Conocidos los resultados de la primera vuelta de las elecciones de Brasil, se encendieron las redes sociales entregando posibles explicaciones del avance de proyectos de derecha populistas y autoritarios en el mundo. Esos que no se muerden la lengua para validar dictaduras, abusos, violaciones a los derechos humanos, discriminación por razón de clase, género, raza y etnia, y promover la privatización de todo lo que haya a su paso.

¿Cómo -luego de olas de movimientos sociales democráticos en diferentes países del mundo de los últimos años- una parte significativa del electorado del país más grande de Latinoamérica apueste un gobierno que niega aquellos derechos demandados y más? Y es que tanto el surgimiento de movimientos sociales y políticos democratizantes, como el ascenso de esta derecha más fundamentalista, son posibles por la misma razón: el distanciamiento entre la política y la sociedad y la crisis de representación consecuente.

Dicho distanciamiento es particularmente visible donde sectores progresistas y de izquierda, que llegaron al poder representando amplias franjas sociales, gobernaron desconectados de sus bases sociales y de la ciudadanía en general, privilegiando entendimientos con el gran empresariado y los partidos de las élites en aras de la gobernabilidad y la administración del neoliberalismo. En esos casos, los partidos políticos son vistos como “lo mismo” por una creciente mayoría de la población, generando indiferencia hacia la política en tiempos de relativa paz y rechazo en tiempos de mayor inestabilidad. Es la deriva de los proyectos que han aplicado las recetas de la “tercera vía” en distintas realidades del mundo, unos en el marco de experiencias nacional-populares, como Latinoamérica, otros de socialdemocracias derechizadas, como en los países centrales del norte.

En respuesta han nacido alternativas que desde la izquierda democrática hemos trabajado -cuesta arriba- por construir alternativas. Sin embargo, no estamos solos. El neoliberalismo ha encontrado en derechas de corte radical una forma de responder al malestar social con la política que lo sostiene y la incertidumbre que genera en las vidas de la mayoría. Estas derechas tienen expresiones muy disímiles en cuanto a las alianzas sociales que representan, las situaciones socio-económicas de las que emergen y el electorado que movilizan. Pero tienen en común que crecen en paralelo al descrédito de los partidos políticos tradicionales y al debilitamiento de las relaciones sociales basadas en lazos de solidaridad. Y de ambas cosas hay de sobra en Chile.

La derecha chilena no se queda atrás y comprende perfectamente que estando tan debilitada la identificación ciudadana con la política, la fórmula más eficaz para movilizar apoyo es afirmar no una identidad propia sino una alteridad. De ahí que su centralidad sea rechazar al progresismo y a la izquierda, en particular, y a la política partidista en general. No es de extrañarse que el ascenso y probable triunfo de Bolsonaro despierte simpatías en la derecha chilena, donde la posibilidad de un derechismo populista y autoritario que goce de una significativa base política y social de apoyo no es menor. Los casos de José Antonio Kast y Manuel José Ossandón son evidentes, pero mucho más significativa es la generalizada influencia que empiezan a cobrar las agendas autoritarias y conservadoras en todo el campo de la derecha, sus partidos y el propio gobierno, que ha validado este avance con maniobras como la expulsión masiva de migrantes, el “Comando Jungla”, Aula Segura, o dando espacio al negacionismo de las violaciones de DDHH.

Lo hipócrita de esta estrategia es evidente. La derecha chilena es comandada por familias vinculadas a la política desde el siglo XIX y representa los intereses de un gran empresariado cuya acumulación depende de oligopolios protegidos y subsidiados por el Estado. Pero hacemos mal en centrarnos en acusar esto desde una pretendida altura moral. Lo importante es preguntarnos: ¿por qué, pese a todo, estas opciones ganan terreno?

El perfil autoritario y populista que adopta la derecha en diversos rincones del mundo, y poco a poco en Chile, es una forma de respuesta anti-democrática a las sensaciones de inseguridad, hastío con la desigualdad e inutilidad de la política en la sociedad. No es casual, por ejemplo, que la idea de “tomar de nuevo el control” sea transversal al discurso de estas derechas. Tienden a reconocer la sensación de pérdida de soberanía sobre la vida que se apodera de las personas, pero no para ofrecer una expansión de la democracia -única respuesta efectiva y estructural al problema-, sino una concentración del poder en manos “verdaderamente capaces”: generalmente “hombres fuertes”, militares y expertos ubicados “más allá” de los bajos intereses de la política.

Estas derechas apelan con fuerza al relato de las soluciones privadas, del mérito individual y la competencia. El desafío que proponen no es erradicar la desigualdad, sino basarla en criterios que estiman “justos” como el esfuerzo propio o la pertenencia a un determinado género, etnia o nación. De esta manera, reemplazan los conflictos entre oprimidos y opresores en conflictos solo entre oprimidos, generando legitimidad para la idea de competir por “lo poco que hay para repartir” y divisiones donde debiera existir comunalidad. Así, no son una respuesta al neoliberalismo sino un subproducto rabioso del neoliberalismo: vienen a reforzar la ilusión de resolver los malestares sociales en el ámbito individual.

Con todo, es fundamental también reconocer el potencial de estas estrategias, especialmente en contraste con las que han predominado en los progresismos neoliberalizados. Reconocer, por ejemplo, que la ideología de la “libertad de elección” y la reivindicación del individualismo pueden ser más dignificantes en ciertas franjas sociales excluidas que su consideración como meros receptores de bonos y ayudas sociales focalizadas. Lo mismo con ciertas formas de conservadurismo religioso. Carísimo le ha costado a la democracia el paternalismo y la tecnocracia del progresismo, su naturalizada vocación por representar en lugar de organizar y escuchar a las fuerzas sociales populares, por tratarlas como objetos antes que como sujetos del cambio social.

Sacar a nuestras sociedades del neoliberalismo para resolver nuestros dilemas en el ámbito de la comunidad y la democracia será sumamente complejo. Requerirá necesariamente de amplios entendimientos políticos. Para su éxito, las fuerzas democráticas debemos reconocer las condiciones que han permitido el ascenso de estas derechas y su potencial. Y emprender, sin consuelos ni evasiones, una autocrítica que nos permita evadir toda tentación de repetir recetas fracasadas. El desafío no aguanta atajos: neoliberalismo y democracia son propuestas excluyentes y es hora de jugársela por la segunda.

Valentina Saavedra
Francisco Figueroa

Dirección Ejecutiva
Izquierda Autónoma