Llegábamos a la esquina del colegio y el nudo en la garganta era insoportable desde el último semáforo a la puerta principal. No sabía de qué manera decirlo ni siquiera si alguien lo iba a entender. Al otro lado del acceso me esperaba la desadaptación permanente, otro lenguaje, otras habilidades que yo no tenía y que nadie me enseñó en plena dictadura.

A mis padres poco y nada podía decirles. Al terminar las clases le pedía a mi mamá que me esperara a varias cuadras del edificio porque quería dejarla fuera de la burla. Ella poco iba a entender, se iba a avergonzar, yo me iba avergonzar. Desde el mundo heteronormado yo sabía que no habría intervención parental que me pudiese entregar la contención que yo necesitaba ni el oído ni el refuerzo ni la seguridad. Hace 25 años mis padres heterosexuales no podían hacerlo aunque hubiesen querido. Las herramientas no estaban disponibles ni para ellos ni para mí ni para nadie.

A la luz del avance legislativo de la nueva ley de adopciones que abre la alternativa de adopción homoparental se abre un enorme cuestionario ¿Están hoy esas herramientas disponibles para padres heterosexuales u homosexuales? ¿Están todas esas herramientas al servicio de niñas y niños, de adolescentes, sean heterosexuales u homosexuales? Aún más primario: ¿Cuáles son esas herramientas que permiten la construcción de un adulto sano y pleno? Existe amplia bibliografía al respecto y al revisar documentación comparaba aparece la contención, el apego seguro y la confianza como elementos esenciales durante la crianza.

La contención implica una renuncia, exige la decisión voluntaria de postergarse para darle espacio a otro que sufre, que es vulnerable, que necesita apoyo. Determinada por la paciencia y la generosidad, se trata de orientar a un ser humano en formación y que, en su confusión, está expuesto a incontables peligros. Eso no tiene que ver con su orientación sexual, ni la de sus padres, pero es una responsabilidad que los adultos debieran aceptar en conciencia de lo que implica.

Las historias personales y las discriminaciones arbitrarias e injustas de las cuales los homosexuales hemos sido objeto exige de nosotros un esfuerzo aún mayor a la hora de tomar la enorme responsabilidad de formar nuestra familia y de hacer una oferta de cuidado a un niño que lo necesita y que tiene el derecho inherente a tener un hogar. Muchos hemos desarrollado ese instinto de cuidado tras duros golpes físicos, sicológicos o incluso emocionales. Otros, con menos fortuna, han encontrado en la evasión un mecanismo de sobrevivencia ante tanto dolor. Esta exigencia evidentemente no es exclusiva para las familias homoparentales. Ante el debate abierto en el país debemos como homosexuales celebrar el avance, pero, al mismo tiempo, asumir la enorme responsabilidad que significa ser padres o madres si es que contamos con la ley y libremente lo decidimos. Pareciera que vale la pena entender que es un logro reparador, pero no solo cultural ni social como ha planteado el activismo o el mundo político, sino además una oportunidad de reparación y de reconciliación con nuestras propias historias de desamparo, de lucha y de sacrificio.

Se trata de entender que la paternidad o maternidad no tiene género y que sus roles jamás puedes quedar condicionados más a que a la decisión voluntaria de entrega el cuidado que un otro necesita aunque eso implique renuncias en nuestra propia historia.

Porque de quedarse solo en el logro político se corre el riesgo del abandono mutuo y la superficialidad. Por primera vez en la historia de Chile los homosexuales podemos no solo hablar de logros sino que además de responsabilidades, de deberes de entrega desinteresada, de postergación voluntaria y eso implica un lindo sacrificio al cual hasta ahora no hemos tenido acceso. Este paso nos acerca a la dimensión de ciudadanía, al plano de familia reconocida, pero también sana nuestro propio camino ya sin nudos en la garganta.