1.

“¿Y si nos tomamos fotos con la linterna?”, preguntó un día Rosario (62) a su pareja. Mariano (88) guardó silencio por un momento.

Hace ocho años coincidieron en un taller de natación para personas no videntes. Esa primera clase en la piscina, él la tomó de la mano y la ayudó con los ejercicios. Tres años después, decidieron irse a vivir juntos.

Rosario nació con menos del 5% de visión, apenas la suficiente para distinguir formas y siluetas del tamaño de un ropero. A los 33 años, luego de cursar algunos semestres de Derecho en la Universidad de Chile, la perdió por completo. Mariano, actualmente, es quien tiene la mejor visión de los dos: es capaz de percibir bultos y luces.

Luego de aceptar la propuesta, casi como un juego, decidieron partir con lo básico. Mariano se colocó una linterna roja en la cabeza, y Rosario comenzó a seguirlo por los pasillos de la casa. Flashes al espejo, a las paredes ocupadas con los retratos de las hijas de Rosario, y otras sosteniendo a su mascota. Luego fue el turno de él.

Además de los retratos que hizo de su pareja, Mariano se interesó por las siluetas que, a cierta hora del día, se reflejaban en el living, y por las paredes de su hogar. Algo parecido a un toro, a animales que descansaban sobre el techo. “No me gusta tomar fotos directamente a las personas. Me interesan las luces, los reflejos, que es lo que puedo ver”, dice.

“A Mariano le gusta buscar sombras”, bromea su pareja. “Anda por la casa buscando fantasmas”.

2.

Lo primero que sucede cuando un desconocido entra en una sala llena de fotógrafos no videntes, es que inmediatamente se ve rodeado de cámaras y “clicks”. Mientras algunos de los talleristas se limitan a hacerlo desde sus asientos, los más atrevidos se acercan con la cámara a pocos centímetros del rostro del recién llegado.

“Te están conociendo”, dice Elisa Verdejo, creadora del taller de Fotografía Ciega, proyecto apoyado por la Corporación para Ciegos de Chile y patrocinado por Fondart. “Quieren saber cómo eres”.

El comienzo del taller, explica Elisa, fue más bien rudimentario. En marzo comenzaron palpando la cámara, intentando acostumbrarse a la ubicación del obturador. Luego, los participantes aprendieron a cargar la batería y, con las semanas, a tomar la distancia adecuada al objeto o persona que querían fotografiar.

“El ciego no ve, pero esta limitación no impide que este imagine ayudándose del tacto y de otros procesos cognitivos. El desafío es alejarse del prejuicio ‘del ciego que quiere ver’ y acercarse al ‘hombre ciego que percibe’, agrega.

Descontando a Rosario, ninguno de los siete miembros con que inició el taller –uno de ellos, Julio Villalobos, murió a pocas semanas de concluir el trabajo-, nació invidente. Pero todos han desarrollado un grado total o muy avanzado de ceguera. Toman fotografías a pesar de casi no poder distinguir el resultado.

Por ello, cada semana, las fotografías son llevadas hasta la Corporación, donde Elisa y la monitora asistente, Andrea Maturana, las proyectan en una pantalla gigante. Allí, los talleristas logran identificar, superficialmente, las formas y los encuadres de sus disparos. Los detalles, como los colores o las texturas, son descritos por Elisa y Andrea.

3.

Teresa Díaz (52) fue diagnosticada a los 35 años con retinitis pigmentosa –o “RP”, en la jerga del círculo de los no videntes-, una enfermedad hereditaria ocasionada por desórdenes genéticos que afecta la capacidad de la retina para responder a la luz. “Con esta enfermedad, la visión se va perdiendo de a poco. Y con la fotografía, lo que uno hace es ir rescatando sensaciones. No sólo de las cosas bellas, porque a veces uno quiere rescatar la fealdad. Una roca áspera, por ejemplo”, afirma.

La fotografía, para Teresa, se trata de encontrar los colores que ha ido perdiendo. “A veces tú sacas una foto, y a lo mejor no puedes ver realmente lo que sacaste. Hasta que la llevamos a una tele grande, tratamos de enfocar, y me describen lo que yo quise sacar”.

—Yo sigo practicando mentalmente los colores, las imágenes—, acota Enrique González (72), masajista de profesión y violinista aficionado.

“Yo vi hasta los 13 años. Pero tuve la suerte de ser un niño hiperactivo; lo quise ver todo. Me crié en la montaña de Machalí, y para mí los amaneceres eran espectaculares, maravillosos. Trato de no olvidar lo que vi”.

Para él, las fotografías, como la música, tienen una vibración propia. “Las vibraciones, la frecuencia, pueden transmitir la personalidad y las emociones de una persona. Con la fotografía pasa lo mismo, porque los colores, la imagen, todo tiene más de un lenguaje, al menos para mí”, afirma.

Pocas semanas antes de culminar las sesiones del taller, Julio Villalobos (40), a quien Elisa estaba preparando para que se convirtiera en monitor del próximo curso, sufrió una descompensación severa, que lo llevó al hospital. Muy joven había sufrido de un derrame cerebral, el cual lo dejó ciego, y constantemente debía someterse a cirugías. Falleció un sábado, y luego de una modesta ceremonia en Santiago, su féretro fue llevado hasta Parral, donde fue enterrado.

4.

Javier Márquez (41), es uno de los pocos miembros del grupo que utiliza su cámara para tomarse selfies, en cualquier momento: mientras se afeita, cuando se desplaza en metrotren desde la Villa Los Portales de Nos a Santiago, o incluso cuando cocina sopaipillas –“que nunca me quedan al punto”, alega.

“La ceguera lleva de la mano a la depresión. De a poquito, he sacado el temor de expresar eso. Uno tiene que ser transparente en todo sentido. Y las fotos son la clave. Yo no sé quién las irá a ver, quizás cuando tenga hijos. Las fotos son un momento de la vida”, dice.

Cuando no está tomándose autorretratos, a Javier Márquez le gusta colocar la cámara sobre su frente, como si fuera un tercer ojo. “A esta altura, es como una extensión mecánica de mí”, explica.

Muchos de los talleristas describen una sensación similar. Algunos apoyan la cámara justo sobre la cabeza, otros estiran completamente sus brazos, como proyectando la respiración, y colocan el lente a la altura del pecho. “A veces, cuando uno tiene un objetivo, como un árbol o una hoja, uno ni siquiera tiene que tocarlas, basta saber que existen, que ahora hay un registro de ellas. Tú no llegaste, pero la cámara sí”, dice Teresa.

“Cuando me describen lo que capturó la máquina, eso que yo no pude ver, transporto eso a mi mente, lo imagino. Por cierto que no de la misma manera a como es realmente, pero es algo bonito. Como una foto, esa imagen queda plasmada, y puedo recordarla todas las veces que quiera”.

 

Exposición Fotografía Ciega:
Corporación para ciegos (Obispo Salas 0381)
Desde octubre. Entre 10 y 17 horas. Entrada liberada.
Instagram: @fotografiaciega
Expositores:
Enrique González, Javier Márquez, Osvaldo Hernández, Mariano Jaña, Rosario De La Maza, Julio Villalobos, Teresa Díaz.