En la sección Ventanita Sentimental del diario La Cuarta un tipo cuenta su historia motelera. Resulta que poco tiempo atrás se fue a bailar a un salsoteca, ese lugar donde los troncos hacen el ridículo. Ahí conoció a una chica. A diferencia de otras oportunidades en las que termina curado como piojo, esta vez el destino quiso otra cosa. Una mujer se le acercó, le conversó y, más aún, le invitó un copete. En ese afán, ella le enseñó a moverse como los guatones que le sacan brillo a las pistas de esos antros. El se las dio de galán y se la llevó a un motel. Hasta ese punto, todo bien, pero lo peor vino después, con los días.

“Partimos a uno que está en el centro de Santiago. Medio rasca, pero por plata. Ahí la hicimos cortita. En tres horas quedamos impecables. Ella se fue, yo partí pa’ mi casa. Y al día siguiente desperté con ronchas y picazones en mis partes íntimas. Llevo tres días igual y me da vergüenza ir al médico. ¿Qué me recomienda, doctor?, ¿Qué me echo?”, consulta.

“Claramente que tiene dos opciones. O en el motel se agarró una infección o un bicho le picó en el manguaco. O, que es lo más probable, que no se cuidó, se tiró a fierro pelao y ahora quedó pingado”, responde el experto en estas lides.

En palabras quizá más explícitas, el doctor cariño le dice que “eso quiere decir que se le contagió una infección después de una jornada alocada con una mujer que ni siquiera debe saber su nombre o no se acuerda. Yo no soy médico clínico, soy el doctor del corazón, sentimental. Usted debe recurrir a la posta o a una consulta de medicina general, y de ahí lo van a derivar a un especialista”.

“Ahí cachará qué deberá echarse para que no se le caiga el muñeco de a pedazos. Mejor aprenda a bailar antes de que le enseñen a punta de bicharracos”, cierra.