Mi contador me llevó a Las Cruces a mirar una casa que quería mostrarme, con la posibilidad de ser habitada por mí, pero sobre todo por su jardín que tenía unas variedades de trepadoras muy hermosas, además de una variedad potente de árboles frutales y ornamentales. La casa quedaba en la misma calle en que vivía Nicanor, la calle Lincoln, y la espectacularidad del jardín no se notaba por una pandereta alta que la aislaba. No era como las típicas casas que se imaginan los santiaguinos, muy visible y con grandes ventanales, con vista al mar, y otros clichés decorativos análogos. Cuando uno siempre ha vivido, sin querer, en lugares que el cerderío capitalino elige para veranear o vacacionar. Toda la vida me ha tocado vivir  cerca del mar, soy chileno y eso no es tan improbable, y no necesito tenerlo a la vista. Simplemente voy a la playa cuando quiero o cuando puedo.

Juro a los oyentes (o lectores) que no nos habíamos preocupado de la picantería veraniega, que era bastante obvia, sin pensarlo nos movimos de un lado a otro del litoral, que naturalmente habitamos, y febrero se nos fue imponiendo con toda su impronta vehicular. Nosotros como habitantes de la provincia no veraneamos, eso es de santiaguino, me recordó mi contador, mientras soportábamos un taco en San Sebastián. Y llegamos a la conclusión que la gente decente viaja y que eso puede ser considerado vacacional o no. Pero ese espectáculo de instalarse histéricamente feliz con short y jahuallanas, en un balneario fritangoso, moviéndose soberbiamente en una costanera atestada, es de una ordinariez que debiera estar mejor reglamentada. Nos evitaríamos escenas como la de Pérez Cruz, por ejemplo.

El efecto Pérez Cruz era inevitable que surgiera en la conversación con mi contador. Él, un irónico vocacional, me dijo a propósito del gerente de Gasco: “muy buen vino”. En alguna oportunidad consumimos el vino que lleva ese nombre, cuestión que nunca más haremos, por cierto, incluimos en esa autoprohibición de consumo los balones de gas de la empresa que dirige, puro perrito de Lipigas, ahora.

Mientras dábamos con la casa que mi contador me estaba recomendando, hicimos un aro para comer algo, era la hora de almuerzo, y nos compramos unas empanadas que nos servimos frente a la playa, con sendas cervezas, por cierto, y continuamos platicando, más que del efecto, del acontecimiento Pérez Cruz, omitiendo lo más que se podía el playerismo circundante.

Concordamos en que Pérez Cruz, el acontecimiento, nos salvó el verano, no sólo por lo divertido del gag, sino porque hizo reaccionar al país de los otros, al país de los resentidos, al control social. El verano abrió un área impresionante de representación oligoflayte (noción triple que combinaría oligarquía y flayterío, y algo de oligofrenia lúdica) del ocio.

Esta escena fue flanqueada por otras dos, en donde hubo otro abogado involucrado, con amenazas pueriles y gorilonas, y la de un borracho facho, prepotente y descompensado en Vitacura.

Y las redes reaccionaron contra la barbarie implicada en demostraciones de poder, determinadas por el desplazamiento del mundo del “trabajo” al ocio veraniego.

Mi contador cree que tan mal no estamos, que la democracia funciona algo, aunque sea por la redes sociales, porque por el lado del parlamento deja bastante que desear. El problema es que su funcionalidad es reactiva, sólo para enfrentar estas pequeñas catástrofes que provocan las injusticias estructurales de un país. Mi sensación es que, por ahora, el facismo bolsonarista, que se abre paso en América Latina, no tiene mucho suelo donde crecer en este país, porque el machismo chimpancé o los cara de hombre están en una crisis descomposicional, no sólo por las descompensaciones estivales o por cambio de hábitos estacionales, sino por un tema antropológico cultural, así de grande la huevá. Y concordamos que estas puestas en escena de verano son un muy buen ejemplo.

Y no pude dejar de relacionar, cuando veníamos de vuelta, a estos cara de hombres, con otro modelo fallido de sujeto, me refiero a Palma Salamanca, que fue entrevistado en este pasquín, y que, entre otras cosas, dijo algo que a mí me complicó la existencia, que sólo el arte es capaz de cambiar el mundo. Y llegamos a un área que mi contador me tiene controlada, la de la relación entre estética y política. Sentí que la ingenuidad del negro Palma era fascinante, porque el arte es un territorio de salvación para él, pero, por otro lado, el campo del arte es tan ordinario, como el de la política, en donde las luchas de poder son brutalmente criminales y con el mismo nivel de odio, de desprecio y la misma voluntad de abuso. Y, para rematar, que la escena artística está plagada de momentos como el que protagonizó “el monstruo del lago Ranco”, basta avizorar como se movía el cineasta Nicolás López, otro cara de hombre vencido o en crisis terminal.

Mi contador, por su parte, me recordó que la llamada izquierda está plagada de actitudes prepotentes, muy parecidas a las del mentado Pérez Cruz. El PC, el PS y todos los otros, Frente Amplio incluido, tienen en sus filas esa militancia ordaca y gorilona, porque más que un componente de clase, es una configuración de género, sentenció. Incluso el mismo Lagos tiene algo de Pérez Cruz, aunque mejor diseñado.

Me encantaría compartir un taller de narrativa con Palma Salamanca, le dije a mi contador, porque sin duda es un personaje cuya experiencia vital y su carga aventurera, lo convierten en un texto en sí mismo, además, muchos hubiéramos querido en algún momento haber tenido su arrojo y su valentía.

Mi contador no estuvo muy de acuerdo conmigo, pero sí validó lo del taller literario como solución terapéutica, y a los otros sujetos (los guatacas tributarios del sentido común de derecha), les recomendó el yoga o la meditación. Yo, por mi parte, sólo intento solucionar mi problema doméstico de habitabilidad, como un modo de sobrevivirle al fracaso de género. Mi contador la caga.