El día lunes 19 de noviembre el entonces Intendente de La Araucanía, Luis Mayol, comenzaba su conferencia de prensa, la que había adornado con muchos funcionarios a sus espaldas, supuestamente respaldando; con una palabras extrañas: decía que el Servicio de Evaluación Ambiental le confirmaba la llegada de dos mil millones de dólares a la región y agregaba que sería bueno que el Presidente visitara la zona porque había muchas cosas que inaugurar. Perversamente, Luis Mayol no se refería en la conferencia a la muerte de Camilo Catrillanca, no lo nombró, solo destacaba sus logros económicos. Como si asistiéramos a un funeral y al dar la condolencia a la familia nos dijeran que felizmente ha sido una semana buena porque ofrecieron una excelente cifra por una propiedad y que sería un gran negocio. La historia no se quedó allí. Se rechazó un minuto de silencio en el partido de la Selección de Chile y se prohibió ingresar con banderas mapuches al estadio de Temuco. La Selección estaría en Temuco, la ocasión para un homenaje, un lamento, pero no. No cabía la pequeñez en la grandeza, esa es la ironía.

El desquiciado tono economicista en medio de la tragedia no acabó en Luis Mayol y se derramó en el Ministro Chadwick quien dijo “cómo no me va a enojar como ministro, que impulsamos tener las cámaras de vigilancia y que cada carabinero tuviera una en su casco para efectos de registrar su acciones, se haya mal utilizado y roto la tarjeta. Cómo no me va a doler, irritar, generar impotencia, si la compramos nosotros desde el Ministerio del Interior”. Nuevamente la misma locura, la misma enfermedad, la misma ausencia de misericordia, como el automovilista que atropella y lamenta el parachoque dañado. El valioso objeto, la tarjeta, más importante que Camilo Catrillanca.

Ubilla respaldando al Comando Jungla, los Carabineros deteniendo ilegalmente a un menor y golpeándolo, Hermes Soto diciendo que no había cámaras, La Segunda informando que las grabaciones se habían entregado; vaya conjunto de escenas, la perversión en todas sus formas. La perversión es la ausencia de represión, es el goce sin freno alguno, es permitir el paso del placer incluso en medio del sufrimiento, como Luis Mayol felicitándose por sus logros mientras un muerto clama por su dignidad. Y entre medio, las profesoras y sus autos robados, las imputaciones que tocan sutilmente a Catrillanca (falsas), pero que de alguna manera sostienen la tesis del merecimiento de su tragedia. Y coronando la escena, el Club de los Perversos haciendo lo que todo perverso hace: evitar el propio análisis, seguir gozando del placer de lo placentero sin observar sus culpas, sin abrirse a los dolores asociados, simplemente observando la majestad de su “evidente” grandeza. Y asume, el Perverso, que de esa evidencia nace la Ley, la impronta que todo lo llena de sentido, la necesidad absoluta de satisfacer al que tiene el poder de gozar y el carácter perentorio del sufrimiento de los que deben sufrir. El doliente y el gozador se tornan clases, categorías humanas. El sádico placer inunda la mirada de tantos: leo una carta en La Segunda del martes 20 y un señor llamado Ignacio Garay señala que ante el ‘caso Catrillanca’ se le vino a la memoria el dicho que señala “hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece”. Qué espantosa referencia, qué insólito gesto.

Han matado un joven por la espalda. Pero el gobierno lamenta una tarjeta borrada y la pérdida de un bien de consumo. Cuentan con dolor el dinero perdido (la tarjeta de video) y cuentan con placer el dinero por ganar (los dos mil millones de dólares). Como la contabilidad da números azules, festejan ante el atónito rostro del mundo.

Todo perverso intenta que el entorno valide su goce desquiciado. Y muchos lo logran. Quizás por eso nadie le pide, al gobierno, la valentía de haber ido al funeral, ni la decencia de pedir perdón por haber vinculado a Camilo en un delito que no cometió. No es raro que el perverso, de tanto gozar, consiga que el entorno le regale el derecho a ese goce sin control. Y no es raro que, en medio de su horroroso triunfo, cuente las ganancias de la miseria y omita la sangre derramada. Sí, es cierto que el gobierno no mató a Camilo Catrillanca, pero ante su muerte lo “llora” con la misma alma que el asesino.