Por Marcelo Mellado

Soy el único habitante de un condominio de casas abandonadas que me rodea y que unos maestros intentan arreglar hace meses, exceptuando la que yo arriendo, por cierto. Incluso me hice amigo del maestro jefe que me ayuda a cuidar mis plantitas, las pocas que me quedan, y rescatarlas de la contaminación que produce la faena.

Mi arrendadora no me ha pedido la casa, todavía, porque de algún modo le sirvo como cuidador del condominio. Mi soledad y abandono son ideales, porque además de arrendatario hago de nochero, cualquier otra dueña de casa de verdad le hubiera puesto problemas porque es un drama colgar la ropa recién lavada en un ambiente lleno de polvo y soportar la circulación permanente de operarios, y movimientos de materiales y de tierra. Por eso debo desmugrar la ropa, con un poco de cloro y otros ingredientes blanqueadores, como lo hacía mi madre, porque, además, debo evitar algo que ella combatía con todas sus fuerzas, la humedad, es decir, que nuestro vestuario, sábanas incluidas, fueran deterioradas por tres procesos que lo amenazaban radicalmente, el apercancado, el azumagado y el percudido. Conceptos doméstico operacionales que aluden a deterioro de las telas cuando los hongos que produce la humedad afectan su color y textura.  

He optado por colaborar con mi arrendadora, la que en muchas ocasiones me pide  que le abra la puerta a ciertos maestros especialistas que vienen a hacer una instalación sanitaria, por ejemplo, y yo cumplo con su proyecto de refacción inmobiliaria, incluso le regalo mascarillas para el polvo a los maestros, ya que tenía una caja guardada que compré en la época en que hubo muchas manifestaciones en Valpo, lo que me producía una alergia atroz por las lacrimógenas usadas en las mismas, por lo que debía estar preparado. Creo que queda poco para que se terminen los arreglos de las casas vecinas, luego le tocará a la que habito, momento en que deberé irme de acá.

Estoy, por lo tanto, buscando casa, la idea es cambiarme de territorio, no soporto la ciudad, ojalá pueda volver al campo. Necesito espacio para mis plantitas, sobre todo mis árboles frutales que ya no resisten estar en maceteros y siendo trasladados constantemente, dado los trabajos de construcción. Y como un modo de aplacar el ruido ambiental que me enloquece, suelo escuchar unos programas radiales que mezclan música y noticias. Y no puedo evitar que me asalte la cosa tributaria, las pensiones y el control de identidad a los pendejos. Mientras paralelamente suena un taladro o un serrucho eléctrico.

En medio de todo esto recibo el llamado de un amigo que es el que suele pautearme para enfrentar la vida real y el que me informa de cómo son las cosas de verdad (una especie de pauteador oficial), quien me saca un poco del formato de mis desdichas, pero también me vuelve al horroroso Valpo. Y por su relato me topo con la histeria por la caída del T2, proyecto de expansión portuaria, la movilización de los camioneros por este clima adverso a la inversión que afecta sus intereses y el niño alcalde, por otro lado, victimizado por las culpas que lo acechan.

Mi amigo, en el fondo me trata de seducir con la política, cosa que a mí me carga, pero igual me sirve como insumo de mis historietas bufas. Nos conocimos en el Pacto Urbano La Matriz, trabajando para ese proceso que llevó a Sharp al municipio. Nosotros, ahora que recuerdo, estábamos, entre otras cosas, por un cambio radical en las políticas portuarias, que evitara esa competencia de mierda que rebaja el interés nacional a la disputa interempresas regionales.

Mi amigo me señala que lo del paro de camioneros fue mal leído por la élite frenteamplista y por el mismo niño alcalde que demuestra su nula capacidad como militante orgánico. No sabría utilizar las herramientas de que nos provee el marxismo clásico, y otros clásicos, para analizar las contradicciones del enemigo. En resumen, las capas medias no son nuestros enemigos estratégicos. No es necesario recibir el apoyo oportunista del parlamentarismo “progresista”, incluyendo al FA, que está fascinado con la toma de lugares electorales que les dan legitimidad en el mercado de la política, que es lo que ahora les interesa, la cuestión ciudadana se fue a la chucha, era sólo un dispositivo táctico en el evento estratégico que es llegar a La Moneda. Al paso que van sólo van a llegar al Moneda de Oro, cerquita de la intendencia del barrio, a comerse una cazuela de invierno (el Moneda de oro es un restorán clásico del pueblo).

Todos estos comentarios me hacen volver a la ciudad amalditada que habito. Como que la política, aunque es una lata, te saca de ti mismo y te mete en una trama que te vitaliza y, en lo personal, me hace actualizar ciertos compromisos.

Yo, debo recordar que soy un militante orgásmico y levemente ciudadanístico de un partido en formación (se supone que soy del Partido Comunes, el de la diputada Camila Rojas), ubicado desde una perspectiva cultural paranoica, creo, humildemente, que hay que desparlamentarizar la política, como se lo escuché decir a la compañera en el lanzamiento del partido. Todo lo contrario de lo que hace la política municipal del autonomismo del niño alcalde, por eso ningún concejal apoyó su blindaje hiperinstitucional que se aleja despreciativamente de la cuestión local, del vecindario y sus penas.

Una correcta política de alianzas no se hace a nivel superestructural, se juega como un proceso político de base o ciudadano. Todo esto en el contexto de que nuestro niño alcalde fue angelicalmente algodonado por parlamentarios que siempre despreciaron el movimiento ciudadano (y alguno del FA).

Simplemente, el T2 era un mal proyecto, cuestionado por la Unesco y el mundo académico y por un sector importante de la ciudadanía. Y las críticas de los camioneros también apuntaban al gobierno y también identificaban otros problemas de la ciudad.

El niño alcalde compra la tesis conspirativa sin un análisis objetivo de la situación concreta, no sabe lo que es una correcta política de alianzas o cómo establecer protocolos de diálogo, no podría saberlo, porque está en otro nivel de la política, la de las nubes capitalinas del presidencialismo y sus epifenómenos.

Me hacen bien estas llamadas telefónicas de mi amigo, porque ingreso en una ficción muy terapéutica. Incluso, ahora que voy a cambiar la urbe por la ruralidad, creo que voy a crear un colectivo de protección del mundo rural, que participe de la lucha por el agua y otros recursos, como un modo de seguir estando en el mundo.