*Rolando Suárez: Activista gay, militante de RD y padre.

La noche del 10 de septiembre de 2008, poco antes de que comenzaran las barricadas y se conmemora un nuevo aniversario de la dictadura cívico-militar que destruyó nuestro país, tuve uno de los momentos más escalofriantes de mi vida. Me convertí en padre.

Llevo 10 años de intensos momentos en los que he visto la vida cuesta arriba, en que la incertidumbre del futuro se vuelve cada vez más dura y que el presente es un sin fin de preocupaciones, cuentas que pagar, reuniones de apoderados, noches sin dormir (¡cuanto se extraña dormir de corrido!), errores, expectativas sin cumplir y sin sabores.

La paternidad no es fácil, construir una familia lo es menos, y criar está bastante lejos de lo que nos muestran los catálogos de las multitiendas o de la familia de Nazaret. Criar, educar y acompañar a una persona es sin duda un ejercicio cotidiano que pone en juego toda nuestra historia, un espacio donde no existen recetas mágicas, sobran los consejos innecesarios y ni está exenta de temores, sobre todo en Chile cuando estamos lejos de tener un estado de bienestar y que nos de garantías sobre el cuidado.

Tuve probablemente el mismo nudo de garganta durante toda mi vida, lo sigo teniendo cada vez que mi hija se enferma y creo que no me va a alcanzar la plata para los remedios. Tengo miedo del maltrato, de ser excluido, y cada vez que converso con “retoña”, temo que me responda que está sufriendo, que la están mirando feo, o que le digan que su papá es gay. Ella por cierto lo sabe, lo venimos conversando desde que era una bebé, según su nivel de comprensión no solo es una niña tolerante, fuerte y decidida, sino que comprende que las familias son distintas, y que eso es un valor, en una sociedad que tiene más a desunir que a unir.

La aprobación del proyecto de ley de adopciones me da la esperanza de poder hacer realidad el sueño de mirar a la casa del lado y sentir que no solo tenemos los mismos problemas y las mismas esperanzas, sino que también nos reconozcan como ciudadanos de la misma categoría, con los mismos derechos y, principalmente, que reconozcan que las familias diversas existimos, no desde ayer, sino que desde siempre. Hasta hace un tiempo otras nos cuestionamos la capacidad de una mujer para ser madre soltera, algunos políticos también dijeron que sus hijos e hijas serían discriminados. El tiempo nos ha dado la razón en darnos cuenta que, aquellos que utilizaron este argumento estaban equivocados, y en el caso de la adopción homoparental, también lo están. La sociedad no está preparada para nada, se ajusta en la medida que los cambios van ocurriendo, las instituciones se van apropiando de la diversidad y van aprendiendo en la medida que cada uno de nosotros se pone de pie a exigir un igual trato para todas y todos, a que los derechos sean garantizados y a que, el Estado se haga parte en la defensa de cada uno de los habitantes de su territorio.

Querido José Antonio, este nuevo avance en derechos, ¿nos obliga a todes a querer ser padres o madres? No lo creo. ¿Nos obliga a repensarnos hacia un nuevo paradigma de futuro? Por supuesto que sí. Y asusta. Y cuando veo lo feliz que es mi hija, me doy cuenta de que estamos en el lado correcto de la historia.

Columna de José Antonio Neme sobre adopción homoparental: Nudos en la garganta

Llegábamos a la esquina del colegio y el nudo en la garganta era insoportable desde el último semáforo a la puerta principal. No sabía de qué manera decirlo ni siquiera si alguien lo iba a entender. Al otro lado del acceso me esperaba la desadaptación permanente, otro lenguaje, otras habilidades que yo no tenía y que nadie me enseñó en plena dictadura.