Familia San Martín

Texto: Carolina Espinoza Cartes.
Fotos: Ignacio Izquierdo Patiño.

Se calcula en 200 mil el número de exiliados chilenos entre los años 1973 y 1975, y cerca de 400 mil si se considera todo el periodo de la prohibición de ingresar hasta 1988. De estas cifras, se estima que un 30 por ciento eran mujeres. Muchas de ellas habían sufrido represión a través de los métodos usados por la dictadura para alentarles a dejar el país: despidos y listas negras, cortos periodos de prisión, frecuentemente repetidos y acompañados de tortura, arrestos a miembros de la familia, allanamientos del hogar y hostigamiento en general. Al extenderse estas prácticas, muchas familias se dieron cuenta de que corrían peligro y pensaron que por su seguridad debían salir del país como único medio de evitar la prisión o la muerte.

Comenzó entonces, la travesía. Para algunas, el primer destino fue el asilo político en una embajada, entre las que destacaron las de México, Francia, Suecia, Canadá y Argentina. Otras, salieron por sus propios medios cruzando la frontera a países limítrofes como Perú, Bolivia y Argentina, usados como lanzaderas para desde allí emigrar hacia Europa o el resto de América.

En algunos casos, las mujeres exiliadas debieron salir primero, dejando a sus hijos al cuidado de sus abuelos, hasta encontrar un destino estable. En otros, fue su pareja el que salió primero y luego se reencontraron en el país de acogida, días o meses después, tras una tensa incertidumbre. En casos extremos, la separación fue desde el principio e irrecuperable y simplemente muchas familias se desintegraron.

Todas partieron ligeras de equipaje y con el corazón apretado subieron las escaleras del avión desde el aeropuerto internacional de Santiago de Chile. Hasta el día de hoy guardan celosamente la foto de recuerdo que hacía el fotógrafo que se encontraba al pie del avión y que muestra rostros cabizbajos y tristes. Los niños y niñas, aparecen en las fotografías con alguna sonrisa, ya que en ese entonces, subirse a un avión seguía siendo un hecho importante. Otros rostros no los vemos, aparecen volteados, como si quisieran dar la última mirada a la Cordillera.

Hijas y madres del exilio

Alicia Tellez y su familia

Alicia Téllez es hija de un republicano español. Su padre se vino a Chile huyendo de los horrores de la Guerra Civil Española y creció junto a sus hermanas en el país de acogida portando siempre el rótulo de hija de exiliado. Quizá por eso, cuando el golpe de estado en Chile fue una realidad y aún no se apagaban las llamas del bombardeo a la Moneda, la salida hacia el exterior surgió rápidamente, quizá como un reflejo heredado de supervivencia. Sin saber muy bien si a su marido le daban el salvoconducto o no-el médico de Salvador Allende, Oscar Soto- la joven Alicia -también médica, expulsada tras el golpe de la Universidad de Chile- cogió a sus cinco hijos, un poco de ropa, tres maletas y se embarcó en un vuelo incierto rumbo a México.

Alicia Tellez

Aún recuerda los llantos y reclamos de su hija mayor, Paulina, que con 12 años fue la que más protestó por el cambio intempestivo de país. Alicia tenía que guardarse la rabia, vivirla por dentro y ser pragmática en el afán de seguir con lo que se llama una vida normal. Recuerda cómo todo el mundo, desde el portero del hotel hasta políticos mexicanos le preguntaban por el doctor (Oscar Soto, médico de Allende). Nadie por ella misma. Un día salió a caminar por el DF y encontró colegio para sus hijos. En un loco afán por esta normalización, los escolarizó enseguida, a las pocas semanas de llegar y sin todavía saber dónde estaba su marido. “La mayor deuda de Chile con el exilio es en torno a los hijos. Durante mucho tiempo fueron apátridas, la noción de Chile que tenían la construyeron sobre nuestros recuerdos y ya cuando había que volver, era demasiado tarde. Chile tiene una deuda pendiente con los hijos e hijas del exilio”.

Verónica Dávalos

Verónica Dávalos es abogada civilista y activista en la defensa del derecho a la vivienda como derecho fundamental. Desde su despacho ubicado en el barrio obrero de Horta en Barcelona, tapizado con frases de Nelson Mandela y un cuadro del chileno Nemesio Antúnez, reconoce que formar parte de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) desde sus inicios le ha ayudado a ser mejor persona. Una iniciativa que se puso en marcha en plena crisis de España en 2008, para atender los crecientes casos de personas que se quedaban sin hogar al no poder hacer frente a su hipoteca por haber perdido sus empleos.

