La campaña oficial de los candidatos que pasaron al balotaje dice correr por el carril de la conciliación y la rectificación (Piñera) o de la profundización transformadora (Guillier), pero para instalar estas ideas que parecen “en positivo”, ambas recurren a un doblez fantasmagórico que apela al miedo.

En el caso de Piñera, es el miedo a la posibilidad de que de ganar Guillier – sobre todo ahora que hace guiños al Frente Amplio – nos encamine al caos y el enfrentamiento cuyo lugar paradigmático es la Venezuela chavista (Chilezuela). En el caso de Guillier, el pavor es a la posibilidad de que de ganar Piñera se retroceda brutalmente en los “enormes” logros que ha alcanzado el país en último gobierno y se produzca una restauración que instalará a la derecha por muchos años a la cabeza del ejecutivo.

Ambas estrategias apuntan – soterrada la primera, explícita la segunda – al Frente Amplio y los votos obtenidos por Beatriz Sánchez. Mientras los agoreros de Piñera pretenden convencer a los chilenos de que Guillier en su afán por salir electo hará concesiones a los más encarnizados chavistas de Chile (ie. los frenteamplistas), empeorando aún más las perspectivas de retroexcavación que portaba el actual gobierno, Guillier por su parte es categórico en increpar, al borde del chantaje, a la dirigencia del FA señalando que es responsabilidad suya el convocar a sus adherentes a votar por él, para detener al fascismo depredador encarnado por un empresario al que ¡oh vaya! él mismo hizo loas hasta hace pocos años.

Lo cierto es que ninguna de esas fantasías apocalípticas es verdad y el FA debe entenderlo, sin por ello dejar de entender su responsabilidad política e histórica. Ni Guillier ni el Frente Amplio pretenden acercar al país al modelo social y económico de la Venezuela de Maduro; ni la posible victoria de Piñera sería un retroceso de las dimensiones bíblicas que describen los partidarios de Guillier. En el primer caso, porque basta leer los programas de ambos conglomerados para ver que se plantea, con mayor o menor intensidad, un avance en agendas perfectamente socialdemócratas y compatibles con la “modernización capitalista” como gusta decir a un sofista de la plaza. Por más que los movimientos más radicales del FA y algunos militantes sueltos de otros partidos más a su derecha quieran otra cosa, el programa de Beatriz Sánchez no es ni de lejos un programa revolucionario, sino un proyecto por erradicar el mercado de ciertas áreas específicas de la vida y acercar al país a los destinos de otras sociedades perfectamente capitalistas, pero decentes y mucho más justas y democráticas. Se trata, en resumen, de un programa “dentro de la caja” del Estado benefactor del Siglo XX, que si bien toca de forma ciertamente radical los intereses de la oligarquía (con el fin de las AFP, de las Isapres y de los derechos de agua y pesca entregados a perpetuidad) lo hace de una forma que en cualquier democracia avanzada medianamente digna sería considerado de total Perogrullo. Acá se ve radical, porque la línea de lo normal está corrida varias casillas hacia la derecha, gracias a la implantación muy temprana del modelo y sus aspectos más extremos. Que se pueda avanzar desde ahí hacia una perspectiva socialista, bueno, eso se verá en las siguientes batallas culturales y políticas que se darán dentro y fuera del FA, pero hoy no es una perspectiva real, sino sólo una fantasía retorcida en las mentes afiebradas de las clases acomodadas y en la de los hábiles propagandistas de la derecha.

La mentira detrás del terror Guillierista es más difícil de desacreditar puesto que apela a una fibra que sigue siendo muy sensible en el alma del votante frenteamplista: el regreso de la “verdadera” derecha, no ya su versión edulcorada concertacionista, sino la original. Por más que uno pueda tener una reacción visceral frente a esta imagen maniquea, es necesario un ejercicio racional de evaluación de ese temor. En dos términos. Primero sobre la capacidad de retroceder respecto los avances de los últimos años. Para eso habría que evaluar cuánto se ha avanzado, cuáles son los incentivos para retroceder en estos avances y por último si es posible hacerlo. En relación a lo último, es dudoso que se pueda hacer mucho con 72 diputados (a 6 de la mayoría necesaria) y con 19 senadores (a 3 de la mayoría). Segundo ¿retroceder respecto a qué? Es cierto que en el gobierno de Bachelet se avanzó en mínimos civilizatorios (aborto en tres causales, gratuidad universitaria hasta ciertos niveles de ingreso, fin al binominal, etc.), pero de ahí a decir que fueron avances gigantes es tan falso como creer que habrá retrocesos del mismo tenor, sobre todo porque la derecha, tras el fracaso de la primera vuelta, entendió que no está el horno para esos bollos y que de intentar aplicar su propia retroexcavadora ahí, no solo no contaría con los votos, sino que tendría a la calle en llamas. Simplemente, no están los incentivos.

Segundo hay que evaluar la capacidad de Piñera de avanzar en la instauración de un proyecto transparentemente conservador en Chile. Por las mismas razones que invocaba arriba (fracaso en primera vuelta, ausencia de mayorías parlamentarias, necesidad de concesiones del piñerismo a Ossandón y al voto liberal de Kast), el de Piñera sería un gobierno de administración y no de transformaciones, incapaz de toda iniciativa que avance decididamente en pos de retornar a un país aún más conservador que el que recibió Bachelet en 2014. Eso sin considerar lo que diría la calle si el piñerato buscara algo de esta naturaleza. La amenaza de una “restauración” conservadora no es tan obvia entonces, como se veía antes de la primera vuelta cuando el aparato científico social de la derecha nos tenía convencidos del arrase del piñerismo.

Probablemente nada de esto servirá para convencer a los que ya cayeron en las fauces sin matices del miedo. Piñera, con su torpe apelación a un posible fraude electoral, pareció darles la razón a los temores del guillerismo, adelantando en varios días el apoyo de Beatriz Sánchez al candidato de la centroizquierda. Pese a esta acción y en el espíritu de lo que decidió el Frente Amplio como colectivo, no está de más preguntarse si es que es haciendo eco del terror y sus fantasmas que podremos tomar la mejor decisión como frenteamplistas para el futuro de Chile el próximo 17 de diciembre.