Columna de Josefina Araos: Todos los problemas tienen cara de clavo

“Pareciera a ratos que este exceso de populismo en el debate público (casi más masivo que la oleada que azota a las democracias occidentales) termina por convertirnos en lo mismo que criticamos. Se acusa a los líderes populistas de simplificar los problemas y polarizar los términos de nuestras discusiones, ¿pero no hace lo mismo la clase política cuando identifica en ellos las culpas, encontrando al fin un chivo expiatorio al cual orientar las rabias guardadas y unir a un espectro que no logra ponerse de acuerdo en ninguna otra discusión?”, escribe Josefina Araos.

Josefina Araos Bralic

Investigadora del Instituto de Estudios de la Sociedad

En las últimas semanas el populismo volvió a ocupar la primera línea del debate público. Aunque, para ser honestos, en ningún momento ha dejado de estar presente como telón de fondo, convertido en la etiqueta preferida para resumir las preocupaciones de toda la clase política. Antes levantado por las discusiones sobre inmigración o delincuencia, ahora recuperó su protagonismo por una conjunción de circunstancias muy diversas: la derrota de Mauricio Macri en las primarias argentinas, el debate sobre la reducción de la jornada laboral, la alianza de centro de Soledad Alvear y Mariana Aylwin, el nuevo libro de Andrés Velasco y Daniel Brieba e incluso la crisis del Instituto Nacional. En cada una de estas materias fue el populismo el centro de los titulares, presentado como el actor determinante, ya sea como el culpable del modo en que se desarrollan los hechos o como la amenaza que debe evitarse a toda costa. Como sea, terminamos siempre hablando de él, habiéndose vuelto el tema predilecto y la clave explicativa de nuestros principales dilemas.

La preocupación no es injustificada, pues la trayectoria histórica del populismo tiene sin duda dimensiones problemáticas. Basta ver la evolución autoritaria de muchas de sus versiones en América Latina para entender las alarmas que levanta, característica que parece resurgir en varias de las nuevas manifestaciones que hoy se extienden por el mundo. El problema no está entonces en analizar críticamente el populismo, sino en transformarlo en la única variable relevante. Y es que la casi obsesiva tematización del populismo pareciera a ratos no dejarnos ver nada más que eso, concentrándonos en delimitar los contornos de una amenaza, antes que en identificar los elementos que hicieron posible su emergencia. En esta lógica, todas las discusiones nos llevan a la misma conclusión, como si las respuestas estuvieran resueltas de antemano. Habiendo delimitado un único y principal enemigo, no hay mucho más que constatar su existencia en cada uno de los problemas que enfrentamos.

Ya se han destacado varias de las dificultades derivadas de esta dinámica: transformar el populismo en un insulto cierra la necesaria deliberación democrática y alimenta un desprecio por quienes se sienten convocados por él. Pero el problema no se queda sólo ahí. El hecho de que hagamos del populismo el principal responsable de los males que nos aquejan nos va conduciendo a asociaciones equívocas, y terminamos asumiendo como características del fenómeno, cuestiones que no son su patrimonio exclusivo. El problema de eso no es sólo que dejemos de comprender de manera adecuada cada situación que observamos (¿en qué aporta atribuir al populismo la dramática realidad en que se encuentra hoy el Instituto Nacional?), sino que nos volvemos ciegos al hecho de que quizás las falencias que le asignamos al populismo empezaron mucho antes. Los gobiernos populistas no son los únicos que han caído en soluciones fáciles, tampoco podemos decir que sólo ellos hayan implementado proyectos económicos catastróficos, y qué decir del debilitamiento de bases relevantes del ordenamiento democrático. ¿No ha sido el discurso tecnocrático dominante en las últimas décadas también un mecanismo que horada nuestra convivencia?

Pareciera a ratos que este exceso de populismo en el debate público (casi más masivo que la oleada que azota a las democracias occidentales) termina por convertirnos en lo mismo que criticamos. Se acusa a los líderes populistas de simplificar los problemas y polarizar los términos de nuestras discusiones, ¿pero no hace lo mismo la clase política cuando identifica en ellos las culpas, encontrando al fin un chivo expiatorio al cual orientar las rabias guardadas y unir a un espectro que no logra ponerse de acuerdo en ninguna otra discusión? Ahora bien, no se trata obviamente de pasar de la acusación al elogio. Si el populismo no es el culpable de todo, tampoco tiene por qué ser la solución de nada. En esa dinámica, no haríamos más que persistir en la obsesión con el fenómeno. El desafío está, como dijo el filósofo Ernesto Laclau, en lograr observar la realidad social que se esconde detrás de él; aquel ámbito donde los protagonistas no son los líderes y sus discursos, sino las personas comunes y corrientes en la búsqueda de proyectos que los reconozcan como actores relevantes, cuya experiencia tiene algo importante que decir. Pero para quien sólo tiene un martillo, todos los problemas tienen cara de clavo.

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