Pese a que la tradición del boxeo chileno es eminentemente proletaria, de vez en cuando irrumpe alguien de la clase alta que lo remece todo. A principios del siglo pasado fue clave la labor de Temístocles Sáenz Soro, aristócrata de nombre y apellidos pomposos, quien hizo más de 570 peleas, fundó los primeros clubes universitarios de boxeo y la historia le guarda un lugar como gran divulgador de las bases científicas de este deporte. También está el caso de Roberto Balbontín, peso pesado e ingeniero químico de las universidades Católica y de Pennsylvania, bautizado en la época como “El Pije del Diablo” tras barrer con todos los púgiles de la Marina. 

Julio Álamos Mumbrú, en cierto modo, obedece a esa tradición. Oriundo de Las Condes, estudió en el colegio San Francisco de Asís y sacó ingeniería comercial en la Universidad del Desarrollo. De hecho, así lo llaman cada vez que sube al ring: “El Ingeniero”. Un apodo que le da estatus y prestancia. El actual campeón latino de la Asociación Mundial de Boxeo, rankeado número 14 del mundo e invicto con 12 victorias al hilo se enfrenta a los micrófonos con soltura y agarra confianza rápido.

¿Cómo fue la vida de Julio Álamos antes del boxeo?

-He tenido una vida lo más normal del mundo. Agradecido de la situación que me tocó vivir, que no es un misterio para nadie. Fui a un colegio particular, nunca fui un alumno destacado en lo académico, pero tampoco tuve problemas para pasar los ramos.

En el curso eras parte de los desordenados, de los mateos, los esforzados…

-Cuando chico era de los mateos-esforzados, de ahí me desordené un poco y terminé siendo un líder negativo. Así me decían en el colegio, era la manzana que pudre el cajón. Pero son etapas, como de querer ser bacán, pretender ser alguien que uno no es, hacía cosas para llamar la atención.

¿Cómo es la relación con tus viejos?

-Siempre ha sido muy buena. Nunca se me castigó por algo, sino que mi papá usaba más violencia psicológica, me hacía sentir mal psicológicamente. Siempre ha sido una motivación hacerlo sentir orgulloso. Nadie creía que valía algo y, para demostrarles ‘no compadre, si quiero puedo hacer lo que quiero’, me metí a la Marina, algo totalmente antagonista a lo que era yo en ese minuto. Te vas a reír, pero a los 15-16 años andaba, no en vandalismo, pero tenía un grupo de amigos y nos juntábamos a pelear en las fiestas. Ahora lo pienso y digo: “era un ahueonao”. También, en tercero medio, llevamos weed al viaje de estudios y nos cacharon.

¿Te castigaron?

-Suspendido. Y me echaron el último año del colegio por poner una bomba de sonido en el patio. Se nos salió de las manos. La armamos en una botella retornable de tres litros y la hueá no explotaba, no explotaba, sonó el timbre del recreo y no explotaba. Ya era una pelota así gigante (hace un gesto con las manos). La escondimos en un basurero y nos metimos a clases. Pasaron como 10 minutos y de repente ¡Paf! De ahí empezaron a buscar a los cabecillas, y dentro de todos estaba yo con dos amigos más, y nos echaron el último año del colegio.

¿¡En cuarto medio!?

-Sí, pero el castigo fue para mis viejos que me tuvieron que aguantar en la casa los últimos tres meses del año. Pude graduarme del colegio, pero no me dejaron ir más, solamente dar los exámenes. Divertido, porque fue como un premio a una estupidez.

¿Cómo fue tu experiencia en la Armada? 

-No lo terminé. Estuve dos años y son cuatro. El primer año me gustó harto. Nadie en mi familia había sido marino, ni siquiera militar. Yo no sabía nada. Imagínate que cuando vi la malla curricular, había una hora, me acuerdo perfecto, salía infantería todos los jueves de tres a cinco. Cuando leí infantería dije: “oh, bacán, debe ser como estar punta y codo, disparando”, llegué allá y me di cuenta que infantería es la práctica del desfile, nos tenían cuatro horas parados practicando el 19 de septiembre. Todo raro y diferente a lo que estaba acostumbrado, nunca había seguido tantas reglas ni nada. 

¿Llegaste solo a la Armada?

