La exigencia del refichaje de militantes de los partidos políticos en un determinado número para no ser eliminados y de un número de militantes para constituir partidos nuevos, profundiza la crisis de la política en la sociedad actual. Es, como se sabe, casi única en el mundo. Si bien forma parte de una iniciativa que aspira a fortalecer los partidos, legitimarlos y dotarlos de financiamiento público, puede llevar su debilitamiento y desaparición. Lo que debiera haberse hecho es reconocer que los partidos actualmente existentes cuentan con la legitimidad democrática de un número importante de ciudadanos que votaron por ellos en la última elección, lo que basta para reconocer su existencia y para que accedan al financiamiento público, previa limpieza de sus registros. A los partidos nuevos, como no tienen votantes aún, debiera habérseles exigido un número muy pequeño de firmantes para constituirse y participar en las próximas elecciones. Todo partido, antiguo o nuevo, que no alcanzara un determinado porcentaje en la elección dejaría de serlo y perdería el financiamiento público. En el futuro se operaría igual: facilidad para constituir partidos pero exigencia de un umbral de votación para ser reconocidos como tales y tener financiamiento público.

Lo que está en juego es si la democracia en el mundo actual requiere o no de partidos políticos o si puede prescindir de ellos. Detrás de las críticas a los partidos está no sólo la crítica al modo cómo ellos funcionan actualmente sino a la idea misma de partido. Y ello porque está en crisis la idea de representación. Pero la representación es sólo una de las funciones de los partidos porque éstos son a la vez instancias de representación de demandas, intereses o aspiraciones e ideas, de elaboración de propuestas y proyectos globales, de provisión de liderazgos y personal de gobierno y de gestión de gobiernos, por señalar sólo algunas de las funciones principales. Cada una de estas funciones indispensables en democracia ya no las cumplen exclusivamente los partidos, especialmente la representación, pero éstos son las únicas instituciones que cumplen todas ellas. De modo que lo que cabe es permitir que existan instituciones partidarias fuertes, legítimas, financiadas públicamente, reguladas respecto del uso de recursos y del cumplimiento de sus funciones, y al mismo tiempo asegurar su vinculación con la ciudadanía.

La crisis de representación se da en todas partes del mundo, porque vastos sectores quieren asumir la representación de sí mismos o sólo ser representados por sus iguales, o porque muchos sienten que la política y quienes la practican no tienen que ver con sus vidas o que están afectados por fenómenos de corrupción. Se trata de pensar en sistemas de representación diferentes a las épocas que grandes conglomerados sociales con intereses y demandas comunes se hacían representar por partidos que se distinguían por sus proyectos ideológicos globales. Pero que los partidos deban ser diferentes no significa que no deban existir.

Recordemos que en Chile los partidos fueron subculturas y el modo privilegiado en que la gente, el pueblo, los ciudadanos, los movimientos sociales se constituían en sujeto de la polis. Las identidades sociales se conformaban en torno a la adhesión a los partidos. La militancia, reducida en relación a la ciudadanía, era una actividad que dio sentido a la vida a muchos. Ello producía también rechazos que llevaban a hablar de hiperpartidismo y reacciones de independentismo. Con todo, los partidos eran la columna vertebral a través de la cual nos constituíamos como actores y más allá de críticas por clientelismos o ideologismos su existencia no era cuestionada. La dictadura militar buscó eliminar los partidos, pero éstos sobrevivieron y jugaron un rol fundamental en el término de ella. Hoy asistimos a una profunda escisión o ruptura entre la política partidaria y el mundo social y eso significa que estamos ante una sociedad desvertebrada. Y en esto la responsabilidad no es sólo del mundo político, también lo es del mundo social donde, con excepciones significativas, se ha ido produciendo una cultura más cerca del consumo, la opinión y el individualismo que de lo propiamente ciudadano. Lo más probable es que nunca vuelva a reconstituirse una relación del mismo tipo que la que existió en otra época.

El proceso actual de refichaje no se hace cargo de esta cuestión de fondo. Asimismo, subyace la idea de partido definida por el número de militantes y no por su vinculación con la ciudadanía. Precisamente lo que hay que hacer es incentivar formas nuevas, flexibles, más cercanas a la colaboración y adhesión que militancias clásicas o definidas por una firma ocasional que no refleja adhesión ciudadana.

Así, el problema central, qué tipo de partidos buscamos si no queremos prescindir de ellos, ha quedado nuevamente fuera de la discusión y sin solución.

*Sociólogo. Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales.