“Yo creo que en lo que más nos parecemos con la Julia es en lo maternales que somos”. Alejandra Astudillo Muñoz (30), no se vanagloria de nada; simplemente constata que tanto ella como Julia Araneda Muñoz (27), su media hermana por línea materna, quizás por una reacción compensatoria buscan darles a sus hijos lo que Ximena, su madre, les negó a ellas y a otros cinco medio hermanos.

“A estas alturas, yo no juzgo ni sufro por mi mamá, pero no la entiendo. Si ella me hubiera tenido a mí, la mayor, y me hubiera abandonado, quizás podría comprender. Era muy joven, era pobre, no tenía cómo hacerse cargo, pero ¡repetir siete veces la misma historia!… No lo entiendo. Por eso, creo que nosotros nos esforzamos tanto”, reflexiona esta mujer morena, buenamoza y risueña, madre de Sofía (8), y de Ángel (6), a los que cría sola, con tremendos esfuerzos.

Técnica asistente de párvulos en el Jardín y Sala Cuna Peumayen, del Hogar de Cristo, ubicado en una población próxima al aerodódromo Rodelillo, en los cerros de Viña del Mar, Alejandra, fue guía y soporte de Julia Araneda, su medio hermana, quien también trabaja aquí mismo, en idéntica función. Ambas, lo mismo que el resto de los 7 hijos de su mamá, fueron “niños Sename”. Es decir, se criaron en residencias de protección, bajo la tuición del Estado. Alejandra y Julia vivieron en distintos hogares de niñas, pero tuvieron la fortuna de coincidir durante 4 años en la Residencia Anita Cruchaga en los años en que funcionaba en El Belloto, en Quilpué.

Hoy la Anita Cruchaga opera en el Cerro Recreo de Viña del Mar y es una de las dos residencias piloto que cumple con los estándares de calidad propuestos por el Hogar de Cristo que se aspira se conviertan en política pública. “Estuve allí hace un tiempo dando mi testimonio al equipo técnico y me habría querido quedar; es un lujo de casa”, bromea Alejandra, quien afirma que ella y su hermana Julia le están devolviendo la mano al Hogar de Cristo, “ayudándole a todos estos niños vulnerables en agradecimiento por todo lo que hicieron por nosotros”.

NIÑA SENAME, NIÑA TELETÓN

“Yo viví desde los 6 años en hogares de menores. Primero estuve en el Refugio de Cristo. Después me puse rebelde y me mandaron al CTV; o sea, a la Cárcel de Menores de Playa Ancha. Ahí estuve un año hasta que me preguntaron a qué hogar me quería ir y dije que a donde está mi hermana Patricia. Y me concedieron mi deseo. Nos pusieron juntas”, dice Julia, quien, como su hermana, usa regularmente la palabra “vulnerable”. Explica: “Mi mamá era vulnerable y el Sename nos iba derivando a todos a distintos hogares, porque éramos niños en riesgo social, de alta vulnerabilidad, como muchos de los niños a los que cuidamos aquí, porque en ellos se enfoca este jardín”.

-¿Te ves reflejada en ellos?

-Sí, claro. Hay algunos que me conmueven, como el Dylan y su hermanita Ágata, que viven aquí, en las tomas cercanas. Claro que ellos tienen un padre presente, no como nosotras. Yo al mío lo conocí de grande, lo contacté por Facebook y lo vi una vez. Después de tres años reapareció, pero a mí no me hace falta. Con mi mamá a veces nos “whatsappeamos”, pero no tenemos mayor relación. Ella se dedicó a puro tener hijos y a todos nos internó. Nunca la vi drogada y alcoholizado en la época en que vivíamos en Nogales. No tiene ese problema. Mi hermana Ale tampoco tiene papá presente; la Esmeralda tampoco; hay dos más chicos que creo son del mismo hombre, y el menor, Luis, de 17, que está en un hogar de menores en San Felipe, es de otro papá. Luis está por cumplir 18 y, cuando eso pasa, hay que dejar el hogar.

-Ustedes fueron todos niños Sename. ¿Cómo te sientes cuando lees sobre la situación de niños maltratados, abusados, que incluso han muerto en residencias?

-Yo no tuve nunca una mala experiencia. La Alejandra tampoco. Quizás tuvimos suerte, porque nunca pasé por nada traumático. Recuerdo que cuando entré al primer hogar en que viví, me sentí bien altiro. Llegué con varias otras niñas, me adapté y me las arreglé.

-¿Qué te apena, Julia?

-Yo no soy muy de contar mis penas, pero el no haber tenido familia es difícil. Resulta doloroso no tener a alguien que estuviera siempre, apoyándome -dice, enjugándose una lágrima. Y nos habla de Óscar, su pareja. Cuenta: -Él es 20 años mayor que yo y me da harto cariño. Es mi soporte, mi gran apoyo. Él me dice que debo seguir estudiando, ser educadora de párvulos. Estamos juntos desde 2014. A los 4 meses de conocerlo, me quedé esperando a la Mía, que significa La Elegida.

