Llega marzo, vuelven los estudiantes a clases y junto a ello se reactivan también los temas contingentes que quedaron abiertos antes de salir de vacaciones. Recordemos todo el debate que ha surgido a propósito de la propuesta “Admisión Justa”, donde se volvió a activar una discusión realizada solo hace algunos años en el marco de la “Ley de Inclusión”. Debate que surge del hecho de encontrarnos frente a “pocos cupos” de una “supuesta” oferta educativa de calidad y el dilema de cómo repartir dichos cupos. Es decir, la existencia de establecimientos educativos con mayor demanda que oferta de vacantes. Una controversia que tiene su génesis en la desigualdad social y en la segmentación de la calidad educativa presente en nuestro país.

La ley de inclusión promulgada en el gobierno anterior propuso un sistema donde los establecimientos educativos deben aceptar a todos los postulantes siempre que dispongan de vacantes. Solo de no haber cupos suficientes, se debe usar un sistema aleatorio que asegure que no habrá selección arbitraria (socioeconómica ni de otra índole). Por su parte, el actual gobierno, bajo el rótulo de “premiar el mérito”, propone que más que la aleatoriedad, se privilegie el esfuerzo medido en notas para la selección de alumnos cuando la demanda sea mayor a la oferta.

Como se puede ver, en ambos casos las personas deben “competir” por acceder a esos cupos entendidos como escasos.

En una sociedad como la chilena, no es raro que la competencia rija la posibilidad de acceder a ciertos servicios o bienes. Estamos insertos en un sistema neoliberal, con un alto grado de individualismo, en donde el mercado es el principal agente que regula la vida social. Situación que se puede resumir en la consagrada frase: “Para surgir hay que rascarse con las propias uñas”.

No cabe duda que pensar en un sistema justo en la distribución de estos escasos cupos es un tema complejo y altamente controversial. Pone en juego y evidencia los aspectos más basales de nuestras concepciones de mundo, de nuestro prisma para mirar la vida social.

Entre la selección por mérito o un sistema aleatorio, podemos decir que el primero es un mecanismo más injusto, ya que vuelve a establecer una distinción de clase o capital cultural. Pero, reducir la discusión solo al mejor sistema para distribuir esos cupos limitados, no nos deja mirar otros aspectos del fenómeno, como, por ejemplo: ¿por qué pensar que estos cupos son limitados? O ¿es posible pensar en otro tipo de mecanismo para distribuir estos escasos cupos donde la competencia no sea el criterio predominante? Sobre este último punto quisiera referirme.

En las redes sociales se ha hecho conocido un relato que dice que un antropólogo en una tribu africana propuso un juego a los niños. Puso una canasta llena de frutas cerca de un árbol y les dijo que el que llegara primero ganaría todas las frutas. Cuando dio la señal para que los niños corrieran, estos se tomaron de las manos y corrieron juntos. Después se sentaron todos a disfrutar del premio. Cuando él les preguntó por qué habían corrido así, estos le respondieron: UBUNTU, ¿cómo uno de nosotros podría estar feliz si todos los demás están tristes? Esta noción ha sido trabajada por algunos investigadores y por el propio Nelson Mandela, estableciendo elementos para una filosofía de vida que promueva la empatía y la colaboración social entre los miembros de una comunidad. De esta forma, se entiende Ubuntu como “Yo soy porque nosotros somos” (“Yo soy lo que soy en función de lo que todas las personas somos”).

Bajo esta concepción, la forma de distribuir bienes escasos (en este caso “frutas”) implica una decisión realizada entre todos, donde el reconocimiento del “otro” es clave, con lo cual se abre la posibilidad de que emerjan otros criterios consensuados para priorizar y decidir cómo distribuir estos bienes (por ejemplo, la invalidez o el grado de necesidad de alguno de sus miembros).

