La puta, así me decían en mi antiguo barrio. Mentira. En realidad me decían: “La bencinera”. Ese era un término creado en los 80 / 90 para identificar a las lolas a las que les gustaran los jóvenes con auto y lucirse con ellos, sacándoles pica a las que andaban a pata.

Después me decían: “La agrandá”, “La ropa prestá”. Y eso sí era verdad. Me encantaba pedir ropa a mis amigas para verme bien bonita y ojalá jaibona ¿No sabes lo que significa? Así se le decía en el año cero a los pitucos ¿Tampoco te suena el término? ¡A los cuicos, pues oye! A los que tienen el potito parado, son blanquitos y casi siempre tienen ojitos claros. Obviamente, son flacos. No sé si será así en todo el world… (Sorry, es que ahora también hablo en inglés).

En mi inmediata realidad, ya no pido ropa prestada, ni soy agrandada, porque la verdad de tanto querer pertenecer al ansiado mundo cuico, lo logré. Me casé con un magnate y después de recorrer el mundo, regresé a mi natal Antofagasta. Y cuando volví, pensé que había llegado a Colombia. Y no exagero ¡A Dios gracias!, en todo caso. Me parece que nos hemos ido mezclando, sin darnos cuenta de quién es quién. Ahora los potitos parados abundan acá.

En fin, ¿por qué titulé mi columna La puta? Por algo que viví en mi propia history: recién llegada a la capital minera, conocí a la colombiana Lidia María Miller (así la apodé). Ella trabajaba de sirvienta en la casa de una amiga ¡Qué mujer más bella! Larga e indomable cabellera negra azabache, tez morena, labios carnosos, pechos generosos, piernas largas y gruesas, y la voz más felina que haya escuchado jamás.

Mi amiga, su patrona, nació en cuna de oro y también es bella, hay que reconocerlo, pero en cuanto conocí a Lidia María Miller, le dije:

-¿Te volviste loca? ¿Cómo puedes tener de nana a esa mujer?

– ¿Y por qué no?

-¡Porque es reeegia! ¿No te da miedo que tu marido la mire?

Mi amiga se rió de buena gana, pero yo pienso que favor que le hubiese hecho, porque ella no estaba ni ahí con su marido. Ya, pero para hacerla corta: Me hice amiga de la Lidia María. Porque para eso sí que soy buena. Mi marido, un apellido importante en esta zona, se enoja. Me dice que no me puedo mezclar con la servidumbre. Pero eso es imposible para mí. Tuve una prima que trabajó de nana cuando yo era chica y cuando llegaba a la casa me contaba sus muchas penurias. Y yo adoraba a esa prima.

Así que na’ poh. Me hice compinche de la nana de mi amiga. Ella era súper chistosa. Le daba por enseñarme a bailar bachata, cuando yo entraba a la cocina. Me decía ante mis infructuosos intentos: “Señora, usted parece juguera moviendo así sus caderas. Tiene que hacerlo así” y empezaba a menearse con una gracia, que definitivamente no tenemos los que no nacimos por esas tierras.

Me encariñé con Lidia María Miller. Y de verdad, me saco el sombrero y me pongo de pie para aplaudirla, porque cuando terminaba de trabajar en la casa de mi amiga, se iba a hacer las manos a domicilio y cuidaba a una abuelita, que tenía demencia senil y que de repente le daba unas cachetadas a la pobre. Yo comencé a regalarle ropa, porque mi clóset ahora siempre figura lleno. Ella me hablaba muchísimo de su hija, que por entonces tenía siete años y se había quedado en su país.

Y después empezamos a salir juntas. Mi amiga, la bonita rica y poderosa, pensó que me había chalado. “¡Cómo puedes salir a rumbear con la nana!”, me reprochaba. Y a mí me importaba un pucho lo que dijera mi clasista amiga.
A veces Lidia María Miller me hacía regalos: “Señora, ojalá no se ofenda. Le traje esta faja”. Ellas son buenazas para usarlas y engañan a los hombres con su cintura diminuta. Después, llegas a la home y te aparece la guata cual globo inflado.

Lidia María Miller tenía mil pretendientes. Y como era menor que yo, me pedía consejos. Yo trataba de orientarla para que no la engatusaran. A veces me decía: “¿Qué me pongo mami?” o “¿Qué pido en el restaurante para no pasar vergüenza?” “Risotto”, le respondía yo. “Porque es rico y te vas a la segura”.

Ella empezó a surgir económicamente. Y cada pretendiente que tenía, ponía el mundo a sus pies. Ni tonta ni perezosa, se dejaba querer. Me decía: “¡Son tan generosos los hombres chilenos! Todos me ayudan”. Uno le pagaba un departamento, otro le regalaba un perfume, medio rasca para mis gustos hoy refinados, pero igual. Yo me reía con las aventuras de mi amiga colombiana, que, por cierto, empezó a ser más cercana a mí que su patrona, mi verdadera supuesta amiga.

Un día, pintándome las uñas (a mí no me cobraba, aun cuando yo tuviera para pagarle el triple de lo que cobraba), me dijo:

-Mami, ¿por qué no deja a su magnate? Usted pasa sola acá en su castillo. Tanto viaje que él tiene que hacer ese hombre.

-Nooo, niña por Dios. Él es el padre de mis hijos. Además, yo soy católica apostólica y romana. Me casé para toda la vida.

Una día, me mostró una foto y nuestra amistad se acabó. Era su última conquista, un magnate mega ricachón, conocido de mi marido. Abrí los ojos de este porte y le dije:

-¡Este hombre es casado!, tiene chorrocientos hijos.

-Sí sé mami, pero él me ayuda mucho. Nos juntamos los jueves en el Hotel Terrado. Duermo con él y le hago mucho cariño. Me da tanta pena, porque su señora lo trata con desprecio. No le dice “Papi, usted está bien rico”, como yo. No le manda fotos candentes. Ustedes las chilenas tratan mal a sus hombres. A veces, no se quieren tomar su leche. Yo me la tengo que tomar no más, mami. Y aunque su sabor sea malo, debo tragármela ¿Ve que la leche de los hombres mayores es bien amarga? Y es más amarilla y espesa. A veces, me da asco.

Y ahí entendí que las ayudas que recibía mi amiga tenían otro nombre.

Tuve miedo de que se comiera a mi hombre y me alejé. Ahora, que ya han pasado sus años, pienso: “¿Dónde andarás, Lidia María Miller, moviendo tus caderas, dejando corazones rotos por doquier? Ojalá nunca te comas a mi magnate ricachón, ¿ves que fuimos tan amigas? O mejor, comételo enterito y tómate su leche si me haces el favor, y ya que nos quisimos de corazón, ¡Cóbrale bien caro!”