A grandes rasgos, ¿cuáles serían las principales problemáticas de la alimentación moderna?

-La principal problemática es que no estamos comiendo alimentos, sino sustitutos de alimentos. Comemos productos que se crean con muy pocos ingredientes. Por lo general son ingredientes refinados, ingredientes muy baratos que después se decoran y nos hacen creer cosas que no son. Se decoran con aditivos, con colorantes, saborizantes, ideas de frutas, con texturas, con cosas que nos hacen creer que estamos comiendo otra cosa. Y eso, por supuesto, construye paisajes. Y la dieta industrial moderna construye paisajes que son devastadores, son monocultivos gigantes que se sostienen en base a sistemas de producción sumamente tóxicos, crueles, que desarman la matriz productiva de cualquier país en la que se instalan y con el que amenazan dejarnos sin ningún futuro.

Suena súper devastador…

-Cuando avanza la industria alimentaria, avanzan muchos modelos que sólo pueden ser mantenidos por grandes empresas y se deja de lado la estructura social que compuso siempre la cultura alimentaria de los pueblos. La desaparición de los campesinos de los territorios es algo monstruoso. O campesinos indígenas, pequeños pescadores, productores familiares. Es algo que está ocurriendo en todos los lugares al mismo tiempo y yo creo que es el peor peligro porque luego si queremos volver a acudir a esos saberes, a esos territorios, no vamos a encontrar nada.

¿Qué rol cumple y debe cumplir el estado en esta discusión?

-El estado tiene que poder planificar un sistema: un plan alimentario y no solamente eso, sino que un plan de desarrollo sostenible, de explotación sostenible de los recursos, una explotación razonable de los recursos. Hoy en día nada de eso está en debate, en ningún lugar. Es como una segunda conquista posible la de nuestros territorios: sacar hasta el último recurso. En Chile pasó mucho y sigue pasando con los recursos que tienen en el mar. Se extrae todo y se terminan alimentando unos pocos negocios para pocas personas. El estado debiera ser un garante de la soberanía alimentaria. Esto significa que la primera producción sea para satisfacer las necesidades de alimentación adecuada de toda su población y luego recién pensar en un desarrollo económico para hacer negocios, exportación y demás. Me parece que lo que sucede hoy en día en nuestros países es que primero se piensa en los negocios macroeconómicos y luego se piensa en la alimentación de las personas como algo que alguien tiene que resolverlo, pero nadie lo está pensando.

¿Cómo te involucraste en este tipo de investigaciones? ¿Qué gatilló esta motivación por “hacer caer” la industria alimenticia?

-La investigación surge de un interés muy profesional, muy desde el periodismo. Creo que hay pocos temas en este momento tan atrapantes y apasionantes como tratar de entender nuestro sistema alimentario. Es algo multifactorial tiene situaciones económicas, políticas, sociales, culturales, ambientales, de ciencia, aborda un montón de temas y eso es muy atrapante y luego, se volvió algo muy personal y muy íntimo, tal como lo es la comida. Supongo que el cambio se produjo cuando empecé a descubrir que había alrededor de la comida de mi propio hijo. Había cosas de las que no sabía nada y cuando empecé a develar cuáles son esos trucos y la perversión que había detrás de la industria alimentaria, tomé conciencia. Por eso mi último libro se llama “Mala leche”, porque tiene que ver con esa malintencionalidad con la que se nos oculta información, con la que se nos induce a consumos que son absolutamente dañinos para todo: para la salud, para la naturaleza, para la cultura, que va puliendo hábitos para antojos que sólo las marcas pueden satisfacer, etcétera… Cuando empezás a ver todo eso, obviamente el tema se vuelve personal. Mi tema no es hacer caer la industria alimentaria, pero sí, por lo menos, transformarla en otra cosa.

¿No está funcionando?

-La industria alimentaria como alimentador o como dadora de alimentos no sirve. Puede llegar a ser muy buena si reconvierte sus grandes sistemas de operación técnica hacia facilitarnos la vida para la cocina, para cocinar y esas cosas. Pero así como está hoy en día, con los productos que genera y que da, no puede alimentar. Entonces hay que cambiar radicalmente lo que uno espera de la industria alimenticia, es ese mi principal desafío. Me parece que termino apuntando sin quererlo porque a mí lo que me interesa es develar qué hay detrás y mostrar cuál es la realidad e investigar eso: quienes son los actores, qué es lo que hacen, por qué lo hacen, qué nos llega a nosotros, qué efecto tiene sobre el mundo actual y se cómo desarma y destruye el mundo con ello.

