El otro día estaba afuera, montando unas fotos en el frontis del museo y pasaron unos volaítos y me dijeron: ‘loco, esta hueá llega’. Las fotografías están dirigidas hacia la calle, hacia el público, hacia los peatones, hacia los ciudadanos que circulan por la ciudad. La gente viene en lo suyo y se detiene a mirar. Se encuentran con primeros planos, directos, repletos de realidad, sin pose. Cada una tiene su historia, cada una tiene su identidad, por eso cada una va firmada con el nombre de la persona que está retratada.

El trabajo fue poner a la vista, visualizar los rostros indígenas que existen en Santiago.

Evidentemente que lo que más hay son mapuches, pero también hay gente del norte. Tenemos a gente que desciende de los quechua y aimara que son peruanos, bolivianos o simplemente migrantes.

En esta sociedad, los migrantes, los indígenas y los negros son los más desclasados, son los más segregados de los habitantes de la ciudad, los que tienen más dificultades para obtener un trabajo, para los cuales la vida es completamente difícil. Entonces, también me interesa dar visibilidad a esas personas.

Ahora, el criterio de selección que yo usé es absolutamente formal. Traté de encontrar un rostro que fuera conjugando con otro y que armaran un total que fuese potente y que fuese suficientemente expresivo. Entonces, claro, me interesan los flacos, me interesan los gordos, los que tienen los ojos más grandes, los que tienen expresión más ruda. Definitivamente las caras o los rostros que dicen más o que expresan más, más rabia, más insatisfacción, son mis favoritas. Aunque claro, también hay ciertas ternuras, pero en general, todos expresan un poquito de insatisfacción, de molestia. Que yo creo que va un poquito de la mano con la molestia de los ciudadanos que vivimos acá. Por eso que también es interesante e importante poner a todos estos rostros de indígenas chilenos directamente mirando a tribunales y a gran tamaño. Porque nosotros sabemos que para ellos no existe la justicia. Hacer ese gesto de arte público me parece muy simbólico.

Me transformé en un coleccionista de rostros. Me apasiona mucho el tema de las cabezas, de las formas de las cabezas, encuentro que la identidad de la persona está ahí: es la cara lo que habla más sobre las personas. El rostro es la identidad. Estas fotos tienen algo del retrato que hace el Estado para identificarte. Lo que hice acá, a diferencia de los trabajos que había hecho antes, es que mis fotos son más cercanas. O sea me he ido acercando más al rostro, hay menos aire, hay menos espacio. Es menos lo que estamos viendo de ropa, entonces ya no hay fondo prácticamente, no hay nada que esconder.

No hay un rostro igual al otro, por eso no se va a acabar nunca mi trabajo. O sea, uno se puede cansar de hacerlo pero en realidad en cada rostro uno descubre nuevas cosas. Yo estoy hace 10 años fotografiando caras y hay algunas caras que tengo acá que nunca antes había tenido y que me parecen absolutamente alucinantes. Y la relación entre una y la otra, cómo se van tensionando el conjunto de las imágenes, cómo empiezan a dialogar unas con las otras, hacen que finalmente el mensaje sea potente como una gran cosa y de gran humanidad.

A mí me hace sentido hacer una exposición así: exponer mis fotografías en la calle, que ya no es solamente el trabajo de la foto, es un trabajo político. Yo también estoy harto de sentirme engañado, de sentir que el Estado no protege a sus ciudadanos. El Estado vive amenazando y usufructuando de los ciudadanos, esa cuestión a mí, como a todos los habitantes de este país, nos tiene hartos. Y este gesto a mí me parece que es un poquito en defensa de nosotros, de los ciudadanos.