Dice que Óscar fue carabinero y que ha trabajado como guardia de seguridad, pero que ahora está sin trabajo. Él tiene otros hijos mayores, “a los que adora, tanto como a Mía. Es muy buen padre, aunque me la malcría un poquito. Vivimos en una casita en un terreno de sus papás y por ahora no quiero tener más hijos. Quizás cuando la Mía tenga unos 10 años, podría ser”.

Alejandra es para Julia su otro gran soporte. “Es mi hermana-hermana. Cuando ella egresó y yo me portaba mal, las tías de la Anita Cruchaga la llamaban a ella. Era como mi apoderada. Estudié lo mismo que ella, porque me interesaba lo que le enseñaban. Y yo la traje para acá a trabajar”.

-¿Qué sueñas para tu hija Mía?

-Que sea feliz, siendo lo que ella quiera ser. A veces dice que le gustaría ser profesora, otras, doctora. Yo lucho porque sea feliz. Le he celebrado todos sus cumpleaños. El primero fue entero de Hello Kitty y hubo choripanes; el segundo, se lo celebramos junto con su prima Sofía, la hija de la Alejandra, al estilo Masha y el Oso; y el último, cuando cumplió tres años onda Coco, bien mexicano, porque nos encantó la película.

-¿Y que sueñas para los niños que cuidas en el jardín?

-Que tengan una buena vida. Me duele cuando veo las condiciones en que llegan algunos: sucios, descuidados, mal abrigados. La Amandita me conmueve, quizás porque de niña yo también tuve problemas en los pies. Cuando la conocí, le ví la férula y me sentí de inmediato cercana a ella. Yo fui niña Teletón; nací con un pie chueco, pero quién lo diría hoy -cuenta, soltando una carcajada y caminando perfecto.

Amandita es una pequeña que no se despega de su falda, anda aferrada a su delantal y llora cuando Julia se aleja. “Ella tiene microcefalia y otros diagnósticos, pero es súper inteligente. Sabe todo”.

-Niña Sename, niña Teletón, eres de una gran resiliencia…

-Evelyn usó esa misma palabra para describirme el otro día que me evaluó- comenta, aludiendo a Evelyn Molina, la educadora de párvulos y directora del jardín Peumayén, quien es tan hincha de Julia y Alejandra como ellas del jardín donde han encontrado su lugar y sentido a sus vidas. “Peumayen en mapudungun significa ‘lugar soñado’. No puede estar mejor puesto el nombre”, dice Julia, y se ríe.

EN EL LUGAR SOÑADO

“Viví con mi mamá algún tiempo. Tengo el recuerdo de haber estado en una casa en la punta de un cerro, por allá por Nogales. Creo que era de una amiga de mi mamá, pero se me confunden los tiempos. Yo creo que ella nunca asimiló lo que significaba ser madre. Tenía hijos y se desatendía de ellos. Para una Navidad, me sacaron del Hogar donde estaba y me llevaron a conocer a un señor que se suponía era mi papá. Lo vi esa vez y una más. O sea, no existe, nunca existió”, cuenta Alejandra, recordando episodios de su primera infancia.

-¿Guardas algún rencor?

-No, no tengo ningún rencor con nada ni con nadie. De qué me serviría. Más rabia me da cuando veo a niños descuidados, sucios, y siento que yo pasé por lo mismo. Después, cuando viví en hogares de menores tuve buenas experiencias; nos tocó la parte buena del sistema. Fue muy bueno el tiempo en que estuvimos juntas con la Julia en la residencia Anita Cruchaga. Cuando la trasladaron, nuestra despedida fue terrible. Ella gritaba, no se quería separar de mí. Hizo tremendo escándalo..

Alejandra cumplía 18 y tuvo que dejar la residencia. “Así es el sistema. Tiene un límite de tiempo. Es como que te dijeran aquí se acabó tu infancia, ahora arréglate sola”. Ella fue acogida por la familia de su pololo, al que había conocido camino al liceo. “Él trabajaba en una bomba de bencina. Cuando yo pasaba por ahí, me cantaba. Anduvimos en secreto primero, después nos dieron permiso en la residencia. Al final, estuvimos juntos 6 años, pero eso se acabó”.

Después Alejandra se volvió a emparejar y tuvo a a Sofía y Ángel, pero la relación con el padre de los niños se volvió insostenible. “Los tres sufrimos violencia intrafamiliar; ahora estoy en una causa judicial en su contra. Si él supiera donde vivimos, me cambio altiro de casa; me escondo para que no nos encuentre y les haga algo malo a mis hijos”, dice la “tía” Alejandra que es una dulzura con los niños, incluida su sobrina Mía, que es una más de los 140 pequeños “alumnos” que asisten desde las 8 y media de la mañana hasta las 5 de la tarde a Peumayén. “Acá está toda la familia y en verdad el nombre Peumayen tiene sentido, porque para nosotros ha resultado un lugar soñado”.

Y lo es por la calidad de sus instalaciones, por su sistema pedagógico con elementos Montessori, que lo convierten en un oasis de música y tranquilidad y, sobre todo, por su equipo profesional y técnico, donde destacan Alejandra y Julia, las súper mamás y súper tías, que fueron “niñas Sename” y lograron superarlo