Con un cuadro más despejado que nunca, tras la sorpresiva caída de Grigor Dimitrov (N.3) en cuatro sets, 6-4, 3-6, 6-3, 6-4, frente al británico Kyle Edmund (49º), parecía que Rafael Nadal tenía el camino asfaltado para una nueva final en Australia, presumiblemente ante su Majestad, Roger Federer (hoy juega con Tomas Berdych por el paso a semis). Pero el físico del mallorquín dijo otra cosa. Como tantas veces. Como siempre.

Nadal había ganado el tercer set, el más parejo de todos, llevándose el tie break por 7-5 ante un sacador de fuste como es el croata Marin Cilic. Así, con esa demostración de carácter, no había que ser un genio para avizorar que el cuarto sería un trámite. Mas no. Nadal perdía 2-6 la manga siguiente y de esa manera obligaba a su cuerpo a disputar el quinto.

Llegada la definición, el físico del número uno del mundo daba cuenta del desgaste. Comunicaba que ya no más. Entonces, 0-2 abajo, y con evidentes molestias en la pierna derecha, Nadal anunciaba el retiro, dejando a Cilic con inmejorables opciones en semifinales y a Federer mirando de reojo. Pensando, acaso, en un escollo menos rumbo a lo que pudiera ser su vigésimo título de Grand Slam porque, aunque derrotado las cuatro veces que se toparon en 2017, el español parecía ser el único jugador capaz de frenar al suizo, que a sus 36 años juega contra el tiempo. Contra su propia epopeya. Porque Federer dejó de tener rivales en la cancha.