compañeras de trabajo, repartidas en dos turnos. Me acuerdo que una vez llegó a tomar desayuno el presidente de un sindicato que agrupaba a todos los trabajadores de restorán. Una amiga me dijo que el italiano nos podía echar y yo le dije que no teníamos por qué contarle, que estábamos en nuestro derecho, que cumplíamos con nuestro trabajo y que de la puerta para afuera no tenía por qué meterse. Al final nos inscribimos en el sindicato hotelero y de ramas similares de Concepción. En el año 73 se acabó, como todos los derechos de los trabajadores.

A esa altura ya me había casado y tenía dos hijos. Mi marido era dirigente sindical y quedó sin trabajo después del golpe militar. Una noche lo vinieron a buscar, vivíamos en el barrio norte, y me apuntaron con dos metralletas, una en el pecho y otra en la espalda. Mis hijos estaban bien chicos y yo los tenía preparados por si acaso. No les mostré miedo. Con el golpe aprendí a ser valiente. Se me puso una coraza, una valentía en mi corazón que todavía la tengo.

Como estaba mala la cosa en ese tiempo, empecé a trabajar con una señora que era subjefa en el Serviu de Concepción y me metí al sindicato de trabajadoras de casas particulares. Después jubilé con esa familia y participé en la asociación de pensionados. Ahí me tocó viajar por la previsión social a un seminario latinoamericano de mujeres en Mendoza. Fue una experiencia muy rica. Siempre he trabajado en organizaciones sociales. No corresponde que los trabajadores queden huérfanos de su organización.

Tengo 82 años y todavía me queda cuerda para seguir protestando. A lo mejor la gente va a creer que esto es fantasía, pero yo no puedo quedarme tranquila cuando hay gente que tiene pensiones miserables por la ocurrencia que tuvo José Piñera a espaldas de todos los ciudadanos. Porque en esos tiempos no teníamos derechos, tampoco a voz y a voto, por eso inventaron las AFP. Obligaron a las empresas a que los trabajadores tenían que afiliarse y los amenazaron que podían perder su trabajo. Muchos aceptaron, desgraciadamente. La gente en su ignorancia creyó en la fantasía, se fue a afiliar por su cuenta también y hoy día están arrepentidos.

No puede ser que en vez de aumentar las pensiones terminen disminuyendo. Cuando me encadené fue porque habían rebajado plata a la gente con mayor expectativa de vida. Pero si los jubilados no podemos alimentarnos de aire. Uno hace maravillas para llegar a fin de mes. Yo saco 195 mil pesos y eso que también aporto con mi cuota al sindicato. Mi esposo saca más o menos lo mismo. No nos compramos ropa, no nos encalillamos en cosas fantásticas, andamos justito, nos preocupamos más de la alimentación.

Ahora, soy representante de los pensionados y participo del movimiento nacional ciudadano. Hace rato que me aburrí de este cuento. Siempre terminaba pensando: ¡No puede ser! Por eso nos empezamos a juntar con otras personas y decidimos comenzar con esta batalla social que movilizó a todo el país. Me gustaría que este esfuerzo que estamos haciendo no sea en vano, por el bien de toda la sociedad, y en especial de los más pobres que no se atreven a reclamar.

Comentarios