Columna de Joaquín Castillo Vial: La funa y la violencia

Columna de Joaquín Castillo Vial: La funa y la violencia

La imagen de Gabriel Boric siendo víctima de una funa el viernes pasado fue rápidamente viralizada. Gran parte del mundo político y periodístico solidarizó con el diputado que, impávido y haciendo gala de una enorme paciencia, soportó los abucheos, gritos y amenazas de quienes lo interpelaron por adherir al acuerdo constitucional.

Con todo lo condenable del episodio, hace falta una reflexión de cuánto de lo que se vio el día viernes con el diputado del Frente Amplio lo hemos venido incubando durante los últimos meses: las muestras de intolerancia hacia quien piensa distinto están presentes desde mucho antes del estallido social. Es imprescindible, por tanto, rastrear los orígenes de esa intolerancia y condenarla desde el inicio, ya que no tendremos una vida política sana mientras no excluyamos del todo esas prácticas, que solo generan más violencia.

El episodio de la funa me recordó lo que se conversó en un coloquio al cual asistí unos días atrás. Mientras se hablaba de la actual crisis, uno de los asistentes, con el afán poco frecuente de poner una nota optimista, preguntó a los expositores a qué figuras públicas destacaban en medio del estallido.

Salieron distintos nombres: Sergio Micco, quien en su función de director del INDH ha sabido cumplir con un mandato difícil en un área particularmente sensible, sin caer en politiquerías que podrían haber caldeado el ambiente más de la cuenta; el general Iturriaga, quien a pesar de la desafortunada frase guerrera del presidente Piñera, calmó los ánimos al decir que él no estaba en guerra con nadie; o Marcelo Catrillanca, el padre del comunero mapuche asesinado por la policía, quien a un año de la muerte de su hijo Camilo, y frente a la posibilidad de que la protesta social se volviera especialmente violenta contra el gobierno de Sebastián Piñera, pidió que las manifestaciones del 14 de noviembre fueran pacíficas. Otro episodio que se destacó fue la actitud del mundo político de poder firmar un acuerdo constitucional en medio de días feroces (aunque el afán por encontrar puntos en común y ceder algunas posiciones parece estar diluyéndose).

¿Qué tienen en común las actitudes de Micco, Iturriaga o Catrillanca? ¿Qué comparten, además, con el modo en que Gabriel Boric hace frente a la funa de la cual es víctima? En todos los casos mencionados hay una renuncia a dejarse llevar por las lógicas de la violencia. Aunque puedan existir razones para responder ante el acoso de un grupo intolerante, aunque pueda haber una oportunidad real para recordar una demanda incumplida o aunque pueda aprovecharse el momento para llevar agua al propio molino, todos los mencionados eligen no actuar en la búsqueda de un beneficio inmediato, sino que prefieren detener las lógicas de la violencia. Estas lógicas no permiten salir más allá del individuo, y son como un espiral que necesita cada vez de más violencia.

Si en los últimos meses se ha puesto el acento sobre lo enormemente individualista de nuestra sociedad y en las dificultades que encuentra en ella el desarrollo de una verdadera comunidad, bien vale recordar aquello que nos hace salir de las lógicas que nos encierran sobre nosotros. Así como el Scrooge de Dickens o el Grinch, es de esperar que el espíritu navideño nos ayude a mirar más allá de uno mismo.

Joaquín Castillo Vial es Subdirector del IES – @jcastillovial

Comentarios
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