Fue un viaje eterno desde Santiago a Temuco, luego de Temuco a Cochamó, donde nos vimos obligados a parar porque rompí el embrague de la Chevrolet Luv que manejaba. Tuve que encargar el repuesto a Puerto Montt, buscar mecánico, lo que implicó dos días de retraso. Desde allí viajamos cuatro horas por la ruta V-69, bajo una tormenta. Al fondo se mecían con fuerza mañíos, lumas, tepuales y también el mar. Además de Roma y Flora, mis dos hijas y Beny, mi compañera, nos acompañaba el poeta Cristian Foerster Montecino.

En Hornopirén, específicamente en Chaqueihua, una localidad situada a pocos minutos de la plaza de armas, nos esperaba José Codjambassis, pescador aficionado y dueño -junto a Catalina Saavedra, su mujer- de las cabañas Bosque Patagónico, donde nos hospedamos. Nos recibieron con truchas al horno de leña, pescadas en el río Negro, a pasos del predio. No había cómo no estar entusiasmados. Pero en la pesca escasean las cartas seguras, el control sobre las cosas, como en la vida misma. Recorrimos varias mañanas y tardes el río sin lograr siquiera una picada. El último día que lo intentamos nuestro anfitrión sufrió un traspié. Rompió su caña al tironear para salir de una roca a la que quedó enganchado. Nos retiramos.  

Esa misma noche José decidió que fuéramos al fiordo Quintupeu, donde además de buena pesca aseguraba que los nazis habían fondeado una fragata, asunto que acabo de comprobar en internet. Se trata del “Dresden” crucero ligero de la Kaiserliche Marine, que fondeo en allí 1914 –la tripulación sobrevivió con la caza, pesca y agua pura del lugar–. Me acosté alucinado, costó dormir. Nos levantamos de madrugada, subimos a un camión tres cuartos, con un bote inflado y el motor con petróleo en el pick-up. Hicimos una hora de camino de tierra, tomando café de termo y fumando, hasta un embarcadero que está en la ruta que va hacia el Parque Nacional Hornopirén.

Un día glorioso de verano. Con viento a favor nos internamos mar adentro. Veinte minutos después encontramos el lugar y viramos a babor. José nos instó a trabajar: había que ir mirando hacia abajo, la profundidad del agua variaba mucho en el fiordo Quintupeu y corríamos el riesgo de que el motor se dañara al alcanzar el fondo, o lo que es peor, alguna piedra.

Navegamos hacia dentro y bajamos en un lugar cómodo donde podíamos comer algo y volver a intentar. Cristian sacó un pejerrey enorme, lo que reanimó al grupo. Sin embargo, no pescamos nada más. Tuve una picada intensa a unos treinta metros, pero la trucha me cortó el nylon. Miré hacia los lados, solo ahí me di cuenta que José no estaba. Al rato apareció diciendo que nos hacía señas y gritaba hace rato. Encontró un lugar mejor. Lo seguimos por una huella, atravesamos un brazo de río muy torrentoso, con el equipo en las manos y el agua hasta arriba de las rodillas.

Al instalarme a pescar, lo primero que observé fue un salmón que sacaba parte del cuerpo y su aleta por sobre el agua. Nunca había sentido miedo al ver un pez. Me armé de valor y tiré mi señuelo donde vi. Me lo cogió, sentí un tirón muy fuerte, solté el freno del carrete para que no me cortara la línea, aunque demasiado tarde: otra cuchara española más al fondo de un río. Abrí mi caja de pesca, instalé otra cuchara y proseguí. Me alejé de donde estaba y descubrí un farellón donde podía hacer rebotar el señuelo para que luego cayera al río, recoger rápidamente y no correr el riesgo de perder más fierros.

Lo hice una y otra vez, sin parar. Tal vez intentaba cansar al río o algo así, en ese trance uno ya no entiende mucho lo que se está haciendo, hasta que un golpe de realidad te hace volver. Eso anda buscando uno, ese golpe de realidad se llama picada, picada limpia, una trucha que te pide fuerza de brazo, inteligencia, frialdad. Fue breve. En unos tres minutos la traje hasta la orilla. Cristian saltó un tronco que complicaba la faena, levantó el hilo y lanzó el pescado a tierra. No era una trucha, era un salmón del Atlántico o Salar, de dos kilos.

Celebramos con un trago de whisky. Le pegué un chiflido a José, le mostré mi pieza y me miró con cierto desdén. Los santiaguinos llevaban la delantera, pero no duró mucho, en media hora nuestro anfitrión agarró vuelo y sacó cuatro truchas arcoíris, todas superaban los dos kilos. Ya era suficiente. La sensación de la tarea bien hecha nos colmaba. Yo me iba a poner a tomar y fumar cigarros para celebrar, pero José dijo que se hacía tarde. Rápidamente nos subimos al bote.

El retorno, un horror. Mucho viento en contra, el fiordo estaba picadísimo, las olas subían y subían, el bote saltaba. Nos preocupamos cuando el oleaje llegó al punto que José, en ciertos momentos, tenía que parar el motor: no quedaba otra que recibir el golpe de agua sobre nosotros para no correr el riesgo de volcarnos. De hecho, nos sacamos las botas de agua por si había que nadar. Imaginé a mi compañera dejando constancia en Carabineros por presunta desgracia, a los tres haciendo fuego entre la vegetación resistiendo como esos alemanes a principios del Siglo XX. En otro estado de trance llegamos a la caleta, con los brazos acalambrados de tanto afirmarnos. No dijimos nada, simplemente subimos al bote y el motor al pick-up y partimos. Sobre el camión cansancio, frío, hambre. Pero también la satisfacción de haber pescado y sobrevivido. Estaba oscuro cuando regresamos, las luces del Kia iluminaron la casa y salieron a recibirnos. ¿Cómo les fue? -preguntó Catalina. José respondió con otra pregunta: ¿Tenís espacio en el frízer?