¿Es posible pensar en una cultura de la colaboración en Chile? Al parecer no. El neoliberalismo y el individualismo que trae consigo han calado hondo en nuestro ADN. La competencia por cupos escasos tiene una presencia tal en nuestro cotidiano que incluso en el lenguaje común (ahora reconocido en el Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias de la Lengua Española) tenemos la palabra “ganarse”, que señala la idea de posicionarse en un determinado lugar, de “situarse, encontrarse en un lugar”. En el cotidiano (en la micro, el metro o en un evento público, por ejemplo), el uso del “gánate acá” da cuenta justamente de lograr un cupo de un bien escaso en un entorno donde se compite por él. Lo que implícitamente promueve el “ser pillo” para “asegurarse” una plaza cuando estas escasean, independiente de quien la necesite más o de cualquier otro criterio de distribución.

Así mismo, nuestro imaginario nos ha llevado a pensar que, para distribuir bienes escasos, lo más justo es que se compita por ellos, y que aquel más destacado en esa competencia por su destreza u otro criterio que definamos se quede con el preciado escaño. Esto no es del todo justo si concebimos que la justicia no estaría del todo asegurada cuando en esa competencia hay algunos que cuentan con mejores “condiciones sociales o económicas” (no necesariamente “capacidades”) para competir y que, en base a esa diferencia a su favor, son capaces de obtener el premio. Esa es la racionalidad de la ley de inclusión promulgada en el gobierno de Bachelet, que intentó superar estas desigualdades injustas que regían en el sistema escolar.

Pero me parece que lo interesante es lograr trascender esa dicotomía, y preguntarse por qué el mecanismo principal de distribución debe residir en la competencia. El ejemplo de la tribu africana da cuenta que no es necesariamente natural pensar que esta es la única forma justa de distribuir bienes escasos.  

Frente a este dilema han emergido una serie de propuestas que intentan “humanizar” los efectos de la competencia por cupos escasos en educación. Por ejemplo, François Dubet y Marie Duru Bellat plantean que la selección meritocrática debiese postergarse lo más posible, hasta los últimos tramos del sistema educativo, y centrarse más en principios vocacionales que en la sola medición de conocimientos o competencias. Así mismo, mencionan que es necesario hacerse cargo de los postergados del sistema, de los que efectivamente pierden en este tipo de competencia.

La experiencia internacional y los análisis que se han realizado dan cuenta que el azar o el mérito no son los únicos mecanismos para distribuir cupos anhelados por las personas. Dispositivos más complejos han sido esbozados en trabajos recientes. Por ejemplo, Lani Guiner propone algunas opciones para enfrentar los riesgos de la selección puramente meritocrática en el sistema universitario: valorar el potencial de servicio público y de compromiso social de los candidatos a ingresar a esas instituciones, que al fin y al cabo tendrán que asumir responsabilidades sociales en el ejercicio de las profesiones.

No cabe duda que para la realidad chilena (fuertemente desigual, segmentada y reproductora de dichas diferencias) es un avance contar con un sistema que no favorezca a los que tienen mejores condiciones para acceder a los escasos cupos de educación de calidad, como lo promulgado en la ley de inclusión ya mencionada. Pero el horizonte por ningún motivo debe ser ese. Debe partir por la generación de un sistema educativo de calidad para todos, donde el eje esté puesto en el fortalecimiento real de la educación pública, y no en la escasez de calidad y sus mecanismos de distribución. Pero este horizonte, en el fondo, debe contener otro propósito último: la generación de una educación que promueva la colaboración y empatía entre los niños y jóvenes, donde se comiencen a sentar las bases de una nueva forma de convivir y de resolver estas disyuntivas. Este tipo de dilemas estarán cada vez más presentes en nuestra vida social, y todo parece indicar que se requiere otra manera de abordarlos, impulsando con ello un futuro más armónico como sociedad. El llamado es a promover una educación para el desarrollo humano, resituando el carácter formativo de ésta y no sólo priorizando su función distributiva de credenciales.

Escrita por: Jorge Castillo Peña – Académico investigador

Centro de estudios en Educación y Aprendizaje Basado en la Comunidad- Universidad Católica Silva Henríquez