De lo que uno subentiende de tu lectura es que por más que comamos frutas, verduras o alimentos saludables igualmente todos están siendo producidos con pesticidas y terminan, a la larga, siendo nocivos igual. En ese sentido ¿cuál es el camino?

-Lo que pasa es que en ambos libros lo que yo planteo es que lo que hay es un problema sistémico. A los sustitutos de alimentos hay desaparecerlos de nuestro menú de opciones frecuente porque nos vamos a hacer un gran favor haciendo eso. Ahora, si vos sacás verduras de tu vida porque tienen plaguicidas no te hacés un favor, en realidad lo que hay que hacer es sacar los plaguicidas de las verduras y eso es algo para lo cual hacen falta políticas de estado.

¿Cómo se relaciona el feminismo y veganismo? Es una relación que mencionas en tus libros.

-Creo que hay un espíritu muy sensible que late detrás de la efervescencia vegana y tiene que ver con descubrir de dónde vienen todos estos productos alimenticios animales que se ofrecen en las góndolas hoy y que son de escenarios realmente desgarradores y crueles, que nadie querría ver. A los que nadie querría asociar ni sus alimentos ni a ningún aspecto de su vida. Luego Rita Segato tiene una explicación muy interesante en cuanto cómo la naturaleza es explotada de la misma manera que los cuerpos de las mujeres, que los cuerpos vulnerables o que los cuerpos feminizados. Creo que entender la naturaleza como parte de esa dinámica vulnerada por un espíritu capitalista patriarcal es algo que necesitamos empezar a ver con urgencia, muchas veces quedan por fuera de los debates de feminismo. Vale la pena preguntarse: ¿Qué sistema productivo tenemos?, ¿qué hacemos con las otras especies? Yo creo que hay un discurso muy viejo hoy en día, que no se repite tanto, pero sin embargo todavía está ahí, latiendo en algún lugar que tiene que ver con cuidar el medio ambiente o pensar en que la ecología es algo casi de élite. Es una especie de lujo y en realidad hoy se sabe con datos muy fehacientes y muy concretos que las personas que se ven más afectadas por todo este desastre ambiental y social son las personas más vulnerables.

¿Cómo se da esa relación con el veganismo y el feminismo? ¿por qué te parece interesante mostrarlo?

-Hay personas dentro del feminismo que van más allá y que toman esta idea de que se  está haciendo en el cuerpo de los animales muchas cosas similares sobre lo que se hace sobre los cuerpos de las mujeres. En mi libro tomo el testimonio de una activista vegana amiga, Liliana Felipe, que realmente cree que las cosas son así,. Yo expongo esa voz, que me parece interesante contarlo y creo que es interesante pensar la naturaleza como una parte lo que está siendo explotado hoy en día de una manera injusta y perversa por un sistema patriarcal que avasalla todo.

Esta forma de alimentación responde también al modelo económico en que estamos insertos. ¿Cómo lo ves?

-Sí, por supuesto. El sistema económico demencial en el que vivimos es el que hace de perfecta plataforma para un sistema alimentario que no busca alimentar mejor sino vender más y crear cosas al menor precio posible y en el menor tiempo posible. Superproducir cosas que no necesitamos, no producir de las que sí necesitamos porque unas son más fáciles de vender y las otras requieren de otras formas de venta. ¿Por qué producimos jarabe de maíz de alta frutosa y por qué no sobreproducimos frutas y verduras? Eso tiene que ver con estas dinámicas del mercado que tienen lógicas que muchas veces no se entienden con la razón. En el mundo hay 800 millones de personas con hambre y un tercio de la comida que se produce se tira. Eso solo corresponde a las lógicas de un sistema económico que es demencial.

Hace algunos años se instauró en Chile el sistema de sellos. ¿Crees que es una medida significativa?

-Creo que la medida de sellos negros de Chile con todo el paquete de medidas no sólo con el etiquetado sino con la publicidad, con el impuesto, con la comida en escuelas y entornos escolares, creo que es emblemática y es maravillosa para copiar en toda la región con sus aciertos y también para corregir algunos de sus defectos.

¿Cuáles son sus defectos?

