Texto de Cesar Cancino

De alguna manera, el teatro se ha obstinado en erigirse como bastión de la memoria y de la reflexión. Mientras la media y la cultura de consumo masivo se empeñan en levantar la estupidez y los supuestos eventos “virales”, el teatro y los artistas escénicos se desviven en darle a nuestro recuerdo una y otra vez. No permitirse olvidar parece ser la consigna. A riesgo, incluso, de quedar formalmente un poco añejos y anquilosados.

Esta vez, el actor Juan Pablo Miranda emprende con su segunda dramaturgia estrenada profesionalmente. La primera fue Duelo, donde, y bajo su dirección, los actores Carolina Jullian y Sebastián de la Cuesta acometían su encuentro en torno a una tragedia protagonizada por ambos. Esta vez la ficción ronda al poder y qué es lo que haríamos con el si lo tuviéramos. Reflexión que de alguna manera persigue a todos los caudillos que luchan por causas justas: en algún momento, y por la razón que sea, se estará a la cabeza, adelante, a cargo, detentando el poder. ¿Qué harían entonces? ¿Se corromperían?

La apuesta propone el encuentro de una pareja en un Chile futurista: luego de mucho tiempo, los movimientos populares han logrado llegar al poder. Esta pareja, Arturo y Beatrix, desarrolla su dialogo en una sala en desuso de lo que en otrora fue el edificio de la UNCTAD. Arturo es, al parecer, el líder que debe asumir la complicada tarea de detentar el poder, y sufre del punzante e incisivo acoso reflexivo de Beatrix, quien aparece como una especie de conciencia, de pareja, de un rol femenino trascendente que cruza la imagen desde la hija hasta la abuela, citando eventos actuales sobre la lucha por los derechos de la mujer. El encuentro es terrible, y Beatrix saca a la luz una serie de contradicciones que Arturo ha tenido y ha sufrido. Contradicciones que se proyectan en nuestra propia relación con el poder y de nuestros representantes frente a él. Casi mirándolo como un ente particular y regido por leyes propias.

La dirección de Cristian Flores (Yo maté a Pinochet, El país sin duelo) opta por un montaje tradicional, que se apoya fundamentalmente en las actuaciones para conducir la peripecia, acotando lo lumínico solo al desarrollo de atmosferas básicas, y el registro sonoro a subrayar los lugares mentales de Arturo. La acción se desarrolla en esta especie de salón viejo, con muebles de carácter fiscal tapados con plásticos, en directa metáfora de una tradición republicana que está velada, tanto por su antigüedad como por las eternas distracciones que provocaron el nulo interés de la ciudadanía en ellas. Arturo experimenta un viaje final, quizá una borrachera o un trance onírico, a minutos de enfrentar su destino: tener el poder y representar a un colectivo que da la impresión de no querer representantes.

En ese trance transcurre toda la obra. No hay mucho más. Es una obra de texto, de reflexión. Es difícil hablar de la puesta en escena sin volver o caer en hablar de la peripecia que experimentan los personajes. No hay mayor movimiento escénico, salvo el movimiento básico de los personajes por el espacio que no se moviliza.

Es una puesta que apuesta a la reflexión, quizá enmarcada en una demasiada correcta elección de elementos escénicos. La consideramos una obra “hermana” del montaje Cuestión de principios, con dirección de Jesús Urqueta, donde ocurre la misma dicotomía entre el rol masculino que atraviesa un trance y el rol femenino que lo llena de preguntas y dudas. La temática del poder y su posesión es inagotable, más aún estando en uno u otro lado de la moneda, la polarización entre derecha, pinochetista y golpista, y la izquierda, traidora y vendida.

Se aprecia el oficio de Juan Pablo Miranda (Dios es un lujo). Es capaz, quizá atrapado en formas demasiado tradicionales, de dibujar correctamente a un hombre maduro enfrentado a sus circunstancias. Es valiente el ejercicio ofrecido por la actriz Juana Viale: asumir todo un contenido histórico, es por decir lo menos, una responsabilidad que ella logra llevar a cabo. La cantidad de texto del cual tuvo que hacerse cargo no es menor, pues es una dramaturgia absolutamente chilena, que te trae y te retrotrae insistentemente a, como lo dice ella misma, cincuenta años de errores, de democracia y de fachismo. Quizá su voz se agota muy rápido, además de decir una serie de monólogos mirando hacia adentro, opción de dirección que no parece muy adecuada, porque desgasta a la actriz innecesariamente, y hace perder ciertos pasajes que hacen aún más difícil comprender a cabalidad el contenido de la propuesta.

En definitiva, es un trabajo correcto, muy conservador en sus formas, que pone nuevamente en escena la reflexión en torno al poder, haciéndonos mirar nuevamente nuestra historia política más reciente, cuyos responsables siguen aún sueltos, libres y copando los espacios de poder político, económico, social y cultural.

El vínculo más interesante que provoca la obra es constatar que la relación con nuestros representantes elegidos o auto proclamados, debido a sus méritos en la lucha, está en permanente conflicto, y que, en general, la resultante no ha sido feliz. Basta pensar en esa vieja máxima que dice que el poder corrompe y que el poder absoluto corrompe absolutamente. Nos recuerda el documental Los héroes están fatigados, donde se muestra la vida actual de combatientes políticos del periodo pre y post golpe de estado chileno, y cuyo autor-director no es otro más que un héroe que claramente ya se fatigó.

Dirección: Cristián Flores
Dramaturgia: Juan Pablo Miranda
Diseño: Rocío Hernández
Diseño sonoro: Anselmo Ugarte
Elenco: Juana Viale y Juan Pablo Miranda
Producción: Li Fridman

Centreo GAM: Del 4 al 20 de abril. Edificio B, piso 2, Sala N1

Este artículo fue publicado originalmente en Culturizarte, un blog chileno especializado en cultura. Si quieres ver contenidos culturales, visita www.culturizarte.cl.

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