-Sí, llegué solo, me hice un par de amigos y empecé a conocer el mundo naval. Me gustó el primer año, todos los días era algo nuevo, te levantabas en la mañana y no sabías qué podía pasar. Pero el segundo año me empecé a dar cuenta que necesitas mucha vocación para estar ahí adentro. Para mí, una de las cosas más valiosas en el mundo es el tiempo y perdía mi tiempo todo el rato. Nos hacían parar, formar, estar dos horas parado al sol mientras los tenientes decidían qué íbamos a hacer. Yo decía: “estoy desperdiciando mi tiempo mientras otros hueones deciden por mí”. Eso y un par de otras situaciones me llevaron a salir y fue una de las mejores decisiones que he tomado.

EL SPORTMAN ÁLAMOS

Bueno, y el boxeo ¿en qué momento entra en todo esto?

-El boxeo entra en un momento en que me portaba mal y mi mamá me pide ‘oye hueón, necesito que gastes energía, no puedes estar así’. Hablo con un primo y me lleva a probar una clase. Me acuerdo perfecto, era en el Palestra, ahí en Vitacura. Con el Zapata, un exboxeador antiguo. Era una clase totalmente recreativa, no te enseñaban tanto. Pero sí me acuerdo que la primera clase terminé y encontré una sensación de paz. Era emocionante. Me tiritaban las manos. Yo había practicado antes karate, kung fu…

Ah, o sea ya tenías cierta trayectoria deportiva.

-Toda mi vida, desde los cinco años que he hecho deporte. En el colegio hacía atletismo, corría siempre las maratones, los country del colegio. Hice karate a los ocho años. Básquetbol hice mucho tiempo, estuve en los cadetes de Católica. 

Eras todo un sportman.

-Sí, un sportman. El deporte desde que tengo memoria que me ha encantado. No fue que de la nada partí a hacer boxeo.

Pero el boxeo fue distinto. O al menos, lo sentiste así.

-Sentí un desafío personal, una individualidad que no había visto en otros deportes. Siempre he sido medio egocéntrico y por eso el boxeo se acomodó tanto a mi personalidad, porque estás tú solo buscando el espacio, el timing, viendo los golpes, esquivando. Esquivar un golpe es una sensación filete. Pero después entré a la Marina y ya no podía entrenar en la semana.

¿Qué hiciste?

-Me cambié al gimnasio Vitalis, donde conocí a Cristóbal (Vásquez), mi actual entrenador. Él me hizo ver que el boxeo tenía una técnica, un estilo, otro mundo la verdad. Marca una diferencia en mi vida y en mi boxeo, me enseña este arte, esta belleza de ejecutar los golpes con técnica. Con él hice mi primera pelea amateur en la Federación Chilena de Boxeo a los 19 años. Perdí por RSC (Referee Stopping Contest, término que se utiliza para hablar de KO o KOT en el boxeo olímpico) al 1:40 del primer round.

¿Contra quién te tocó?

-Jerónimo Benítez del gimnasio BXO. Todavía me acuerdo (risas). Puta, perdí el primer round porque me pegó un golpe en la nariz y me sangró tanto que me descalificaron, no me dejaron seguir peleando. Terminé más picado. Me sentía mucho mejor boxeador que él, pero nada, me pegó y me ganó. También fue un gatillante para salirme de la Marina, porque ese día pensé que si hubiera entrenado como corresponde, estoy seguro que le gano.

 

EL NUEVA YORK ÁLAMOS

Decidiste en un momento irte a Estados Unidos. Al Gleason’s Gym de Brooklyn. ¿Cuándo tomaste la decisión? 

-Ya había viajado dos veces a Nueva York, pero de vacaciones. Conocí a un entrenador ruso, Michael Kozlowski. Él me preguntó: “¿cuál es tu sueño?”. En ese minuto, le dije: “quiero ir a Río, a las Olimpíadas”. El hueón me dijo: “está bien, tení un sueño grande”. Esa fue la primera prueba psicológica que me hizo.

Era algo internacional, más ambicioso.

-Claro, yo partí en el Gleason el primer mes y contraté un personalizado con otro entrenador. Pero yo siempre veía al ruso entrenar a sus alumnos, me gustaba como lo hacía y le dije: “oye quiero hacer sparring con tu pupilo”. Me sacó la chucha, hueón. Me quebró el diente. 

¿Era gringo el pupilo?

-No, era un ruso también. Me destrozó, quedé ensangrentado entero, sin diente y le hice los tres rounds. Después le dije: “hueón, yo quiero ser como él, quiero que me entrenes”. Me dijo: “tení unos huevos gigantes”, porque me estaban matando. Ahí nos hicimos bien amigos, empezamos a entrenar juntos, después volví a Santiago y tomé la decisión de irme un año a entrenar con él. 

¿Tus viejos qué te dijeron cuando les contaste?

