Me motiva a escribir este artículo el hecho que medios de prensa han preguntado mi opinión y postura frente a estas propuestas para mejorar la educación en Chile. He leído esas entrevistas y he sentido que no expresaron fielmente mi pensamiento al respecto, que se quedaron destacando aspectos parciales, sin enfatizar el fondo, especialmente en los títulos con las que las publicaron.

Asumo ciertamente que la educación en Chile tiene muchos problemas de calidad, de segregación y discriminación, y está concebida como un objeto de mercado, donde el que tiene más dinero puede comprar una educación de “mayor calidad”. Esta calidad medida en términos cuantitativos por pruebas estandarizadas y rankings de competencia.

Pienso que ese no es el sentido profundo y verdadero de la educación, sobre todo en un país que aspira al desarrollo.

Respecto a la Ley Machuca, creo que es una iniciativa de buenas intenciones, pero no soluciona el fondo del problema. Lo que necesitamos no es poner a niños pobres en escuelas ricas. Ya no tiene sentido, porque seguirá existiendo quienes se opondrán, no lo aceptarán, y lo verán como una amenaza, como sucedió en la experiencia de integración mostrada en la película Machuca. Ese fue un momento único en la historia de Chile, protagonizado por personas generosas y altruistas, con una vocación de servicio inspirada por el evangelio. Esa fue una experiencia exitosa para algunos, pero dramática para otros, y con mucha resistencia de los opositores a la idea de mezclar peras con manzanas. Esa fue una experiencia que demostró que los pobres no son flojos, ni menos inteligentes que otros. Demostró que a los pobres les interesa estudiar. El asunto es tener la posibilidad y oportunidad. Demostró que los educadores más allá del dinero, se centren en las personas, no en su riqueza. Demostró que la educación y el desarrollo espiritual y cultural de las personas es cuestión de responsabilidad, es decir de derechos y deberes. Entonces Chile necesita una educación cuyo sentido sea el desarrollo personal y espiritual, donde se fortalezcan valores como la solidaridad, la tolerancia, la inclusión y el respeto a la diversidad. No solamente la competencia, el individualismo y la intolerancia, con colegios para ricos y con colegios para pobres. Necesitamos una educación integral, no clasista.

Es Servicio al país es deber del Estado y todos debemos colaborar en beneficio del bien común, del que todos somos partes y responsables, donde el fin sea el desarrollo humano, los valores y capacidades de los que nacen en nuestra tierra. Para eso la escuela debe cambiar su foco. El paradigma que guíe su accionar no debe ser la competencia, sino la colaboración. Aprender juntos, trabajar en equipo, compartir y respetar a cada uno en sus propias capacidades y necesidades. Hay que desarrollar no solo el cerebro, también el corazón y las emociones.
Sobre el Mérito

Todos tenemos mérito, es el mérito de ser persona; un atributo universal y que corresponde al ser humano sin distinción. Desde esa base se construye una sociedad justa. Desde el mérito de merecer ser tratados con dignidad. La educación es el servicio que debe tomar este mérito básico y desde ahí desarrollar las diversas capacidades según los talentos que cada uno tiene. ¿No es acaso meritorio reconocer a un alumno o alumna que, no teniendo una calificación máxima, tiene el talento y la capacidad de ser un líder creativo, un artista, o una persona altruista que está preocupada de los demás y no solo de sí mismo? ¿O solamente el mérito se le reconoce a los que tienen alta calificación en matemáticas o lenguaje? ¿Quién determina el concepto de mérito con el que vamos a clasificar a las personas?, ¿El mercado; el dinero? ¿La clase social, la raza, el apellido, el sexo? Un sistema que premia a los mejores por sus notas siempre va a excluir a otros que no obtienen los mayores puntajes, entonces van siendo clasificados como menos inteligentes, menos capaces, y menos dignos de apoyo e inclusión como parte de la diversidad. La “inclusión justa” cuando se trata de comprarla, y que dependa del dinero, es discriminatoria de los que no tienen los recursos económicos, y los que tienen sueldos mínimos son muchos en este país. Esa fórmula tiende a la competencia, el individualismo y la exclusión. La educación es un servicio y no un negocio.