Durante un congreso de literatura griega di con un aforismo notable: según la poeta Aristodama, al corazón de un hombre se accede por el estómago, mientras que al de una mujer se accede por la vagina. En su sentido más superficial la respuesta tiene sentido. A simple vista, los hombres disfrutan más cuando se trata de comer.

Que el asado después de el partido, que la chorrillanas, que los completos… Eso viene de antes. Ya en la Odisea los guerreros literalmente son lo que comen: si comen pan, quiere decir que cultivan la tierra, por lo tanto son civilizados. Si comen cualquier otra cosa, quiere decir que son prácticamente salvajes (los pobres lotófagos, que vivían a pura flor de loto, no tenían memoria ni de cómo se llamaban).

Sí, al corazón de hombre se accede por el estómago, de eso no hay duda. Queda por elucidar si Safo tenía razón en la otra patita de su afirmación: si al corazón de una mujer se llega por la vagina. Eso de inmediato nos sitúa en la siguiente pregunta: quién disfruta más con el sexo.

Un mito helénico bosqueja una respuesta. Se cuenta que Zeus discutía con Hera sobre quién lo pasaba mejor en la cama. Zeus estaba convencidísimo: la mujer. Hera no tenía dudas: el hombre. En eso, según el mito, aparece Tiresias. El mismo Tiresias que pasó siete años convertido en mujer. El mismo Tiresias que recién recobraba su masculinidad. Un lío de insultos y blasfemias lo convirtieron en el primer transgénero. Se le hace la pregunta: que hable, que cuente la firme, quién goza más con el sexo.

Tiresias responde:

Si los placeres del amor equivalen a 10, solamente 1 pertenece al hombre, y todo el resto a la mujer.

No son palabras mías, son de Tiresias (recogidas en La biblioteca mitológica de Pseudo-Apolodoro). Una respuesta sensata, puesto que ellas son superiores a nosotros en tantísimos ámbitos; gracias a Tiresias se puede comenzar a entender el porqué.

Claro que si hemos de hilar fino, la palabra “amor”; significa dos cosas distintas para el hombre y para la mujer.

Esa acotación ya la hizo Fonseca: “para la mujer amor expresa renuncia, dádiva. El hombre a su vez quiere poseer a la mujer, tomarla, a fin de enriquecerse y reforzar su poder”. El mismo Fonseca culpa de su quiebre amoroso a las lecturas que su amada hiciera de Nietzsche. En la cama no se habla de filosofía, advierte él. Yo añadiría que sobre los arcanos de la cama tampoco es recomendable filosofar. Fundamentalmente por razones prácticas.

Una buena discusión postcoital sobre (digamos) Jacques Lacan, remece a cualquiera. La carne es triste de por sí, como decía Mallarmé. Tal vez un eunuco sea más afortunado, aunque de todas las aberraciones sexuales el celibato es la peor (es cosa de ver las noticias).

En el fondo, hablar sobre sexo –cosa que puede ser equiparable a filosofar sobre sexo– lleva al fracaso de eso que llamamos deseo, amor o placer. Y ese objeto de deseo, amor o placer siempre se escapa en el papel, tal como se le escapó la amada a Fonseca, tal como se le escapó el marido a Anne Carson, tal como se le escapó Nathalie a Enrique Lihn (una mujer que siempre amó y que estaba y no estaba, y a quien dedicó su poema “Nathalie a simple vista”), o como se le escapó esa mujer casada a Nicanor Parra, a quien evocó en “El hombre imaginario”.

Hasta la literatura tiene sus límites, querida Aristodama. Te repito, hay cosas que se nos escapan: encontrar el camino al corazón de alguien es más enrevesado que encontrar el hilo de Ariadna para escapar del Minotauro.

Luis Felipe Sauvalle es autor de la novela El atolladero y de la colección de
cuentos Lloren, troyanos.