“Para marchar hay que vestirse de pobres si no, nadie te cree”, gritaba en medio del escenario de la Universidad Católica una colorida Anita Reeves. Camuflada en una peluca rubia, decidió tomar la piel de una fatal y nostálgica artista. La sombra de una actriz en decadencia cuya franqueza brutal se escuchó en el pasado en la voz de la brillante Bélgica Castro en la obra “Todo pasajero debe descender”. Ahora Alejandro Sieveking nos completa el puzle con la continuación de la historia que por estos días se encuentra en cartelera en la sala UC. Su título me llena de escalofríos: “Todos mienten y se van”.

Mientras la historia avanza entre los delirios del irónico doble trasfondo de la realidad, entre ellos los amoríos de la dueña de un café y los enredos de cama de un prostituto bisexual que satisface el apetito comercial de su mujer hambrienta por dinero, uno se pregunta si el soporte dramático de la obra telonea un país mentiroso, cínico, zorrón, santurrón, morboso y grosero.

El juego de luces descansa a ratos en una sombra que, de repente, empuja casi automáticamente al espíritu y al entendimiento. Se hace imposible no entrar en la reflexión si en el Chile de hoy, efectivamente, como dice el título del trabajo de Sieveking todos mienten y se van. No solamente como un manifiesto artístico, si no que como posibilidad efectiva de manipulación de la verdad. El casi derecho nacional de algunos a alejarse sin pudor amparados por la posverdad infecciosa que tiene aniquilados a gran parte de los sistemas de control social y mediático.

La duda es razonablemente válida si ante tan magistral nombre uno quiere intentar contestar la pregunta si es que en Chile los mentirosos gozan de una cuota de impunidad. Si en nuestro país quien miente puede hacerlo sin sanción alguna para luego irse como si no tuviera ninguna cuenta pendiente con la realidad social, económica, histórica o política. Como si los secretos personales, ayudados por algún tipo de poder constituyeran escenarios totalmente plausibles casi incuestionables.

Uno podría decir que en nuestro país se puede incluso gestar una mentira tan grande que ni siquiera la muerte del embustero logra destruir. Sin ir tan lejos en el tiempo, Renato Poblete es hoy un depravado sexual. El informe encargado por los jesuitas es lapidario. El apóstol de los pobres y capellán del Hogar de Cristo provisto de un disfraz emocional satisfizo su placer durante cuarenta años dejando tras de sí una lista de al menos 22 mujeres abusadas, algunas de ellas menores de edad. El cura Poblete murió de un infarto el 18 de febrero del año 2010. Jamás detuvo su mentira ni siquiera ocho años después de muerto, cuando el agradable parque donde decenas de niños juegan por la orilla del Mapocho en Quinta Normal llevaba su nombre y ocupaba espacio su imagen.

¿Cómo es posible tamaño embuste? ¿Cuál es la razón para que aquí se pueda alterar la realidad y luego el responsable se aleje sin castigo alguno? Pregunta algo más amplia: ¿Por qué hasta hace poco era fácil en Chile decir en público que los detenidos desaparecidos andaban de fiesta, que se habían casado de nuevo, que eran todos terroristas, que existían razones fundadas para violar derechos humanos, que hay contextos justificados para todo, que hace casi 50 años íbamos a una guerra civil, que nos salvaron, que nos redimieron, que nos hicieron avanzar que hoy debemos agradecer?

Otros se alejaron todavía sosteniendo que las víctimas del cura Karadima eran todos perturbados odiosos. Que en la Iglesia católica jamás nadie supo nada, que nadie oyó, ni vio, ni sintió. Ni siquiera acorralados por las paredes del Vaticano quisieron reconocerlo, porque la intención de la mentira es precisamente instalarse y hacerse tan firme que ninguna verdad sea capaz de derrumbarla; juega con nuestras opiniones, nos restringe en libertad, nos encarcela y no nos damos ni cuenta, tal como los personajes de la obra de Sieveking, que dejan el escenario y atrás la duda en el público si mienten sabiendo que lo hacen o no.

Y así podríamos seguir mintiendo y alejarnos sin experimentar culpas. Podríamos decir que los migrantes nos asaltan en nuestros trabajos, que nos quitan lo que nos pertenece por derecho. Podríamos organizar marchas antiinmigrantes con datos flojos con números débiles que sostengan la tesis del estado en crisis y en colapso a causa de los extranjeros.

Que las 40 horas nos hacen menos productivos, que el aborto libre es el fin, que la homosexualidad se pega, que el mercado es totalmente libre y menos libre nos hace la marihuana. Que la desigualdad es un invento de quienes quieren todo gratis y los que no lo quieren tienen mérito desde niños y que merecen más.

Lo más delicado es que nos suena y nos suena bien. Le damos mentalmente la forma a la pieza del puzzle de tal manera que nos quepa en el espacio. Da lo mismo lo que diga la prensa o los especialistas o el mismo gobierno porque ellos sí son temidos agentes de falsedad. Y esa también es una mentira de la cual todos podemos salir inmunes, porque los periodistas siempre mentimos, porque somos utilitarios al poder, mientras el poder también miente porque es la única manera de permanecer, permanecer amparado por los especialistas y ahí el círculo nos queda perfecto. Una vez más en Chile todos nos mienten y se van.