Verónica viajó a Barcelona en el vientre de su madre con 7 meses y medio de gestación, en 1975, cuando su familia tuvo que exiliarse porque la dictadura perseguía a su padre, el guitarrista Eulogio Dávalos, por su filiación al Partido Comunista y por sus múltiples responsabilidades en el programa cultural de la Unidad Popular. Por eso Verónica creció con el concepto de solidaridad a flor de piel en su casa, una verdadera embajada cultural en el exilio.

Desde pequeña se implicó en las labores culturales que organizaba su padre y en las acciones de resistencia en las que veía a Cristina, su madre junto a su hermana Dafne, que llegó a Barcelona con tres años. Por eso, a nadie le extrañó que desarrollara su activismo a través de sus estudios de derecho y ahora, en esta década que continuara en esa línea defendiendo a las personas que perdían su hogar. Y es que Verónica confiesa conectar con lo que siente una persona a quien le han quitado su casa, porque siente que es precisamente eso, lo que le ha pasado a su familia.“Defiendo a los afectados por la hipoteca, a los desahuciados, porque mi familia y yo misma, fuimos desahuciados, expulsados, de nuestro propio país”, dice Verónica, que junto a su hermana Dafne formar parte de la larga lista de niñas en el exilio.

Giselle Lagos

Giselle Lagos se vino a Europa con su madre cuando tenía 10 años. Desde Mons, Bélgica, nos cuenta cómo fue la salida vista con los ojos de una niña. Su madre, que la acompaña en la entrevista, no quiere ni hablar del tema. Aún cuando han pasado 40 años. “A mi papá lo habían tomado preso así que así llegó la noticia de que teníamos que viajar. Cuando eres niña, no te das cuenta de muchas cosas, lo que uno sabe es que tienes que salir, que a lo mejor no vas a volver, pero todo se toma como un juego. Para mi era un viaje lejos, pero nunca pensé que no íbamos a volver. Bueno después poco a poco se fueron desarmando las cosas de mi casa, vendiendo las cosas para poder viajar, me imagino. Llegamos a Santiago y luego todo fue como un sueño. En la mente de una niña es algo que nunca lo había pensado, que vas a tomar el avión, que vas a salir, el hecho de encontrarse en un avión y luego en un país donde no conoces el idioma y no conoces a nadie, era un poco perturbador”.

Trabajar en un país desconocido

Llegar a un país desconocido y en algunos casos, de distinto idioma, significó un retroceso para muchas mujeres. En lo profesional, la imposibilidad de continuar estudios o de no poder trabajar en las profesiones para las que habían estudiado por dificultades de homologación, les significó aparcar sus sueños y volver a empezar ese desarrollo. Muchas hicieron precisamente esto, estudiaron en el país de acogida y otras lucharon para que su experiencia probada compensara la homologación técnica.

Otras, buscaron trabajo directamente. En muchos casos lo hacían por primera vez ya que, o eran demasiado jóvenes al momento de salir y no habían llegado a su etapa laboral o, sus maridos no les dejaban trabajar en Chile, para dedicarse a las labores domésticas. Esto último quedó desfasado, porque en algunos casos llegaron a sociedades de acogida con una inserción de la mujer en la vida laboral más desarrollada y porque, en última instancia, se necesitaban dos sueldos para poder sacar adelante a una familia.

Las mujeres chilenas exiliadas fueron pragmáticas e intuyeron que la dictadura iría para largo. Por eso, fueron ellas las que se preocuparon de la logística familiar y empujaron para que los niños se escolarizaran cuanto antes, aprendieran un idioma en los casos en que había que hacerlo y se esmeraron por buscar empleo aportando más ingresos a casa o encontraron la manera de seguir estudiando.

Sandra Fernández

Es el caso de Sandra Fernández, militante del MIR, que pudo continuar sus estudios de diseño en Bruselas país al que llegó en 1977, después de intentar trabajar en Chile tras la desaparición de su marido en 1973. “Intenté quedarme en Chile, pero yo estaba un poco desfasada con la gente que estudiaba, los jóvenes eran muy apolíticos y muy insensibles. En la vida laboral, hice unos cursos de dibujo técnico y empecé a trabajar para el periódico “La Estrella” y los publicistas vendían anuncios a los comerciantes. Los anuncios consistían básicamente en alabar a la Junta de Pinochet, a los Carabineros, a las Fuerzas Armadas por cualquier motivo. ¡Y yo tenía que hacer esto! Maquetar los anuncios, tipearlos, era bien penoso. Sentía que se iba cerrando la cosa. Luego en la universidad terminé, porque eran cursos que duraban 3 años y quise dedicar mi memoria a mi marido, pero me llamó el rector y me dijo que si quería titularme no podía hablar de detenidos desaparecidos”, sostiene Sandra, ahora jubilada luego de trabajar en como dibujante en dos museos en Bélgica y en diversas industrias hasta 2012.

Militancia política

No todas las mujeres militaban un partido político en el Chile de 1973. Algunas no formalizaron su militancia con un carné político, pero sí con una simpatía que quedó reflejada en la adhesión al gobierno de la Unidad Popular. La mujer estaba presente en sindicatos, cordones industriales, en la calle, en manifestaciones, en trabajos voluntarios, en operativos en poblaciones o en trabajos de verano.

Tras el golpe de Estado, militantes con y sin carné fueron igualmente perseguidas, hasta que abandonaron el país. Otras, tan solo la militancia de sus parejas las hizo peligrar y encontraron en el asilo la misma vía de supervivencia que sus compañeras.

Ya en el exilio, se volcaron en las acciones de resistencia contra la dictadura. Algunas, volvieron a los pocos años a luchar en el propio país. Pero la mayoría se quedó tratando desde el extranjero de visibilizar en el mundo, los horrores de la cruenta dictadura de Pinochet.

Las mujeres que militaron partidos políticos chilenos en el exilio, trabajaban organizando eventos para recaudar fondos y enviarlos a los partidos chilenos en la clandestinidad. Cada filial del partido en el país del exilio, tenía un objetivo definido. Además de la organización interna, que se replicaba en los partidos del exilio, había hasta comisiones de prensa y de activismo, porque en tiempos en que no existía Internet, toda la difusión estaba en los medios de comunicación, que cubrían el caso chileno y las acciones de denuncia que se realizaban constantemente desde el exilio.

Olinda Mena

Olinda Mena, militante comunista en el momento del golpe, fue detenida dos veces: en 1973 y en 1984. Pero eso no fue lo peor, la represión mató a su compañero en 1979 y su hermana desapareció en 1976, su hermano estuvo en los centros de tortura de Tres y Cuatro Álamos y detuvieron a su hijo mayor en 1984. Hoy desde Estocolmo, país donde se quedó, critica el poco compromiso político que ve en las generaciones actuales. “Yo seguí ampliando mi educación política, pero creo que durante los años de dictadura hubo un vacío político. Los partidos políticos perdieron y se creó un vacío porque no hubo estudios políticos, las carreras universitarias relacionadas con las políticas se cerraron, entonces hubo una generación perdida. A mis hijos les mostramos en un amplio espectro de opciones políticas y dejamos que ellos eligieran y les hicimos ver que verdad y justicia era lo principal. Así como crecí en un caldo de cultivo de izquierda, yo les entregué a mis hijos lo mismo pero veo que el gran porcentaje del exilio chileno y los partidos políticos, perdieron eso con las generaciones siguientes”.

Cecilia Cortés

Cecilia Cortés confiesa desde París, Francia, que su exilio fue más que nada familiar, ya que fue su madre quien le impidió seguir en la clandestinidad en Chile, tras la pérdida de su hermano mayor, desaparecido desde el año 1976. “Iba a trabajar en la clandestinidad en Chile, dejando a mis hijos con mi madre. Cuando le propuse a mi mamá eso, me dijo “te vas, inmediatamente”. Llamó a mis hermanos que ya estaban aquí (Francia) y les dijo: “sáquenla porque la voy a perder y ya perdí un hijo, no quiero perder dos”. Tuve muchos obstáculos para obtener el refugio, porque se suponía que después de 10 años, Chile tenía una democracia y ya el gobierno francés, no quería dar refugio. Además, todos los partidos políticos estaban con la orden del retorno, es decir, que todos teníamos que volver, que no había nada más que hacer aquí, que había que trabajar en Chile. Pero cuando has trabajado 10 años en Chile y te das cuenta de la diferencia entre lo que ellos pensaban que podía ser y lo que realmente vivía el país, no se podía”.

Carolina Espinoza e Ignacio Izquierdo encabezan el proyecto “Exiliadas” que busca a través de un libro y una exposición fotográfica, recoger la memoria de las mujeres exiliadas chilenas en los países más emblemáticos del exilio.