-Puta, que estaba loco (risas). Desde la primera pelea me dicen que estoy loco. Pero me han apoyado en todo, me ayudaron mucho en el viaje. Han visto el esfuerzo que le he dedicado, que ya no voy a fiestas, que estaba dedicado 100%.

¿Competiste también en Estados Unidos? 

-Sí, hice como 20 peleas. Salí campeón de Nueva York después de ocho meses entrenando allá. Imagínate, Nueva York tiene más habitantes que todo Chile. Me tocó pelear con unos afroamericanos gigantes, yo decía: “hueón, qué estoy haciendo”. Los ves en el pesaje, unos músculos gigantes, pero se cansan igual, uno de repente le tiene miedo a la diferencia y al final es lo mismo. Creo que los más peligrosos son los rusos (se ríe).

Cuando retornaste a Chile, boxeabas distinto al chileno común, se hablaba del ‘muchacho de la guardia norteamericana’. ¿Qué tan diferente sentiste a Chile de Estados Unidos?

-Se notó una diferencia de nivel. Me pegué un salto. Me acuerdo que en el campeonato nacional gané todas mis peleas por KO en el primer round. Excepto la final con Yerko Bravo, que fue el único capaz de aguantar. Hicimos tremenda pelea. El resto eran compadres que no eran boxeadores, les habían enseñado un par de cosas y los subieron al ring a probar suerte. Cuando yo competí en Estados Unidos, para salir campeón tenías que hacer cinco o seis peleas y todas tenían tremendo nivel. Hay una diferencia en el entrenamiento, la seriedad que le ponen y que hay buenos entrenadores. Acá en Chile, no voy a decir que son todos malos, pero hay mucho déficit en la parte técnica-táctica. Hay un concepto erróneo del boxeo de ‘ir para adelante’ como característica chilena. Yo lo veo de manera distinta. 

EL CIRCUITO CHILENO

Ha mejorado el boxeo chileno actual ¿A qué se lo atribuyes?

-Una es que la Federación ha hecho un buen trabajo trayendo técnicos de afuera. El profe Jesús Martínez (cubano) era tremendo entrenador y acá no se lo valoró de la forma que se merecía. No le sacaron el provecho que podía dar, porque siempre hubo roces con la dirigencia. También la Crespa Rodríguez ayudó mucho a que se levantara el boxeo. Fue la primera piedra dentro de esta nueva era e hizo que se volviera a hablar de boxeo. Puedo decir que el Aguja González, el Pancora Velásquez o yo, también ayudamos a que se masifique, que más chicos lo practiquen y sea mejor visto, porque también está ese tabú de que el boxeo es pa’ hueones, que te van a pegar y vas a quedar tonto. Poco a poco se ha roto eso. Los boxeadores no son tontos, nunca lo han sido, para ser boxeador hay que ser muy inteligente. 

¿Te imaginas un título del mundo, que en el caso de los varones, podrías ser el primero? ¿Crees que ese es el camino?

-Sí, o sea mucha gente me dice cuándo, cuándo y cúando. Pero tienen que entender que el boxeo es un show business. Por mí, yo pelearía el título del mundo mañana, qué mejor exposición para mí que esa, es un hecho histórico. Pero es un camino largo que hay que ir haciéndolo inteligentemente.

El boxeador chileno cuando está en instancias decisivas como un título mundial, siempre se queda ahí. Desde Arturo Godoy hasta Aguja González, el mismo Martín Vargas. ¿Hay algo con la mentalidad del boxeador chileno?

-Difícil, no me ha tocado estar en esas instancias. Pero no hay que desmerecer a ninguno de ellos, porque llegar hasta ahí ya es tremendo logro. Mucha gente critica que peleó con puros paquetes, que le hicieron la carrera, que esto y que lo otro, pero yo pienso: “compadre, si es tan fácil, hazlo tú”. ¿Por qué no hay diez campeones latinos, si es tan fácil? ¿Por qué no hay diez hueones teniendo una chance mundialista como el Aguja? Puta, porque no es tan fácil (se le encoge la voz). Hay que valorar el esfuerzo, el talento, las horas de sacrificio. 

Una de las cosas que ha pasado con el boxeo chileno en el último tiempo es la proliferación de gimnasios. De hecho, tú mismo tienes el Habana Boxing…

-Claro, soy accionista empresarial (risas).

Vemos una desigualdad con otros clubes como el Huemul, Cerro Navia o San Joaquín. Ahí se las arreglan con unas ruedas como sacos o con guantes sin acolchado. ¿Qué te pasa con eso, entendiendo que te tocó la otra parte, sin esas carencias, y cómo se resuelve pensando que la mayoría de los boxeadores tienen ese origen, vienen de esos clubes?

