Chile tiene una larga, fructífera y densa historia de ‘tradiciones educativas’. Desde los sectores más conservadores, hasta los grupos impugnadores; se han desarrollado escuelas, corrientes y miradas de la educación de gran profundidad. Lo que argumentaremos en esta columna es que no resulta casual que el proyecto “Aula segura” no haya tenido ninguna validación académica, científica o mediante evidencias, porque dicho proyecto no engancha con ninguna de estas tradiciones educacionales. Con ninguna. Esto redunda en un proyecto poco serio intelectualmente, ajeno a las prácticas y conceptos desarrollados en Chile y, por lo demás, solo vinculado a una especie de ‘populismo penal’ vertido sobre el sistema escolar como solución parche. Sin, por supuesto, menospreciar a los parches. En síntesis, lo que ha sucedido es que ante una compleja red de desafíos intelectuales y emotivos, pedagógicos y educativos, teóricos y prácticos para resolver las problemáticas de la violencia en el sistema escolar, compleja red  de desafíos conocida internacionalmente hasta por el más pésimo criminólogo de las tesis de tolerancia cero, el gobierno se Sebastián Piñera ha apostado por una respuesta del tipo ‘Bolsonaro’, lo que llamaremos el ‘aula Bolso-segura’.

La tradición conservadora en educación es sumamente sólida en Chile. Sus fundamentos intelectuales se encuentran en la robusta visión sobre la educación del francés Emile Durkheim, un conservador serio, republicano. Este señor fue la base de las teorías sobre la integración social y los mecanismos que podrían convertir sociedades complejas en grandes máquinas de procesar la anomia para evitar el disenso enfermizo, la desviación y las crisis delictivas. No por nada, su concepción educativa más profunda es sobre la educación moral. Si a esta perspectiva le sumamos el ‘organicismo’ inscrito en la visión conservadora chilena, tenemos el cóctel perfecto: una sociedad donde cada uno tiene una función, donde ciertos miembros serán el cerebro, otros las manos, otros los pies, y cada grupo será un órgano para construir una sociedad mejor. Estas visiones han sido esenciales para el apoyo a la tesis de educar a la ciudadanía en Chile, sin mucho espíritu crítico, pero ciertamente agregando valor.

La pregunta es de fondo: ¿tiene algo que ver “aula segura” con esta tradición?

Pues, nada. 

Más aún. Es justamente todo lo contrario. Es un nuevo factor de destrucción para el pacto central de la visión educativa conservadora, el pacto profesores-apoderados. Este pacto está basado en la concepción de los profesores como extensión del rol formador de los padres y a veces viceversa. El profesor avisa a los padres los errores y ellos extienden en forma familiar el castigo ya implementado de modo escolar. Para la visión conservadora organicista la norma de la casa y la de la escuela son consecutivas, complementarias cuando no idénticas. Sin embargo, casi sin darnos cuenta, la escuela neoliberal ha ido minando este pacto. El alumno conflictivo es caro y tiene además costos de imagen, por lo que se le sanciona y queda la opción de la expulsión cada vez más cerca según no haya un giro radical en la conducta. El padre, que sabe que la oferta de cupos ‘deseables’ en los colegios es muy escasa, lucha porque no lo expulsen. Y se convierte en abogado del estudiante. La escuela y la familia rompen normativamente y el pacto entre padres y profesores se anula. La escuela neoliberal contra la escuela conservadora. Y ahora –peor- a través del populismo penal aplicado a la educación, la expulsión se masificará y el desajuste entre los intereses de los colegios y los intereses de las familias se hará todavía más radical.

Si el neoliberalismo había inventado mecanismos para dar más y mejor salud a los más sanos y peor y menor salud a los más enfermos (sistema de salud actual), ahora llega el turno de entregar mejor educación y más a quienes se portan bien y entregar peor educación y menos a los que se portan mal, es el mejor invento de Piñera: el ‘aula Bolso-segura’.

La respuesta de “aula segura” a los problemas de la educación chilena es políticamente hábil y académicamente pobre. Pues mientras carece por completo de concepto alguno, llama a una necesidad de certeza en medio de un mundo que Bachelet y compañía dejaron en la incertidumbre. El gobierno se anota un punto político, mientras desvasta las posibilidades de mejorar la educación chilena realmente. “Aula segura” quizás llegue a tener popularidad, porque es una respuesta simple y tribal a un problema complejo y contemporáneo. Y eso gusta. He ahí Bolsonaro en nuestras aulas… lo demás es samba.

Alberto Mayol

Jaime Retamal

Académicos Universidad de Santiago