Tengo problemas de domicilio. No tengo dónde estar. Intento, desesperadamente, una mudanza. No se trata del típico cambio de casa, aunque lo incluya. Es la necesidad de un hábitat otro, en un sentido fenomenológico, como de muda existencial. La ciudad en que vivo me parece inhóspita y detestable. Necesito, por otra parte, con urgencia poner mis plantas y árboles en un suelo de tierra, porque tener todo en maceteros tiene un límite. Además, el arte ya dejó de ser un lugar en donde se jugaban cuestiones simbólicas cruciales, transformándose en una zona de actividades especulativas, que privilegia más el espectáculo y una cierta edición y administración patrimonial que la producción de obras, lo que supone la desarticulación (y desaparición) de las mismas en el sistema blando de las industrias creativas y el populismo cultural. Comento esto porque me toca la desgracia de residir en una ciudad que especula con el arte y el patrimonio, lo que duplica su impresentabilidad.

Ahora, no seamos ingenuos, todo problema de habitabilidad urbana tiene que ver con domicilio político. Por eso decidí hacerme militante de un partido nuevo que surgió del abanico apastelado del Frente Amplio. Y adherí al Partido Comunes, que en los hechos es la combinación de dos movimientos, la Izquierda Autónoma y Poder Ciudadano.

Y, entonces, fui invitado, como muchos otros compañeros y compañeras, al evento de lanzamiento de la nueva organización. Esta se realizó en el teatro Azares en Vicuña Mackena, en Santiago, y contó con la activa participación de sus entusiastas jóvenes militantes que utilizaban una estética de barra brava controlada, con bombos y platillos, y cantitos de guerra.

Hubo una buena cantidad de invitados de otros partidos cercanos, y otros no tanto, fuera del FA. Vi al compañero Guillermo Teillier, al Juan Andrés Lagos y la Claudia Pascual, que me imagino representaban al Comité Central del histórico partido de Recabarren. También divisé a la Javiera Parada y otros RD. Estaban, además, la Bea Sánchez, el Jorge Arrate y la Diamela Eltit, flamante premio nacional de literatura, toda una matriarca de la institucionalidad feminista. Otro que estaba fue el Elizalde y el Vicente Mesina del movimiento No más AFP, etc. Y habían otras figuras más que no alcancé a registrar. Sólo faltaban las Calilas, la Mojojojo y el Care Puta, que le dicen, para una efectiva apoteosis de la diversidad.

Me encontré con varios conocidos de San Antonio, porque una de las diputadas que nos representan en el parlamento es de allá, la compañera Camila Rojas. Además, yo siento que esa es mi zona de origen, al menos mi origen cultural, y el partido tiene una fuerte apuesta territorial, por eso siento que el movimiento literario de provincia Pueblos Abandonados, del cual también soy miembro, tiene ahí un lugar posible de representación. Como que me vino el delirio asociativo.

Clave fue el testimonio que a dúo dieron las diputadas Camila Rojas y Claudia Mix, en relación a su experiencia parlamentaria, declarando la necesidad de desparlamentarizar la política, que ha sido uno de los grandes problemas de la izquierda y el llamado progresismo, que ha terminado siendo cooptado por las castas de poder y por el placer de pertenencia a las élites. Además, pelaron al parlamento por su ADN patriarcal y por sus protocolos machistas.

El partido es, no quiero decir feminista, sino un partido de mujeres, con ese espíritu, más allá, creo, del feminismo ideológico, sino activando una práctica política centrada en los potentes signos de la producción social y de la subjetividad, distintiva y diferencial, del cuerpo mujer. Al menos así lo veo yo. Contra el modelo de la Cathy Barriga, por dar un anti modelo, de Barbie sudaca (o de rucias de poto negro), que propone el paradigma popular de la derecha). La presidenta del partido es la compañera Javiera Toro, dicho sea de paso.   

La gran reivindicación de Comunes hoy, por otra parte, es la afirmación del acto de la militancia, más allá de las sofisticaciones discursivas, poniendo el acento en la calidad del trabajo político territorial que profundice responsablemente la democracia. Es fundamental diferenciarlo, éticamente, del activismo mercachiflero y corrupto de los operadores políticos que patentó la concertación. Ese parece ser el gran desafío de la izquierda, genuina, hoy.

Todo esto (me) acontece en momentos en que nuestra zurda identidad ha sido banalizada por la ofensiva mediática de la derecha, como resultado de la nueva estrategia ideológica del capitalismo de asumir conductas fascistas con sus fantasías de higiene social.

En lo personal este domicilio político me devuelve algo de voluntad de hueveo, que es muy parecido a las ganas de vivir. La política debiera ayudarme, junto con el yoga, a tener un actitud más afirmativa o positiva. Igual se echa de menos una mirada a la coyuntura global y el planteo de cuestiones estratégicas, en relación a la superación del capitalismo.

Ojalá (me) funcione este dispositivo terapéutico.