Creo que el principal defecto que yo le veo es que es una ley que está pensada para disminuir la obesidad, como si no ser obeso fuera sinónimo de estar comiendo bien o estar sano. Y no es así, entonces muchas veces las personas dicen ‘bueno, no tiene sellos, entonces es saludable’. Y una gaseosa sin sellos no es saludable. Y una persona flaca, no por ser flaca está siendo saludable tampoco. Entonces yo creo que las leyes deberían estar apuntadas no a combatir la obesidad sino a buscar una alimentación más saludable para toda la población. Hacer una compra guiada por los sellos o basar la alimentación en si tiene sellos o no, no me parece que resulte en algo más saludable o mejor, aunque puede resultar en algo de menos calorías si se quiere. Pero creo que es un buen comienzo y creo que es un buen ejemplo también de un país que está en algún punto tratando de privilegiar la salud pública por encima de los negocios. Al menos esa ley es algo muy concreto al respecto.

Para la persona común y corriente, con ingresos medios, ¿cuál podría ser una solución para alimentarse sin ponerse en riesgo a la larga?

-Bueno, estos alimentos y esta forma de comer es en realidad muy confusa, cuesta mucho hasta que hacés el click y decís: “ah, esto no es comida”. Cambiar la mentalidad y decir esto es comestible o esto no es lo que no tengo que comer, la comida pasa por otro lado, estar saludable no es tener kilos de menos sino que es otra cosa, disfrutar de la comida no es darse el gustito que proponen las marcas sino realmente disfrutar de la comida. Todas esas cosas cuestan muchísimo, entonces las personas muchas veces tienen alguna información pero no toda la información. Cuando tenés toda la información me parece que hacés los cambios. Y bueno, hay que reponer muchísima información, porque no es solamente mostrar cuál es el problema sino también donde están las soluciones.

¿Y dónde están esas soluciones realmente?

-Las soluciones están en la comida real. ¿Y bueno, dónde está la comida real?, ¿dónde se esconde?, ¿qué se come, con qué? Las personas creen que todo es malo y que nada se puede comer. Cuando en realidad uno se puede reconciliar con los alimentos, con la comida real, es decir, el sistema alimentario tiene problemas, pero yo voy a empezar a ir por acá, hacer estos cambios posibles y avanzar en eso. Llegar a ese punto es un montón, y cuesta. Obviamente también están los recursos y demás, pero yo creo que lo primero es la falta de información clara.

¿Crees que esto explica la creciente corriente de veganos y vegetarianos?

-La corriente de veganismo y vegetarianismo también tiene que ver con la búsqueda de salud, más el vegetarianismo en sí. Me pasa que el veganismo es una respuesta estricta y necesaria para descubrir el infierno al que hacemos pasar a los animales. Y la verdad es que cuando uno pasa por una granja industrial no volvés a ser la misma persona, no volvés a comer de la misma manera. O sea, hay personas que lógicamente sí, los que conducen esos negocios por ejemplo, pero la mayoría de nosotros que vivimos en las ciudades y que no solemos participar de esos negocios de ninguna manera que no sea como consumidores comprando esos productos, una vez que vemos de donde vienen decimos: “ah, mejor no”. Yo no compro productos de granjas industriales, no se los daría a mis hijos de comer, no le recomendaría a nadie que los compre y me parece que es lo primero que tenemos que desterrar del planeta tierra.

Me imagino que la investigación de Malcomidos y Mala leche cambiaron de alguna manera tu forma de alimentarte, ¿o no? ¿De qué forma ocurrió?

-Sí, fue cambiando mucho mi manera de alimentarme. Había cosas que antes de “Malcomidos” comía con regularidad y que creía que eran resanas. El salmón por ejemplo y me di cuenta que no. Cosas que saqué de mi casa, yo era una más de las tantas personas que iba por la góndola buscando la mejor opción de galletitas para mi hijo. Hoy me doy cuenta de que ninguna es mejor opción. O qué jugo es mejor y me doy cuenta que ninguno. Que el problema es traer galletitas a la casa. En ese sentido cambió un montón, aunque parezca raro: yo creo que gasto menos dinero en comida que antes, muchísimo menos. Porque estas cosas que nos venden como baratas son carísimas y nos están dando carísimos productos que en realidad ni necesitamos. Entonces sacarlos y pasar a comer alimentos de verdad fue pura ganancia y es algo que me reconectó también con la cocina de manera espectacular. Empecé a probar recetas, cosas. Mucha gente dice entrar a la cocina es un montón de tiempo gastado y es algo que hoy disfruto muchísimo. Eso me parece que es pura ganancia.