No es ruca; es ruco.

Así se ha denominado en el lenguaje de los profesionales y los voluntarios interiorizados del trabajo social a las precarias viviendas de los que no tienen nada y viven en situación de calle, que es la manifestación más cruda de la vulneración de derechos que significa la pobreza.

El término no está reconocido por la Real Academia de la Lengua, pero alude a las más precarias y muchas veces creativos remedos de viviendas en que se guarecen las personas en situación de calle, que van desde una cueva en la ladera de un cerro hasta una carreteada pero moderna carpa tipo iglú, modalidad que se ha vuelto común a la vera de las autopistas o en los parques de las grandes ciudades. Reportajes televisivos recientes han mostrado nuevas modalidades de habitar la ciudad, como el ingenio de quienes han montado sus moradas en techos de paraderos del Transantiago, buscando una cierta seguridad en altura, y las ya aludidas carpas unipersonales tipo iglú, que se ven a la sombra, en los Parques Bustamante, Balmaceda y de la Aviación.

A la asistente social Loreto Ramírez, jefa técnica nacional de Inclusión Integral de Personas en Situación de Calle del Hogar de Cristo, no le gusta para nada la expresión “ruco”, pero sabe que está posicionada en su área de trabajo.

Comenta: “Es un término acuñado desde lo técnico popular, pero que las propias personas en calle no usan. Al menos yo nunca lo he escuchado en boca de nadie que viva en situación de calle. La relación de ellos con los espacios donde habitan o se instalan es muy personal y dispar. Algunos dicen ‘esta es mi casa’ y te invitan a pasar; y a otros les da vergüenza mostrar dónde y cómo viven. Es muy duro cuando funcionarios municipales llegan y les desmantelan sus ‘casas’, porque si bien es razonable que los saquen de lugares no autorizados, muchas veces peligrosos, es muy duro y violento que les quiten y se lleven sus escasas pertenencias”.

Y hace notar que en países como México, la expresión “ruco” dice relación con las personas ancianas. “Así les llaman a los adultos mayores, a los viejos”. En Chile, la forma se empezó a usar en 1960, a propósito de los refugios temporales y viviendas de emergencia que instaló el gobierno en Valdivia tras el histórico terremoto 9.5 grados Richter y posterior maremoto que modificó el paisaje y la topografía de la zona. “Ruqueños” se les empezó a llamar a sus habitantes, quienes se transformaron en el Comité de Pobladores Ruqueños. Y, de acuerdo a un texto especializado, en 2010 “conformaban las respectivas unidades vecinales que representan a los habitantes de esos barrios derivados de esos campamentos de damnificados de los años 60”.

Algunos especulan que es una deformación de ruca, que es la vivienda mapuche en Chile y Argentina. Y en otros trabajos académicos de arquitectura o diseño se asocian a viviendas de alta precariedad, como los ranchos que levantaban los algueros de manera temporal a la orilla del mar en la costa de Bucalemu, por ejemplo.

FLOTADOR POR CHIMENEA

En las Rutas de Calle que organiza el Hogar de Cristo, “los rucos” tienen tanta diversidad como quienes los habitan. Yvone Mary Pinto ha plantado sus banderas de soberanía a la orilla del canalizado Zanjón de la Aguada, aunque se las disputan, eso sí, los guarenes. Camilo, Ramón y Leo abren la puerta de su casa en la comuna de San Joaquín. La casa es un remedo de casa. Tiene puerta, pero al abrirla la luz de la luna llena invade el interior, porque del techo no queda ni el recuerdo. Es casi lo mismo que estar afuera. Adentro, no hay muebles, tabiques, piso, nada. Una mano amistosa y una voz masculina se asoman para saludar desde una especie de huevo gigante, montado sobre una carreta estacionada en la calle Cuevas, bien al sur. Algunos llaman a esta precaria habitación “el iglú de Luis”, aunque también parece la caparazón de una tortuga gigante hecha de polietileno, varada incomprensiblemente en un barrio de casas de fachada continua.

A la entrada del estacionamiento de las Parrilladas Argentinas, en un rincón, hay una ruma de bolsas, cartones, plásticos. Debajo de todo, tienen su casa Ivonne y Guillermo, pareja en calle desde hace 5 años. Corona el conjunto, a modo de chimenea, un flotador rosado con forma del flamenco, que es el orgullo de Ivonne.

Loreto Ramírez, por su parte, hace notar la variedad de engendros constructivos que surgen frente a la Posta Central, lugar donde hacen nata las personas en situación de calle en invierno y verano. “Han ido mejorando, innovando mucho. No tengo certeza de lo que digo, pero creo que algunas personas en situación de calle pueden estar siendo ayudadas por los alumnos de la Escuela de Arquitectura de la Chile para mejorar sus construcciones”.

Como sea que sea, hoy “los rucos”, en términos de política pública, podrían estar en vías de desaparecer a partir de iniciativas internacionales que han demostrado ser exitosas y que se basan en que una restitución de derechos básica para quienes viven en situación de calle es el derecho a la vivienda. Contar con una casa es el primer paso para abandonar la precariedad de la calle, que en Chile y en promedio se prolonga por 5.8 años.

De acuerdo al II Catastro de Personas en Situación de Calle, hecho en 2011, habría más de 12 mil personas en esta situación, cifra ciertamente desactualizada, pero que en términos de porcentajes no deberían haber cambiado de manera significativa. De ellas, el 84% son hombres y 750 niños, niñas y adolescentes. Las mujeres y las niñas son, por lejos, las que conocen la cara más dura y vulnerable de vivir en la calle. Llegan en la mayoría de los casos escapando de la violencia intrafamilar y quedan a merced de la selva de cemento y sus depredadores.

Hogar de Cristo en 2018, atendió a 15 mil personas que viven en la calle, dando cuenta de una cifra más real del Chile presente.

El programa Housing First (Casa Primero), nacido en Estados Unidos e implementando con éxito en España, es una idea varias veces citada por el ministro de Desarrollo Social, Alfredo Moreno, quien está resuelto a lanzar una experiencia similar en Chile, con la participación técnica del Hogar de Cristo en Santiago y de otras organizaciones dedicadas al tema en regiones.

Loreto Ramírez también esta convencida de que “el derecho a la vivienda es algo que las personas en situación de calle requieren. Todos necesitamos de un espacio propio, protegido, seguro, el que ir mejorando, arreglando, tal como sucede incluso con los precarios alojamientos de estas personas. A mí el proyecto Housing Fist me tiene muy entusiasmada y esperanzada”.