-Esta proliferación de gimnasios le hace bien a todos, no hay que buscar el lado malo, la discriminación, o pensar: “oh, ellos tienen todo, qué ganas de entrenar ahí”. Además, también se cumple una labor social. Nosotros tenemos cuatro profesores cubanos, todos expertos en su área. Si llega un chico y me dice que quiere ser campeón mundial, compadre lo primero que le voy a decir ‘ven a entrenar todos los días, lo único que te voy a exigir es que vengai, no te cobro ningún peso, te doy toda la implementación, y a los profesores sácales el mayor jugo’. En dos años, por mi gimnasio han pasado 40 chicos así. Siempre es un motivo la distancia, tratamos de ponerles plata para la Bip! porque entendemos los problemas. Pero de todos los que han pasado, uno o dos se han mantenido en el tiempo. Siempre hay excusas, pero si realmente es tu sueño y querí lograrlo, te encontrai la forma de entrenar. No hay que ver estos gimnasios del sector oriente como una amenaza o con envidia.

Chile todavía es una industria muy pequeña para el boxeo, pero están apareciendo promotores, agentes, auspiciadores, que en los grandes escenarios se presta para ciertos abusos. ¿Qué precauciones tiene que haber con el negocio del boxeo?

-No, el negocio del boxeo está en pañales todavía. Dicen que hay muchos promotores…

¿Hay mucha boca?

-Sí, o sea un promotor en Estados Unidos, solo por firmar con Golden Boy te dan 50 mil dólares y te aseguran entrenamiento, comida, casa, sueldo fijo. Olvídate, acá por firmar, ¿Qué te dan? Te entrenan y te consiguen un par de peleas donde te pagan 100 lucas.

Un par de guantes y las bebidas energéticas…

-Claro, aquí te auspiciamos y te damos un par de revistas, hueón (se ríe). Estamos en pañales todavía, pero sí es una industria que tiene mucho potencial, sobre todo si se masifica, porque eso también abarata los costos de hacer un evento. Estamos en la esquina del mundo y traer a cualquier hueón es carísimo. Ya traer a un argentino es carísimo.

Y están cobrando cada vez más, me contaron…

-Sí, olvídate, ahora un argentino no viene por menos de mil dólares y es un muerto. Igual hago una advertencia a los promotores. Yo estuve en la organización de un evento la otra vez y salí pa’ atrás con no sé cuántas lucas. Ojalá se arriesguen más empresarios, pero entiendan que para que haya plata no es de la noche a la mañana…

PING-PONG

Ídolo deportivo.

-Chuta, ¿actual, vivo o muerto?

El que siempre admiraste.

-Tengo muchos, hueón.

Nombra tres o cuatro.

-Sugar Ray Leonard, Zlatan Ibrahimovic y el Chino Ríos.

¿Qué te atrae del Chino Ríos?

-Lo que logró, su personalidad, la forma en que ve el mundo. Es amado u odiado. Me gusta porque no está ni ahí y no tiene pelos en la lengua.

¿Hay algo de eso en ti?

-Sí, pero más respetuoso.

Federación de Boxeo.

-Chuta… Me metí en problemas, poh hueón (risas) ¿sólo una palabra?

Solo una palabra.

-Complicada.

Natalia Ducó.

-Referente.

¿Y el tema del doping?

-Puta, un tropiezo en su carrera. No la juzgo.

¿Qué tan cerca está el doping del boxeo?

-Muy cerca. Todos los boxeadores de nivel que ves en la tele se han topado con ese tema. Pero no lo comparto.

Ideología o postura política.

-Centro (se ríe). Soy piscis.

¿Votas?

-Sí, voto por la derecha si me preguntai. Pero no sigo la política, por eso no opino mucho. Para opinar hay que saber.

Pero tienes la tradición de ir a votar. 

-A las presidenciales voy siempre. Voté por Piñera si me preguntai.

No te pregunté (risas).

-Pero, no… No es que sea facho ni nada.

Aborto.

-Puta, las preguntas polémicas… No me gusta el aborto, prefiero las medidas anteriores a llegar a ese punto. Lo comparto en el caso de violación.

¿Estás con las tres causales?

-Claro.

Canelo Álvarez.

-Un referente.

¿Posible rival?

-Puta, es un sueño. Lo tengo estudiado.

Listo, estamos.

-No, pero me toca a mí, poh hueón.

Ya, dale. Dispara.

-Boxeo. 

Pasión… ¿Y en tu caso?

-Estilo de vida.